Chef´s Kiss 14
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Quedaban ocho horas. La Stella era un hormiguero de gente yendo y viniendo.

Furgonetas de proveedores bloqueaban la entrada de la plaza.

Un equipo descargaba cajas de vino que otro equipo apilaba en la bodega.

Los nuevos camareros memorizaban el protocolo mientras sacaban brillo a las copas.

Alguien gritaba desde la cocina que no encontraban las setas.

Alguien respondía desde la calle que las setas estaban en la tercera furgoneta y un último preguntaba cuál era la tercera furgoneta.

Justo en la entrada montaron el photocall con el nuevo logotipo de La Stella en letras doradas y unas vallas negras que terminaban en la entrada.

En unas horas estarían siendo fotografiados invitados importantes, periodistas gastronómicos y caras conocidas de la ciudad.

En la barra, el equipo de relaciones públicas revisaba, junto a Álvaro, el listado de invitados por tercera vez.

A pesar del ambiente frenético, todo iba sobre ruedas.

Catalina ya llevaba horas despierta. Esquivó a una chica que cargaba un jarrón enorme de peonías blancas. Las de la empresa de flores —carísima, según Paloma— colocaban arreglos en cada esquina y hueco que encontraban.

—¡Cuidado! —avisó un tipo que pasaba con una escalera.

Se abrió paso como pudo hacia el fondo del salón buscando a Paloma.

Las paredes habían cambiado y las fotografías antiguas habían desaparecido.

En su lugar colgaban marcos nuevos con fotos en color de famosos que todo el mundo conocía.

Actores, cantantes, celebridades. Algunos posando junto a Alessandro Ferri en La Stella.

Aunque disimulado, se podía ver claramente que era Photoshop.

—¿Y las fotos de antes? —preguntó a Paloma.

—Se cambiaron ayer por la tarde.

—Pero nunca han estado aquí.

—No pasa nada, son íntimos de Alessandro.

—¿Y esa gente lo sabe?

—Cata —dijo bajando la voz y alejándose—. Abrimos en ocho horas. Las fotos se quedan.

Habían cambiado también el papel pintado e iban a colocar lámparas nuevas. Alessandro salió de la cocina seguido de dos de sus ayudantes.

—El risotto, al final, no al principio. Las vieiras las quiero solo marcadas, no pasadas.

Continuó su inspección por el salón, repasando manteles, moviendo cubiertos milímetros a la izquierda, milímetros a la derecha.

—Estas flores —señaló un centro de mesa— son muy grandes y van a tapar la vista. Que las cambien.

Una de las chicas de la floristería retiró el centro de inmediato. Aquello ya no era La Stella. Empezaba a parecerse a un decorado de los que se nota el cartón piedra por todos lados.

—¡Necesito a alguien en la puerta! —gritó Ricardo desde la entrada—. ¡Llegan más cajas!

Dos de los camareros corrieron a ayudar. Otro aprovechó la oportunidad para mostrarle a Catalina las dos opciones de servilletas que debían servirse: color blanco roto o blanco hueso. Las ojeó, las puso a contraluz, pero francamente, no veía ninguna diferencia. Marta llegó con dos cafés.

—Toma. No tenían leche de soja, así que va solo con hielo.

—¿Tú ves alguna diferencia? —le preguntó a Marta.

—Son iguales, ¿no? —respondió quitándoselas de las manos.

—No, en una pone blanco roto y en la otra pone blanco hueso .

—Ya me veo la reseña: «La comida espectacular, el ambiente muy agradable, pero no volvería porque las servilletas eran del blanco erróneo». Escoge una y listo.

Con todo el ajetreo, nadie se percató de la presencia de dos tipos que entraron.

No llevaban uniforme de ninguna empresa, ni camisetas con logos de proveedores.

Vestían de oscuro, casi formal. Uno alto, de pelo canoso.

Otro más bajo, con una maleta rígida en la mano.

Cruzaron el salón, esquivando a un par de camareros, hasta detenerse frente al aparador de la esquina.

El mismo que Catalina y Enzo no habían movido hacía semanas.

—Perdonen, ¿puedo ayudarles en algo? —interrumpió Álvaro, que ya sí se percató de su presencia.

El hombre de pelo canoso sacó una identificación del bolsillo interior de la chaqueta.

—Buongiorno, sono dell’Ufficio della Soprintendenza Archeologia, inspector jefe de la división de Patrimonio Histórico.

—Perdone, ¿y eso es…? —Paloma llegó desde la cocina.

—Patrimonio cultural. Protección de bienes históricos y arqueológicos.

Como nadie reaccionó, el inspector continuó su exposición.

—Creemos que hay una pieza de valor artístico dentro del establecimiento.

—¿Una pieza? ¿A qué se refiere? —preguntó Paloma.

El compañero abrió el maletín y desplegó un mapa amarillento sobre la mesa. El papel se quebraba en los bordes. Una reproducción con líneas marcadas, anotaciones en italiano y dibujos de edificios desaparecidos.

—Según los registros —añadió el inspector—, este restaurante se levanta sobre los restos de una antigua ermita que tenía una estatua de la Virgen, probablemente de finales del siglo XVI —trazó una línea en el mapa con el dedo—.

La ermita fue destruida y se construyó encima, y es muy probable que se encuentre aquí.

—Con el mismo dedo, señaló la pared de enfrente .

Catalina llegó sosteniendo las cajas de gambas rojas, que fueron al suelo en cuanto vio a esos dos hombres al lado del aparador. Su cara palideció al nivel del blanco roto o hueso, según se mirase. El ayudante del inspector sacaba un martillo de la maleta y fue directo hacia la pared.

