16
Hicieron todo lo imposible y más por salvar la situación, pero no lo consiguieron.
A las seis de la tarde se rindieron y dieron la faena por perdida.
Avisaron a todos sobre la cancelación del evento hasta nuevo aviso.
Las fotos, el glamour, los famosos… tendrían que esperar.
Los que no esperaron fueron las empresas contratadas, que se llevaron todo el material dejando a La Stella con su precinto de «No pasar» en la puerta.
Al día siguiente, el avión de vuelta a Madrid salía a las dos y media.
Los jefes pillaron uno a primera hora y en Roma solo quedaban Catalina y Marta.
Se levantaron temprano y aprovecharon el último bufé libre antes de volver a Madrid.
Catalina jugaba con un cruasán, desmenuzándolo más que comiéndolo.
Marta soplaba su segundo capuchino. Ninguna estaba muy habladora.
La sensación de derrota pesaba más que las maletas.
El botones cruzó el salón hasta su mesa.
—Signorina Suárez. —Extendió un sobre color marfil—. Lo han dejado en recepción a su nombre.
—¿Quién lo dejó? —preguntó.
—No lo sé. Me dijeron en recepción que se lo trajera —respondió el chico antes de marcharse.
Volvió a leerla una vez más y se la pasó a Marta.
—¿Y si es Enzo? —preguntó pasándole el sobre a Marta .
—¿El mismo que te dijo «no quiero saber nada de ti»? Relaja la raja, guapa. Es caligrafía de mujer. La persona que lo ha escrito es alguien sosegado, poderoso, y perdóname, pero tu novio sosegado no es.
—No es mi novio —dijo quitándole la nota para ojearla de nuevo—. ¿Y desde cuándo eres tú grafóloga?
—Demasiadas siestas viendo Crímenes imperfectos.
Volvió a meter la nota en el sobre.
—Voy a ir. —Le dio un último sorbo al café.
—Por supuesto que vas a ir. Y yo voy contigo.
—Me las puedo apañar sola.
—No; ¿y si te pasara algo? —Bebió el zumo de un tirón—. Jamás me lo perdonaría.
—Tienes que dejar de ver series de crímenes y, de verdad, búscate un hobby. En serio.
—Como abogada colegiada por el Real Colegio de Abogados de España, tengo el derecho…, qué digo, la obligación moral de acompañarte.
—Lo que tienes es mucho cuento.
El taxi las dejó frente a un edificio de fachada ocre con persianas verdes desgastadas por el sol. Comprobó la dirección en el móvil. Coincidía.
—¿Estás segura de que es aquí? —Marta miró el cartel de neón apagado que rezaba «Caffè Antico».
—Es lo que pone en la nota.
Quedaban un par de horas para que el local abriera. Empujaron la puerta y entraron. La cafetería estaba vacía, con las sillas hacia arriba y nadie en el interior.
—¿Hola? —preguntó en alto Catalina.
Al momento, apareció una chica de detrás de la barra, con delantal negro y pelo recogido en un moño descuidado.
—Está cerrado .
—Nos han citado aquí. —Le mostró la nota.
La chica examinó el papel como si fuera un salvoconducto. Asintió.
—Ah, vale, pasad.
Las guío entre mesas vacías cubiertas con manteles individuales y las servilletas colocadas dentro de las copas.
Olía a café recién hecho mezclado con algo dulce, vainilla quizá.
Al fondo, junto a una ventana que daba a un patio interior, en una mesa ocupada las esperaba Vittoria de Santis.
Iba vestida impoluta, como siempre. A su lado y como un invitado más, estaba sentado en la silla contigua Nino.
Sobre la mesa casi vacía resaltaba un paquete envuelto en papel de estraza blanco con un lazo rojo.
—Sentaos. —Vittoria señaló las sillas frente a ella—. Giulia, tre affogati.
La chica asintió y desapareció hacia la barra. Catalina y Marta intercambiaron una mirada de despiste total y se sentaron.
—No probaréis un affogato mejor en toda Roma. Lo preparan desde hace un siglo. —Vittoria sacó un espejo de su bolso y se atusó la melena.
Giulia apareció con tres copas altas. Helado de vainilla, espresso humeante vertido encima, una galleta de almendra apoyada en el borde. Las dejó sobre la mesa y se marchó.
