15 #2
Bajaron del coche y, sin llamar a ningún timbre, empujaron el portón.
Cruzaron el camino de grava, lleno de limoneros que desprendían un fuerte olor, hasta la parte trasera.
Allí estaba Enzo, de espaldas, regando un huerto pequeño que cubría los laterales del patio.
A su lado, un hombre mayor con un sombrero de paja silbaba alegremente mientras rastrillaba la tierra.
—¡Gennaro, caro amico! —saludó don Ciccio.
El hombre mayor se quitó el sombrero al verlos.
—¡Amico, è passato un po’ di tempo! —exclamó con una sonrisa de sorpresa al ver a don Ciccio—. ¿Qué te ocurre, muchacha? —dijo mirando a Catalina—. Parece que has visto un fantasma. Gennaro Bernardi. —Se quitó el guante de jardinería y le besó la mano—. Piacere.
El señor Bernardi tenía el porte de su hijo, alto, de hombros anchos, pero con el cuerpo ligeramente encorvado por los años. El cabello se había vuelto completamente blanco, y su rostro conservaba esa mezcla de serenidad y picardía que reconocía en la mirada de Enzo .
—Yo creía que, de la manera que Enzo hablaba de usted… daba la sensación de que había fallecido —contó muerta de la vergüenza.
—Ya le gustaría a este gallito que su viejo la espichase —respondió divertido—. Y bien, ¿qué hacen aquí mi viejo amigo Ciccio y esta bella signorina?
—Yo, por mi parte, a tomar un vasito de ese rico limoncello tuyo —dijo Don Ciccio.
La alegría del momento la rompió Enzo en cuanto la vio, pero era lo que Catalina esperaba. Le cambió la cara, el humor y hasta el signo del zodiaco.
—¿Qué haces tú aquí? —Enzo clavó su mirada en don Ciccio—. ¿Has sido tú?
Soltó la manguera, que cayó al suelo empapando la grava.
—Soy la última persona que quieres ver ahora, pero necesito que me escuches un segundo.
—No, no. —Se limpió las manos en el pantalón, dejando manchas de tierra—. He tenido suficiente.
Don Ciccio levantó las manos en gesto de paz.
—Figlio mio, escúchala al menos.
—La última vez que la escuché, perdí mi restaurante.
Gennaro cojeaba ligeramente, apoyándose en el rastrillo que usaba como bastón.
—No me dijiste que era tan guapa.
—Papá, no empieces.
Viendo el percal que se venía, los viejos amigos entraron en la casa a por el limoncello.
—No puedes desaparecer así. —Catalina se dirigió a Enzo—. Como si no hubiera pasado nada, sin dar explicaciones.
—Ayer lo dejasteis bastante claro en el contrato. No hay mucho más que explicar.
—No, porque pueden dejarte fuera si no apareces o no cumples tu parte .
—¿Y para eso has venido? Me robáis el restaurante y ahora encima tengo que fichar todos los días. Perdona, pero no quiero más ideas tuyas.
—¿Por qué no me dijiste nada de Londres? Igual habría ayudado.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Lo vi… en tu casa.
—¿Cuándo?
—Fui a buscarte, tenía miedo de que pudieran echarte.
—¿Has entrado en mi casa sin permiso?
—No era mi intención.
—Ya, así que te tropezaste y se te abrió la puerta sin querer. ¿Quién te crees que eres para entrar en mi casa sin permiso y encima mirar mis cosas? Es mi vida privada y hago lo que me da la gana. ¿Qué parte no entiendes?
—Me lo tenías que haber dicho.
—No habría cambiado nada. Solo tu manera de verme. Pero me da bastante igual lo que pienses de mí. Además, no quiero más ideas tuyas.
Cerró el grifo de la manguera y se dirigió hacia la casa.
—¡Espera! —corrió tras él—. Solo cinco minutos. Después me voy y no te prometo que no te molestaré más.
No hizo ni caso. Continuó andando sin ninguna intención de escuchar.
—Voy a llamar a Patrimonio —gritó.
Se detuvo de golpe y se giró hacia ella.
—¿Perdona?
—Voy a contarles lo de la Madonna.
—¿Te has vuelto loca?
—Probablemente, no lo sé. Si conseguimos retrasar el opening —continuó antes de que la interrumpiera—, aunque sea unas semanas, ganamos tiempo y podemos buscar otra solución.
Con la botella y los vasos en la mano, Gennaro y don Ciccio regresaron al jardín.
—Espera, ¿de qué Madonna hablas? —interrumpió el padre .
—Señor Bernardi —Catalina se acercó—, encontramos una Virgen detrás de la pared del aparador que hay en el salón.
La carcajada que soltó fue tan espontánea que casi tira la botella.
—Mejor que no llames a Patrimonio y que no investiguen nada.
—¿Y eso por qué, papá?
—Porque no vale nada. Nos la trajo un cliente chino como regalo. Se dedicaba a hacer réplicas de figuras sacras para luego venderlas en Asia. La colocamos ahí a modo de broma.