—Un momento, un momento —les detuvo Álvaro dando un paso adelante—. No pueden simplemente…

—Claro que podemos. Aquí tiene la autorización.

El inspector mostró un nuevo papel con sellos y firmas.

Estaba escrito en italiano, así que Paloma se lo pasó a Alessandro, que se había unido a la comitiva después de oír el jaleo desde la cocina.

Con el martillo en la mano, el compañero se acercó a la pared, justo en el lateral del aparador.

Calculó el punto exacto y levantó el brazo.

Sin pensarlo mucho, dio un par de golpes suaves para comprobar la profundidad del muro.

Volvió a levantar el martillo y aporreó la pared con fuerza.

CRACK. El yeso se agrietó y vinieron seguidos tres golpes aún con más fuerza.

La capa de pintura nueva, la que habían aplicado hacía semanas, se desprendió, cayendo al suelo y rompiéndose en pedazos.

—Joder —murmuró Paloma.

La Madonna emergió entre el polvo blanco, como si de una estrella del pop se tratara, exactamente donde Catalina y Enzo la habían dejado semanas atrás.

Se hizo el silencio absoluto en el salón.

Álvaro se quedó con la boca abierta. Alessandro retrocedió un paso.

Hasta los ayudantes de cocina habían dejado de trabajar y salido a contemplar el espectáculo.

El inspector se acercó iluminando con una linterna la hornacina y, con mucho cuidado, la examinó sin tocarla.

El compañero dejó el martillo en la maleta y empezó a fotografiar.

Catalina no soltaba palabra. Flash, flash, flash.

Alessandro Ferri permanecía inmóvil, con la autorización en la mano y observando la estatua como si fuera un fantasma.

—Está bien. A partir de ahora mismo, queda suspendida toda la actividad dentro de este restaurante. Que nadie siga trabajando aquí hasta nueva orden .

Un murmullo comenzó a producirse entre todos los allí presentes.

—¿Suspendida? —repitió Álvaro, como si no hubiera entendido—. ¿Qué significa suspendida?

—Significa que tenemos que evaluar lo que pueda haber aparte de la Madonna. Significa que esto —señaló el restaurante con un gesto amplio— no puede continuar. Aquí no puede quedar nadie.

—Mire, con todo el respeto, pero tengo a cien personas confirmadas para esta noche. No puede cerrar esto por una figura de yeso.

—Figura de yeso, dice. No es yeso —respondió ofendido—. Es mármol o alabastro.

—Me da igual de qué sea.

—Lo siento. Además, quién sabe qué más podemos encontrar cuando tiremos ese muro abajo.

Paloma intentó calmar las aguas.

—Yo entiendo lo importante que es su labor —aclaró—, pero póngase en nuestra situación. Hemos invertido mucho tiempo y esfuerzo, y si le parece bien, nosotros hacemos la inauguración, y mañana vuelve usted y lo resolvemos.

—Claro, sin problema —respondió de forma sarcástica el inspector—.

Me parece buena idea traer a más gente. ¿Cuánto ha dicho que vienen?

¿Cien personas? Puedo hacer unas cuantas llamadas y que vengan más.

Ya puestos, podemos poner aquí uno de los bufés de comida, y cuando los invitados vengan a comer, pues que vean la Madonna de paso.

La ironía era clara y no daba mucho espacio a negociación o conversación. Álvaro caminaba de un lado a otro pensando en alguna solución rápida o posible.

—Oiga, ¿de cuánto tiempo estamos hablando? —preguntó.

—Depende de muchos factores —contestó asomándose al hueco en la pared—. Puede ser un mes, seis, un año. Con estas cosas nunca se sabe.

Era una barbaridad de tiempo. A situaciones difíciles, medidas desesperadas. Álvaro apartó en privado al inspector .

—Qué le parece si llegamos a un acuerdo… una compensación, por las molestias.

La desesperada táctica dio que pensar al inspector. Miró a su alrededor para espantarse con la cara de desconcierto de todos los presentes, y reconsideró la gravedad de la situación.

—¿Qué le parece un millón de euros? —propuso.

—¡Pero está loco! —gritó.

—El loco es usted si cree que va a sobornar a un funcionario del Estado. Le sugiero que lo deje ya y no empeore su situación.

De inmediato, el compañero sacó de la maleta un rollo de cinta de precintar amarilla y negra. Empezó a rodear el área del aparador y cubrió la parte de la Virgen. El inspector alzó las manos para que todos le prestaran atención.

—¡Señores! ¡Señoras! —dijo el inspector en voz muy alta—. Si son todos tan amables, salgan de aquí, ahora.

El personal fue parando poco a poco. Miraban a los jefes y al inspector intentando entender qué ocurría.

—He dicho que fuera todo el mundo —repitió con más autoridad—. Este local queda precintado. Tienen dos minutos para salir. Por orden de la Soprintendenza Speciale di Roma, queda suspendida toda actividad de forma inmediata hasta nuevo aviso.

En menos de dos minutos el restaurante se vació.

El photocall y la plaza se llenaron de un tumulto de gente sin rumbo fijo.

Salió empujada por la multitud, ocultándose de sus jefes.

Cuando no quedó nadie dentro, el inspector y su ayudante precintaron la entrada.

La gente los miraba como si fueran la atracción principal de un circo.

—Listo. —Miró el inspector a la multitud—. Nadie entra hasta nuevo aviso. Todos a casa.

Como si de un crimen se tratara, la cinta amarilla y negra cruzaba toda la puerta de La Stella. Y lo mejor es que sabíamos quién había sido el asesino. Como si de una partida del Cluedo se tratara: la señorita Suárez con la Madonna en el salón de La Stella.