13
Londres, diez años antes.
El otoño era, con diferencia, mucho más frío que el de Roma.
Cada mañana, Enzo cruzaba el mismo puente sobre el canal, con las manos hundidas en los bolsillos y la cabeza llena de recetas que aún no existían.
Habían pasado seis meses volando desde que su padre plantó un billete de avión sobre la mesa del desayuno y le dijo: «Vete, aprende y vuelve cuando sepas más que yo. »
Le Cordon Bleu era todo lo que había imaginado, más alguna otra sorpresa que no esperaba.
En los pasillos se mezclaban la ilusión y la ambición.
Gente de todos los lugares del mundo compartiendo un mismo sueño y pocas oportunidades para que esos sueños se cumplan.
Ganar una estrella Michelin, estar en boca de todos, salir en las revistas.
Pronto se dio cuenta de que, por mucho talento que tuviera, no era de los mejores y, además, le daba bastante igual esa parafernalia de glamour que se escondía detrás de todo aquello.
Fueron meses duros donde no todo fue trabajo; también hubo tiempo para viajar y darse cuenta de que las amistades que haces lejos de casa se convierten en tu familia.
Al final del curso llegó el día que todos esperaban.
Los chefs y restaurantes de primera ofrecían vacantes para los más afortunados.
Destinos que podían cambiar la vida de cualquiera: “Restaurant Le Bernardin, Nueva York”, “The Fat Duck, Berkshire”, “Arpège, París”.
Desafortunadamente, Enzo no fue uno de los elegidos.
Esa noche cenó solo en su habitación un plato de pasta con aceite que le supo a derrota. La aventura llegaba a su fin. Tenía que llamar a su padre, pero ¿qué le iba a decir? ¿Qué había cruzado media Europa para volver a casa con un diploma a color para colgar en la pared?
Al día siguiente despertó con un mensaje donde le citaban en la oficina del director a las nueve en punto.
Enzo se presentó con el uniforme planchado y el estómago encogido de la intriga y los nervios.
Había cruzado el puente del canal pensando que quizás alguien se había echado atrás, o había surgido una nueva plaza o una oportunidad de segunda mano que nadie más quería.
El director Marchetti era un hombre pequeño con manos enormes que las movía cada vez que articulaba palabra.
—Siéntate, Bernardi.
El cuero de la silla crujió bajo su peso.
—Te cuento. Lamier se va un par de meses. Un proyecto en Copenhague. —Marchetti tamborileó los dedos sobre el escritorio—. Quiere que cubras su puesto.
—¿Su puesto?
—Clases de técnica básica, primer año. Nada complicado.
Lamier era uno de los profesores más respetados y uno de los mejores cocineros del país.
—Yo nunca he dado clase.
—Lamier dice que lo llevas en la sangre. De hecho, me ha insistido que seas tú, y que no quiere un no por respuesta. —Marchetti se reclinó en su silla.
Aun sin saber qué responder, le sorprendía que su maestro tuviera tan buena imagen de él.
—Si lo quieres, empiezas ya la semana que viene.
Ese lunes llegó esquivando el fin de semana y antes de que pudiera convencerse de si era buena o mala idea enfrentarse al reto de la enseñanza. Se plantó frente a veinte estudiantes de primer año con un delantal limpio y las manos sudadas.
—Buenos días. Soy Enzo Bernardi y soy vuestro nuevo profesor.
La primera clase fue un desastre controlado que trajo grandes expectativas.
Había descubierto algo inesperado y la gran sorpresa era que no se le daba nada mal.
Le gustaba ver cómo la confusión se transformaba en comprensión.
Las semanas siguientes confirmaron lo que Lamier intuyó: Enzo no era el chef más brillante que había pasado por Le Cordon Bleu, pero sí de los mejores a la hora de compartir y enseñar.
Convertía lo complejo en sencillo y encontraba las palabras exactas para cada alumno.
Celebraba cada uno de los pequeños triunfos como si fueran victorias épicas.
Lo que empezó como una suplencia temporal se convirtió en una vocación durante más de dos años, siendo uno de los profesores más queridos que han pasado por esa famosa escuela.
Y por fin, las ofertas de trabajo con las que soñó nada más aterrizar en Londres.
La llamada llegó un martes en mitad de una clase de emulsiones. Una estudiante levantó la mano para preguntar por qué su mayonesa se había cortado cuando la puerta del aula se abrió. La secretaria de dirección asomó la cabeza.
—Enzo, teléfono. Es urgente.
Se excusó por un segundo y, al salir de la clase, la secretaria le pasó el teléfono. Las palabras se escuchaban entrecortadas: su padre, hospital, infarto, estable… Dos horas después, Enzo regresaba a Roma.
Gennaro Bernardi parecía haber encogido en la cama de la habitación doce del hospital, conectado a las máquinas que pitaban con ritmo constante. Enzo se sentó en la silla de al lado y le dio la mano.
—No pongas esa cara —dijo al ver a su hijo—. Parece que vienes a mi funeral.
—Papá …
—Estoy bien. Nada, un susto. Mira que les dije que no te avisaran, que es una tontería. El médico dice que baje un poco el ritmo; ya está.
—Eso te lo llevamos diciendo todos hace un rato.
—Pero los Benardi somos unos cabezones. Lo era tu abuelo y también lo eres tú. Me creo que sigo teniendo treinta años. Igual es hora de cerrar.
—Papá, tú descansa ahora. No es el momento de pensar en nada.
—No hay mucho que pensar. De hecho, lo tenía que haber hecho hace tiempo ya…
Afortunadamente, todo quedó en eso, un simple aviso de que hay que cambiar. A los pocos días, Enzo ayudaba a su padre a bajarse del coche para entrar en casa, mientras don Ciccio le esperaba en la puerta con una baraja de cartas, ansioso por hacerle compañía a su inseparable amigo.
Aprovechó para pasarse por la Stella. Hacía demasiado tiempo que no pasaba por allí.
Todo seguía en el mismo lugar. No había cambiado nada, excepto él.
Desde que aprendió a andar había recorrido un millón de veces esos pasillos, muchas veces huyendo de alguna travesura o metedura de pata.
Los fogones de la cocina necesitaban una limpieza a fondo, al igual que las sartenes apiladas en el fregadero.
El desorden de la despensa era evidente; incluso encontró algunos alimentos pasados de fecha.
Abrió la nevera y el panorama no mejoraba.
Agarró una cerveza y salió a la terraza.
Pasó las siguientes horas sentado mirando su lugar favorito, la plaza de su infancia.
Era el sitio donde volvía cuando todo lo demás fallaba y se dio cuenta en ese mismo instante de cuánto lo había echado de menos.
Por recomendación médica, Gennaro se mudó a Villa Caterina, la casa que tenían en Nemi. Necesitaba descanso para recuperarse. Estar lejos del ajetreo del restaurante era lo que necesitaba para recuperarse y volver a la Stella.
Pero Gennaro nunca volvió a la Stella. Sí lo hizo Enzo.
Llamó a Londres para comunicarles que se quedaba en Roma.
“Siempre tendrás un hueco aquí con nosotros”, le contestó Lamier.
Pero Enzo sabía que no volvería. Ahora soñaba con que algún día la Stella fuera más que un restaurante.
Sería un “Le Cordon Bleu” en pequeñito. Pero eso sería después.
Por ahora, había que mantener las luces encendidas y remontar el negocio.