11 #4
Era una buena oportunidad. No por el trabajo, sino por desaparecer y poder esconder la cabeza bajo tierra, como un avestruz. Pero ya sabemos que Catalina Suárez no hace eso .
—Puedo esperar unos días. Además, no sé si Álvaro va a querer que me vaya ahora.
—Ha sido idea de él. Si quieres quedarte, por nosotros encantados. Pero que sepas que en Madrid te están esperando.
Dejó la copa sobre la mesa y se inclinó hacia delante del sillón. Aunque no había nadie que las escuchara, bajó un poco la voz y aparcó por un momento su posición de jefa.
—Levantar un restaurante no es fácil. La Stella es tu primer proyecto, y se nota que te has dejado la piel —continuó—.
Pasa cuando encuentras algo que te ilusiona y te gusta de verdad.
Piensas que va a durar toda la vida, pero luego, por mucho que tú quieras, el restaurante no funciona.
Te das cuenta con el tiempo de que podías haber hecho las cosas de otra manera, pero ya es tarde.
Tienes que cerrar y seguir adelante. Vienen otros proyectos, no son ni mejores ni peores; son distintos.
Intentas ponerles el mismo cariño, pero igual ninguno es como ese primero.
Estar en nuestra posición es jodido, porque es muy difícil contentar a todos.
Hay que elegir y luego aprender a vivir con ello.
Paloma no hablaba de La Stella, ni de Catalina; hablaba de ella misma.
Por supuesto, sabía lo del romance con Enzo; Catalina no era tan buena actriz.
Durante tres años, siempre había sido la jefa.
No te haces amiga de la jefa, porque es eso, tu jefa.
Y era buena, no la típica mala que todos odian.
La que ponía los peros y la que decía cómo se hacen las cosas.
Pero ¿cuánto sabía de la vida de Paloma de puertas para adentro? No sabía nada.
El jazz seguía sonando de fondo. El empresario japonés se había marchado y la pareja del fondo pidió la cuenta. Paloma apuró el último sorbo de su copa.
—Tu vuelo sale a las diez. —Se levantó, alisándose la falda, recomponiéndose y lista para marcharse—. Nosotros nos encargamos de lo que queda por hacer aquí .
Esa noche, sobre la cama de la habitación, dos McMenús yacían desparramados entre envoltorios arrugados y servilletas usadas.
En la televisión daban un capítulo de Friends que ambas se sabían de memoria, ese en el que Ross grita «pivot» mientras intentan subir el sofá por las escaleras.
Catalina, tumbada bocarriba, miraba las aspas del ventilador que se movía a dos por hora.
—¿Cómo he podido cagarla tanto? —murmuró con la voz quebrada.
—Bueno, tampoco te maltrates tanto. No lo has hecho tan mal; si no, no te hubieran ofrecido ahora lo de Madrid.
Las lágrimas empezaron a rodarle por las mejillas, esta vez, sin sollozos. Marta buscó entre el desorden de la cama hasta encontrar una servilleta de papel con el logo de McDonald’s. Se incorporó, sentándose derecha en la cama, con las piernas cruzadas, y activó el modo abogada del diablo.
—Vale, ahora mismo lo que te voy a decir no lo vas a entender, pero créeme que tiene todo el sentido.
Has conocido a Enzo, ¿hace cuánto, un mes?
Y ha sido increíble. Pero mírate, y mira todo lo que has conseguido —no pudo evitar emocionarse—.
Estoy superorgullosa de ti, y sí, voy chuleando por ahí de amiga, con mucho orgullo.
Y no voy a dejar que tires a la basura todos estos años que llevas currándotelo mucho… y menos por un tío.
—No es solo un tío.
—Lo sé, es una forma de hablar.
El ventilador dejó de dar vueltas. Se sentó, abrazándose las rodillas.
—Tenía razón en todo lo que me dijo. Lo usé.
—Tú lo querías ayudar.
—No sé si lo quería ayudar a él o solo quería salvar mi culo. No lo sé.
Marta se acercó, agarrándole las manos.
—Vete a Madrid. No se toman decisiones en caliente. Date un tiempo; igual se te pasa antes de lo que crees. Y si no es el caso y después de mil años sigues pensando igual, seré la primera en ayudarte a hacer la maleta y volver a intentar retomar lo que tengáis que retomar.
—Tendrías que haber visto su cara… No hay nada que retomar.
Marta le acarició el brazo con el pulgar, un gesto pequeño que se convirtió en un abrazo sin palabras. Era lo que Catalina necesitaba. Permanecieron así el tiempo necesario.
—Sé que no estás ahora muy para tomar decisiones, pero, ¿te vas a terminar las patatas?
El abrazo se terminó con una carcajada que les salió del alma a las dos. Eso es lo que hacen las buenas amigas. Son capaces de mostrarte la realidad aunque la hayas cagado estrepitosamente. Se quedan a tu lado, para animarte, y, si te has caído, son las primeras en ayudarte a levantarte.
Al igual que Catalina, la mañana amaneció nublada.
Se notaba en el ambiente la llegada de los primeros días de septiembre.
Y aunque le encantaban esos primeros días de otoño, hoy no se sentía así.
Despertó con los ojos hinchados y la cabeza pesada.
El lado de Marta estaba vacío con las sábanas revueltas.
En la mesilla, una nota escrita en el papel del hotel con la letra imposible de su amiga: «Sal de la cama, cabrona. Te quiero.»