Chef´s Kiss 12
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El teléfono de la habitación sonó tres veces antes de que Catalina contestara. Llamaban de recepción para informarle de que su coche la estaba esperando para llevarla al aeropuerto. Eran las ocho y media de la mañana, y lo tenía ya todo preparado para volver a casa.

—Pare —avisó.

El conductor miró por el retrovisor.

—¿Perdone?

—Pare el coche.

—Señorita, estamos en mitad de…

—Dé la vuelta.

—¿Al hotel?

—No. A La Stella, en la Piazza della Resistenza.

Si Enzo quería verla, genial. Si no, también genial. Era su proyecto, lo había empezado y lo iba a terminar .

No había ni un alma en toda la plaza. Algunos restos de confeti seguían pegados a los adoquines en la entrada del restaurante.

El interior ya tenía más movimiento, un caos más o menos controlado.

Las cajas de suministros se apilaban por las esquinas.

Los manteles esperaban a medio doblar sobre las mesas aún sin colocar, y un olor fuerte a pintura fresca mezclado con algo que se cocinaba de más en la cocina.

Álvaro apareció desde el fondo, con el móvil pegado a la oreja y cara de pocos amigos.

—Vale, aquí esperamos. Te aviso. —Colgó—. ¿Qué haces aquí? Tu vuelo sale en…

—He cambiado de opinión.

—Me alegro. Ha llamado la de las flores; mañana necesitará una zona habilitada para ella y su equipo para poder preparar los arreglos florales.

—Hecho.

—Hay que confirmar el alquiler de las luces para el photocall. Y, por cierto, el interiorista me está desquiciando; dice que quiere otra lámpara como esta —señala la preciosa lámpara encontrada en el anticuario de Elisabetta— para la entrada.

—No te preocupes, yo me ocupo.

La puerta de la cocina se abrió y salió una chica joven, con un delantal que le quedaba tres tallas grande.

—El chef Ferri pregunta si los langostinos son frescos o congelados. Y no encontramos el aceite de trufa por ningún lado.

—Frescos —respondió Catalina automáticamente—. Los traen cada mañana. Y no tenemos aceite de trufa.

—¿Puede ir alguien a comprar más?

—Aquí no se usa aceite de trufa. La carta de La Stella es cocina romana tradicional. Cacio e pepe, carbonara, amatriciana. No hay aceite porque nada lleva aceite de trufa.

—Yo se lo digo, pero no hay un restaurante Ferri que no tenga trufa. —Desapareció de nuevo en la cocina .

Un restaurante Ferri. Empezamos fuerte.

—¿Quién es?

—Ayudante de Alessandro. La ha traído él.

—¿Dónde está el resto? ¿Pietro?

—No sé quién es Pietro, pero no ha venido. —Río de desesperación o de nervios—. Ni él ni ninguno de los camareros que supuestamente teníamos. Ricardo ha llamado a una agencia de personal. Llegan en un rato, pero habrá que enseñarles todo desde cero.

—¿Y Enzo?

—No ha aparecido y no contesta al teléfono. Si no viene, incumple el contrato y no puedo garantizarle el puesto si Ferri me dice algo.

—A mí tampoco me contesta. Voy a mirar en su casa.

Cruzó el portal y subió las escaleras. Llamó a la puerta un par de veces.

Volvió a insistir una vez más, pero nadie contestó.

Desde luego, si él estaba allí, no quería ver a nadie.

Metió la mano en una maceta donde sabía que había guardada una llave.

«Para que puedas entrar y salir cuando quieras.

Es tu casa». Abrió despacio, intentando no hacer mucho ruido.

Puso un pie dentro que retiró al instante.

Igual entrar en su casa sin permiso no fuera buena opción, pero tampoco tenía alternativas.

Enzo era un cabezota, no contestaba al teléfono, había desaparecido y su trabajo pendía de un hilo por culpa de ella.

El pie volvió a entrar, siguiéndolo esta vez el resto del cuerpo.

—¿Hola? ¿Enzo? Soy Catalina. Por favor, necesito hablar contigo.

Lo llamó varias veces. No había nadie. La cama del cuarto intacta y la cocina igual.

Las sartenes colgadas y ni un plato en el fregadero, cuando Enzo siempre dejaba algo a medio preparar.

Cual hermana de Sherlock Holmes, buscó alguna pista para averiguar el paradero desconocido de Enzo.

Ojeó el diverso papeleo que cubría el escritorio; desde el correo rutinario hasta un cuaderno con recetas.

En uno de los cajones encontró una carpeta marrón con el borde desgastado.

Dentro encontró diplomas, certificados y cartas de recomendación de chefs con nombres de primera línea.

Ofertas de trabajo de restaurantes en Nueva York, París y Tokio.

En la esquina, un recorte de periódico amarillento con un artículo de hace ocho años y una foto de Enzo con su padre frente a La Stella.