—Yo nací en un pueblo muy pequeño de Calabria. —Vittoria removió su affogato, viendo cómo el café derretía el helado—. Éramos tres gatos. Tenía una iglesia y poco más. Mi padre trabajaba en el campo. Mi madre cosía para las vecinas. Imaginaos esto, pero hace más de sesenta años. —Dio un sorbo.
—El domingo era mi día favorito. Había un cine en el que solo ponían películas ese día.
Cuando la pantalla se iluminaba, veía otro mundo.
Mujeres con vestidos que brillaban, hombres que las miraban como si fueran diosas, fiestas en mansiones con escaleras de mármol. —Hizo una pausa—. Yo quería vivir así.
Ahora fue Catalina quien probó el affogato .
—Ahorré lo que pude. Lavando ropa, ayudando en la tienda del pueblo, lo que fuera.
El día que cumplía dieciséis, iba a celebrarlo con el chico que me gustaba.
Me había robado mi primer beso el día de antes.
Pero no aparecí. En las películas nos cuentan las historias de amor y de lo felices que son.
A mí me encantaba verlas, pero no me atrevía a vivirlas.
Tomé un autobús a Roma con una maleta y con lo que había ahorrado en el bolsillo. Tenía mi sueño y quería cumplirlo.
Hizo una pequeña pausa para agarrar un poco de helado con la cuchara.
—Encontré trabajo en una mercería cerca del Panteón —continuó—. Vendía botones, hilos, cremalleras. Me pagaban una miseria, pero me daba para poder pagarme la habitación en una pensión. Un día, una de las clientas mencionó un concurso de belleza. Así que me presenté, sin decírselo a nadie.
—¿Y ganó? —preguntó Marta, inmersa en la historia.
—No. Pero conocí a un tipo que me ofreció un papel en una película. Solo tenía que caminar, no tenía ni frase. Eso sí, crucé como si fuera una de esas diosas de la gran pantalla.
El helado se había derretido por completo en la copa de Vittoria.
—Me casé tres veces. La primera, con un productor, Roberto.
Tenía treinta años más que yo y un bigote que olía a tabaco.
Conocía a todo el mundo en la industria y era lo que yo necesitaba.
A partir de ahí, mi carrera despegó. Películas, portadas, alfombras rojas.
La segunda vez me casé con un coreógrafo.
Era muy bueno; lo llamaban hasta cuando venían los de Hollywood.
—La voz de Vittoria cambió, más suave, más vulnerable—.
Él y don Ciccio llegaron a ser buenos amigos.
Mi tercer marido fue un empresario. Del glamour del cine, pasé a los hoteles, edificios, centros comerciales.
Ahí aprendí cómo funciona el dinero de verdad y cómo hacer que crezca mientras duermes.
La puerta de la cocina se abrió y Giulia salió acompañada de dos personas más: un hombre con delantal y gorro de chef, y otra chica que llevaba una tarta con las velas encendidas.
Los tres empezaron a cantar: Tanti auguri a te, tanti auguri a te…
Catalina y Marta se unieron a la canción de cumpleaños, pilladas completamente por sorpresa.
Colocaron la tarta sobre la mesa. Vittoria sonreía levemente y Nino olisqueaba la tarta, intentando alcanzarla con el hocico. Vittoria cerró los ojos y sopló.
—No sabía que era su cumpleaños —añadió Catalina—. ¿Tiene alguna fiesta de esas de Hollywood?
—Pensé que ya lo estábamos celebrando.
En su voz no había ironía ni humor. Los tres empleados se retiraron en silencio. Vittoria cortó un trozo de tarta para Marta y ofreció otro a Catalina, que negó con la mano.
—Hace muchos años que se acabaron las fiestas. —Empujó el trozo hacia Nino, que lo devoró en dos bocados—. Y si las hay, yo ya no estoy en ellas.
Eran palabras de nostalgia y de soledad aceptada. La cima que tanto le había costado escalar y que, tras muchos sacrificios, resultaba estar vacía. Se vio en el despacho de la planta once que la esperaba a su llegada a Madrid y en las comidas de tupper frente al ordenador.
