Chef´s Kiss 15
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Catalina cruzó el vestíbulo del hotel ensayando frases que sonaban peor cada vez que las repetía.

«Sabía lo de la Madonna. No dije nada. Fue culpa mía.

» Las puertas del bar se abrieron y encontró a Álvaro con el móvil pegado a la oreja, Paloma tecleando como poseída y Ricardo con cara de funeral.

Improvisaron un cuartel general en una mesa reservada, como un gabinete de crisis de una película del fin del mundo.

Álvaro la vio y levantó el brazo. Cruzó el bar a cámara lenta, estirando el inevitable momento que se le venía.

El tiempo se les echaba encima, y cada segundo contaba.

Aún no habían cancelado ni avisado a nadie.

—Tengo que comentaros algo —interrumpió Catalina.

—David nos llama en media hora. —Paloma no levantó la vista del móvil.

—Si puede ser menos, mejor —aclaró Álvaro.

—No puedo pedirle más. A ver qué dice.

Siguieron mirando la agenda para llamar a más gente. Catalina, simplemente, lo soltó.

—Yo sabía lo de la Madonna.

Pararon de golpe. Tardaron un buen tiempo en reaccionar.

—¿Cómo? —preguntó confundido Álvaro.

—Que yo descubrí la Madonna, pero no dije nada.

Se sentía como cuando la pillaron copiando con once años y tuvo que confesárselo al profesor. No volvió a copiar en su vida.

—¿Pero cómo no nos dijiste nada? —le reprochó Paloma .

—Porque si lo decía, paraban la obra, igual que con el Malatesta.

Estaba dispuesta a renunciar y había una pequeña parte, o no tan pequeña, de que la idea ya no le aterraba tanto. Álvaro se reclinó en el sillón. Esperaban su reacción, como si del César se tratase, para que tomase un veredicto.

—Agradezco tu sinceridad y, una vez más, tu compromiso con nosotros —dijo Álvaro—.

Sé que lo hiciste con buena intención y no pensaste que ocurriría esto.

Seguro que sabremos quién llamó o cómo se han enterado, pero ahora mismo lo importante es solucionar este marrón y abrir esta noche.

Estamos intentando hablar con alguien que tenga mano con la Soprintendenza.

«Eres una cabrona y no queremos verte nunca más.

Nos has arruinado», fueron las palabras que se le pasaron por la mente mientras se dirigía al hotel a confesar la verdad.

Se había imaginado otra escena totalmente diferente.

Álvaro gritando y despidiéndola, y ella saliendo cabizbaja por la puerta.

Pero no solo siguió manteniendo su puesto, sino que encima le felicitaron.

—Si conoces a alguien, a quien sea, lo que se te ocurra, nos dices, por favor —añadió Paloma, que volvió a su agenda y sus llamadas.

—Claro, voy a pensar. —Se excusó y salió del salón.

Corrió por los pasillos hasta la habitación de Marta. Aporreó la puerta como si no hubiera un mañana. Marta abrió desconcertada y asustada, con un montón de papeles en la mano.

—Me pillas con un lío de narices.

Dejó la puerta abierta y volvió al escritorio, donde dejó el mogollón de papeles que sujetaba en la mano.

—Quieren saber si el precinto puede invalidar el contrato de explotación —continuó—, luego una señora me ha llamado gritándome en italiano y encima los de Patrimonio no dicen nada.

Al ver su cara de pánico, Marta paró por completo.

—¿Qué pasa? ¿A qué viene esa cara de estreñida ?

—Tengo que contarte algo. Algo que ha pasado, o más bien que he hecho —respondió nerviosa.

Marta le tocó suavemente el brazo.

—Te recuerdo que soy abogada mercantil, no penalista. Aunque si hay que esconder un cuerpo, supongo que puedo improvisar; para algo tienen que servir todos los true crimes que me he tragado —reflexionando para sí misma—. Proceda con su testimonio, señorita, tiene toda mi atención.

Al fondo de la tienda, el cartel de La Stella no brillaba. Catalina no podía dejar de mirarlo. Cómo una pieza tan sencilla podía tener tanta importancia y significado. Sabía dónde vivía don Ciccio y no le costó mucho encontrar su casa. La portera del edificio barría la entrada cuando llegó.

—Buonasera, signora. ¿Don Ciccio?

Sin mucho que hacer, y casi más por desconfianza, la mujer le acompañó hasta la puerta del viejo, que abrió sorprendido.

—¿Catalina? —dijo don Ciccio.

—¿Conosci questa ragazza?—replicó la portera sujetando la escoba con desconfianza.

—Vai, va —le dijo don Ciccio a la portera.

La portera se marchó malhumorada, barriendo las esquinas y farfullando que así se lo agradecen cuando una solo está haciendo su trabajo.

Dejó pasar a Catalina. No estaba acostumbrado a recibir visitas en su casa.

Quedó impresionada nada más cruzar la puerta.

La casa era un museo dedicado al cine italiano, lleno de carteles de películas que cubrían las paredes del pasillo principal.

Algunos firmados, otros amarillentos por el tiempo.