El titular decía: «El joven chef que rechazó la gloria para volver a casa».

Debajo de la noticia, varias fotografías.

En la primera, un joven Enzo con el pelo más largo y chaquetilla blanca recibía un diploma de manos de un chef relevante.

En otras, dirigiendo una clase entera de futuros cocineros.

Y en la última, él era el chef importante que repartía los diplomas.

Un cocinero de barrio que nunca salió de Roma era lo que había asumido desde un principio. Un talento sin explotar por falta de ambición y de organización. Y qué equivocada estaba. Guardó los papeles en la carpeta, dejándolo todo tal cual lo había encontrado.

Bajó los treinta y seis escalones que conectaban la casa con la puerta del restaurante.

Los nuevos camareros habían llegado. Esperaban que alguien les diera instrucciones mientras se probaban los uniformes para el opening.

Por la puerta se colaba una mujer hablándole a un micrófono que sujetaba en la mano.

Siguiéndola a escasos metros, el cámara grababa mientras ella hablaba mirando directamente al objetivo.

—… estamos aquí, en el corazón de la Piazza della Resistenza, donde el chef Alessandro Ferri inaugura su nuevo restaurante. Un lugar que promete combinar la tradición italiana con la innovación que ha convertido a Ferri en uno de los nombres más importantes de la gastronomía mundial.

La periodista bajó el micrófono, cambiando el tono de voz.

—Vale, esta es buena. Luego graba unos recursos de la plaza para usar en el montaje.

De sopetón se abrieron las puertas de la cocina. El gran Alessandro Ferri hizo su aparición, como estrella invitada, triunfante y preparado para alimentar un poco más su ego .

—Ciao, Carolina. Qué bueno verte de nuevo.

—Igualmente, Ale. Oye, este sitio es una maravilla.

—Pues ya verás cuando esté terminado. Todavía nos quedan algunas cosas, pero como siempre, todo con prisas y en el último minuto.

—Pues no te entretengo entonces.

En el otro lado, Álvaro firmaba unos papeles junto a otro tipo que venía con el equipo de grabación. Catalina cruzó por detrás de las cámaras.

—¿Y esto? —preguntó a Álvaro.

—Es una conocida de Alessandro. Presenta el programa más visto del canal de cocina y conoce a media prensa. Hay que empezar a hacer ruido.

La periodista hizo una señal al chico, que se puso la cámara en el hombro e hizo con la mano una señal para indicar que ya grababan.

—Vamos en tres, dos, uno —cambió de nuevo al tono de voz TV—. Alessandro, cuéntanos qué es La Stella.

—La idea es volver a las raíces —dijo mirando a cámara.

Las únicas raíces que tiene Alessandro Ferri son las de su pelo teñido de rubio.

—Es un momento en el que la gente busca autenticidad —continuó orgulloso—, ¿y qué hay más auténtico que de donde venimos? He querido construir un refugio, donde vienes para desconectar del ruido. Solo tienes que mirar dónde he decidido abrir el restaurante.

Hablaba de la autenticidad mientras la borraba con tipex. Catalina estuvo a punto de saltar varias veces y llamarle de todo al señor Raíces, pero a estas alturas, desgraciadamente, había asumido que los negocios se rigen por sus propias reglas.

—¿Qué hace especial a este lugar? —prosiguió la presentadora.

—A quien no conozca la Piazza della Resistenza, le invito a que busque en internet y entenderá por qué, cuando encontré este local, supe inmediatamente que era perfecto para mi visión. No es otro restaurante de diseño. Hablamos de tradición, pero siempre con mi marca y mi toque personal .

Las palabras salían de la boca de Alessandro y se convertían en la verdad oficial.

Vendía humo con una maestría envidiable.

Mañana aparecería en los periódicos, en las revistas, en el canal de cocina, en las redes sociales.

«Alessandro Ferri abre su restaurante estrella.

El chef vuelve a los orígenes con La Stella».

Catalina salió disparada del restaurante. Necesitaba alejarse de allí, de Alessandro, de las cámaras y de la farsa. Pilló un taxi en dirección al anticuario.

Un letrero de «Chiuso» colgaba de la puerta.

Llamó al timbre del lateral por si acaso, pero como bien avisaba el papel, estaba cerrado.

Se pegó al cristal del escaparate, haciendo una visera con las manos para ver mejor.

El interior permanecía igual que siempre.

Probó a mirar por el otro escaparate y cuando colocó las manos sobre el cristal, lo vio al fondo.

El último recuerdo que quedaba de la auténtica Stella.

Apoyado contra la pared junto a un aparador de caoba, el cartel del restaurante que colgaron ayer: «La Stella - Ristorante Tradizionale - Dal 1952».

En ese rincón, no brillaba. Era un cartel más en una tienda de trastos viejos, una reliquia que ya no servía, esperando a que algún buen samaritano se enamorara de él y lo sacara de aquel rincón.