—Compré este restaurante hace quince años —continuó Vittoria—. Venía siempre con Roberto. Tenían un piano y todos los fines de semana tocaba Giuseppe. Luego montó la librería de la plaza.
Catalina miró de reojo el reloj de la pared.
—Doña Vittoria, no quiero parecer descortés, pero salimos de vuelta a Madrid en unas horas —dijo con mucha sutileza.
—Voy a comprar La Stella.
Igual que el que va a una farmacia a por un par de tiritas, Vittoria ni se inmutó al decirlo.
—¿Comprarla? —se extrañó Catalina.
—Es el momento perfecto. No podéis hacer nada con ella y no se sabe cuánto tiempo más va a seguir así. Trescientos cincuenta mil es mi oferta.
La idea de Vittoria de comprar La Stella venía caída del cielo y ofrecía más dinero del que el grupo había invertido, pero lo que no había caído del cielo era la Madonna de plástico barata y el papelón del padre de Enzo haciéndose pasar por el inspector de Patrimonio.
—Hay algo que tiene que saber, Vittoria —añadió Catalina.
—¿La Madonna?
Joder, a esta señora no se le escapa nada.
—En esta ciudad, querida, todo depende de a quién conozcas. De Patrimonio me ocupo yo. —Vittoria cortó otro trozo de tarta, esta vez para ella—. Solo dime que lo vas a conseguir —miró a Catalina—, al igual que has conseguido todo lo que te has propuesto hasta ahora.
A estas alturas, no sabía si había conseguido algo o si lo había perdido todo.
—¿Qué le han regalado? —preguntó curiosa Marta, señalando el paquete.
—Me llega todos los años.
—¿Y no quiere verlo?
—Marta, por favor —insinuó Catalina, intentando detener la faceta cotilla de su amiga.
—Son sfogliatelle de una confitería de mi pueblo —respondió Vittoria—. Los recibo todos los años. Llegan sin remitente.
—Uy, tiene usted un admirador secreto —dijo Marta con tono de pilla.
—Una se rinde a la tontería del amor. Cuando eres una niña hay mariposas.
Piensas en el chico que te gusta y no hay nada más importante en el mundo que él.
Luego creces y las mariposas van desapareciendo.
Te das cuenta de cómo funcionan las cosas y buscas estabilidad, prestigio.
A mi edad ya no buscas nada. No sabemos vivir una vida sencilla.
Queremos que todo a nuestro alrededor sea pomposo y deslumbrante.
La mayoría de las veces es mentira, es como un decorado.
—Tomó y saboreó un trozo de tarta—. Si lo has hecho bien, tendrás una familia de la que estar orgullosa.
Pero si no, acabas soplando velas sin que nadie se acuerde de que te haces un año mayor .
No había duda de quién enviaba esos dulces cada año, no para Catalina. Y al ver el rostro de doña Vittoria, tampoco tuvo duda alguna de que don Ciccio era ese amor incumplido que nunca se atrevió a vivir. Marta se apartó un par de lágrimas que descendían por sus mejillas.
—No quiero entreteneros más, que os esperan en Madrid para vender La Stella. —Vittoria sonrió levemente.
Las dos jóvenes se levantaron.
—Es el mejor affogato de Roma —dijo Catalina—. No sé mucho de estas cosas, pero quiero creer que las mariposas pueden aparecer si uno quiere. Y le aseguro que hay alguien que todavía sigue esperando a que usted aparezca.
Vittoria bajó la mirada hacia el pequeño paquete. Sus dedos rozaron el lazo sin llegar a deshacerlo.
—Puede que el amor sea el único plan que nunca funciona como esperas. —Sonrió—. Y es el único que merece la pena.
Cruzaron el pasillo hacia la salida. Junto a una esquina, un hombre esperaba tapado por una columna. Giulia le indicó que la señora Vittoria lo recibiría en un momento. Desde la puerta, solo alcanzaron a ver sus pintorescos zapatos verdes de piel de cocodrilo, brillantes.
—Creo que acabamos de vivir una escena de El padrino… o en este caso La madrina… —dijo Marta asimilando todo lo que había sucedido.
Ya iban algo tarde. Agarraron las maletas y se marcharon camino al aeropuerto.
Si algo iba a salvar La Stella, no serían los milagros. Serían las mujeres.