En un segundo, el plan maestro que traía se desmoronó.
—Cualquier cosa que hagas, el final es siempre el mismo: no hay restaurante. Ya tienes tu ascenso y tu vida perfecta en Madrid. No nos ayudes más. Cada vez que lo haces, acabo peor que antes.
—Enzo…
Entró en la casa cerrando la puerta con un golpe seco. Catalina se acercó a Gennaro mientras don Ciccio se servía un segundo vaso del licor.
—Testardo come un mulo, ma con il cuore buono… En eso es igual que su madre.
Se rascó la barba blanca de varios días que le daba aspecto de náufrago y le dio un último trago al limoncello.
—¿Sabes cuántos años tiene La Stella? —dijo—.
Casi cien. Mi padre la abrió después de la guerra.
Yo crecí entre esas mesas, igual que Enzo.
Tres generaciones sirviendo pasta y vino en la misma plaza.
—Se levantó para colocarse el sombrero—.
Yo me despegué de ella cuando me dio un infarto que casi me lleva al otro lado.
Me vine aquí a cultivar tomates y a disfrutar de la tranquilidad.
—Se encogió de hombros—. Ahora, La Stella es cosa de Enzo.
Si quiere seguir peleando o si quiere dejarlo ir, es decisión suya.
—Pero Enzo se va a arrepentir.
—Puede ser. —Le puso una mano en el hombro—. Todos aprendemos a vivir con las pérdidas, de una forma u otra.
Don Ciccio se acercó, colocándose la gorra.
—Catalina, deberíamos irnos.
—Os acompaño al coche .
Salieron de la casa acompañados de Gennaro, y al menos no se marcharon con las manos vacías. Llevaban frutas y verduras del huerto, así como dos botellas del famoso limoncello que don Ciccio agradeció enormemente.
—Hoy ha perdido, pero es usted una luchadora —dijo Gennaro mientras le besaba la mano a modo de despedida—. Te deseo buona fortuna.
El sol empezaba a ponerse detrás del cartel de Villa Caterina y el aire comenzaba a refrescar. El portón de buganvillas quedó atrás. Roma quedaba a una hora. Durante todo el camino de vuelta, ninguno de los dos dijo una sola palabra.
Durmió muy mal esa noche; pensó que era la almohada, así que pidió una más blanda y otra más dura al servicio de habitaciones, pero no hubo manera. Dio vueltas, se puso la tele y hasta llamó una segunda vez al servicio de habitaciones para pedirles un vaso de leche caliente.
Así que al llegar la mañana, hizo lo que mejor sabía hacer: trabajar. A las ocho terminaba de desayunar y a las nueve menos veinte revisaba la llegada de los proveedores, confirmaba las listas de invitados y salía por la puerta del hotel camino a La Stella.
Entre la falta de sueño y el cúmulo de tareas que se acumulaban en su cabeza, Catalina no se percató de la presencia de aquellos dos hombres vestidos de traje que cruzaron la puerta de La Stella en la mañana del gran opening.
Y es comprensible que la caja de gambas rojas volara por los aires cuando reconoció a Gennaro Bernardi, con su característico pelo blanco, interpretando de forma magistral su papel de inspector de Patrimonio, acompañado del padre Rafael en su performance de ayudante.
—Y bueno… el resto ya lo sabes —terminó.
Marta dio un par de vueltas a la habitación mientras asimilaba toda la parafernalia.
—Joder con el padre —murmuró .
—¿Con cuál? ¿Con el padre de Enzo o con el padre Rafael?
—¿Qué? ¿Cómo? ¡Con el de Enzo! ¿Tú lo sabías?
—¡NO! —Se puso de pie también—. Mi plan era llamar a los de verdad.
—Vale. —Marta entró en modo abogada—. Este señor jubilado, que hace un limoncello buenísimo, se ha presentado con un cura y se ha hecho pasar por un funcionario del Estado.
—Efectivamente.
Marta comenzó a reírse sin poder evitarlo.
—Parece un chiste: “Entra un señor mayor y un cura disfrazados en un restaurante…”
—No es gracioso, tía. ¿Y si me pillan…?
—Ya. —Volviendo a la seriedad—. Álvaro cree que de verdad vino Patrimonio. Está como loco intentando contactar con alguien de la Soprintendenza para arreglarlo.
—Buah, me van a denunciar y ¡deportar de Italia para siempre!
—Alto, alto. —La paró Marta —. Como tu abogada te digo que tú no has hecho nada. ¿Que al final va a resultar que eres una romántica con una pésima gestión del riesgo? Puede ser. ¿Que tu suegro tiene unos huevazos, digo, limones de cojones para hacer lo que ha hecho? También.
—No es mi suegro —rechistó—. Enzo no quiere verme ni en pintura.
—No lo es, todavía —corrigió Marta—. El caso, y con esto doy mi alegato final, es que lo que has hecho es lo que hacemos todos cuando estamos enamorados. Y eso es algo nuevo para ti, mujer de hojalata.