En una estantería que ocupaba gran parte de la pared del salón, se alineaban rollos de celuloide, VHS y cajas de DVD con etiquetas escritas a mano.

Tenía fotografías enmarcadas por todas partes.

Don Ciccio, joven y con el pelo engominado, sonriendo frente a una cámara de estudio.

Otra con el martillo en mano, trabajando en el set de una película de romanos.

Otras mejor enmarcadas, donde salía junto al director Federico Fellini, o con Marcello Mastroianni fumando sin parar en un parón del rodaje.

Catalina se detuvo frente a una foto en particular.

Vittoria y don Ciccio, jóvenes y radiantes.

Él vestía con traje oscuro y mirada de galán, nada que envidiar a las estrellas del momento; ella llevaba un vestido de satén claro y elegante.

Estaban bailando. El fotógrafo los captó justo en medio del movimiento, como si hubiera sabido exactamente cuándo disparar.

Vittoria sonreía. Pero de verdad; no era una sonrisa educada ni medida, sino una abierta, luminosa.

Catalina se dio cuenta de que desde que la conocía nunca la había visto sonreír así.

Don Ciccio la miraba de frente, sin disimulo, con una expresión que no necesitaba palabras.

Solo dos personas mirándose como si el resto de la sala hubiera desaparecido.

—Nos conocemos desde que éramos niños —dijo don Ciccio detrás de ella—. Somos del mismo pueblo, aunque si ella supiera que lo he contado, me mataría. Siempre le gustó decir que venía de una familia de buena posición.

—¿Y ya era así de… deslumbrante?

—Oh, sí. Todos en el pueblo estábamos locos por ella.

Pero Vittoria nunca hizo caso a nadie. Sabía perfectamente lo que le esperaba si se quedaba allí: casarse, tener hijos, dedicar la vida a su marido y fin.

Y eso no era para ella. Lo tenía muy claro, iba a ser una estrella.

Se marchó con dieciséis años para no volver.

La nostalgia interrumpió a don Ciccio por un momento. Miró la foto acariciando el cristal. Catalina captó el significado de esa mirada.

—¿Estaba enamorado de ella?

—Desde el minuto uno. —Rio tímido—. Le robé un beso con dieciséis años.

En la confitería de la plaza. Estábamos compartiendo una sfogliatella, porque no nos daba para dos.

Cuando se fue, me quedé destrozado. A los meses me marché yo también.

Supe que trabajaba como asistente de una modista, y poco después que la habían fichado en Cinecittà.

Y yo… bueno, como buen hijo de carpintero, me colé en el estudio por otro lado, en el equipo de decorados.

—¿Y ustedes… nunca…? —dejó la frase suspendida en el aire.

Volvió a dejar la foto donde estaba y negó con la cabeza.

—Estábamos en mundos muy distintos. Ella quería ser una estrella, fama, dinero. A mí me gusta mi vida tranquila. En ese baile —señalando la foto— me dijo que se casaba con su primer marido, un productor importante. Él fue el que la ayudó a dar el salto a la fama…

—¿Se ha casado alguna vez?

—Oh, sí —respondió orgulloso—. Pero me dejó al poco tiempo. Casarse con alguien cuando amas a otra persona, eso nunca sale bien. Así que me dediqué por completo a mi otro gran amor, el cine.

El desamor puede sonar romántico en las historias, pero Catalina no lo quería para ella. Entraron en la cocina.

—Don Ciccio, tiene que ayudarme —suplicó.

—Claro, lo que quieras. —Colocó una cafetera al fuego.

—Tiene que decirme dónde está Enzo.

—Ah, no, eso no. No me pidas esas cosas. Además, no quiere ver a nadie. —Intentó escabullirse del favor.

—Lo sé, y no quiere hablar conmigo, pero tengo una idea que nos puede dar algo de tiempo, y que puede salvar La Stella.

La cafetera comenzó a soltar el vapor que sale cuando el café está casi listo.

—¿Qué tipo de idea?

—Pues una locura, pero puede que funcione y necesito que Enzo lo sepa. —Le tomó las manos—. Solo necesito cinco minutos con él, por favor.

Don Ciccio apagó el fuego y se puso su gorra.

—¿Te gustan los coches antiguos? —preguntó sacando las llaves del cajón .

Aquella tartana tenía hasta su propio nombre.

Era un modelo viejo y destartalado, pero avanzaba a toda velocidad.

Cuando bajaron a la cochera y levantó la lona que cubría el coche, Catalina casi se ahoga de la cantidad de polvo que había acumulado con los años.

Aun así, el Tiburón se movía a toda velocidad.

Con cada curva que tomaban, rezaba a todos los santos que se le ocurrían para que llegasen sanos y salvos.

—Tranquila, este trasto y yo aún tenemos para rato —dijo metiendo la tercera marcha en una recta polvorienta.

Nemi emergió en la siguiente curva. El pueblo se construyó sobre una colina cubierta de castaños y laureles, con un lago del mismo nombre extendiéndose al fondo. Llegaron hasta las afueras, a una finca presidida por un portón de hierro cubierto de buganvillas.

—¡Siamo arrivati! —anunció Don Ciccio mientras daba un tirón al freno de mano.