11 #3
Solo ella escuchó esas palabras que resonaron con la frase de la postal de la tienda del anticuario, de París y de Camille.
Sin casi darse cuenta, Enzo desapareció por la puerta, y no mucho después, le siguió Pietro con la cabeza baja.
Uno a uno, los vecinos de la plaza fueron abandonando el lugar, sin despedirse ni mirar atrás.
En menos de unos minutos, el restaurante se vació.
Los globos seguían flotando, el confeti cubría el suelo y la pancarta de «Grazie Catalina» colgaba torcida de la pared.
Quiso correr tras Enzo, pero la situación le superaba con creces.
Tenía a todo su equipo allí, e ignoraban por completo los sentimientos que ella tenía hacia aquel italiano al que le había destrozado la vida.
—Wow, sí que sois apasionados los italianos. —dijo Álvaro dirigiéndose a Ferri y quitándole dramatismo al momento—. Bueno, vamos al lío, que abrimos en dos días.
Alessandro Ferri inspeccionó los rincones y fue directo a la cocina junto a Álvaro.
Catalina se mantenía inmóvil en medio del salón, aguantando como una equilibrista para no caerse y romperse delante de todos.
No solo Marta comprendía la situación de su amiga.
Al otro lado del salón, Paloma tomaba buena nota de lo que había visto en los últimos minutos.
Ahora, Catalina tenía que aguantar. Debía enseñar todo lo que habían estado preparando durante el último mes.
Mostraba cada esquina y cómo funcionaba todo.
Casi repetía las palabras que Enzo había usado para explicárselo a ella.
Contaba algunas de las anécdotas de las fotos que colgaban en los pasillos y que había aprendido de don Ciccio.
Fueron dos horas interminables en las que solo deseaba salir de allí.
Por fin se habían ido todos. La vespa arrancó al primer intento y se puso camino al hotel.
Las calles de Roma pasaban a los lados en blanco y negro, como una película muda.
El cuerpo conducía solo, esquivando coches y peatones por puro instinto.
Entró en una avenida principal y, frente a ella, apareció el Coliseo.
Inmutable, destrozado, pero en pie. Los turistas hormigueaban por los alrededores, posiblemente ajenos a todo lo que aquel lugar había visto nacer y morir.
Desaceleró y se echó a un lado de la carretera, en un hueco junto a una valla metálica.
La primera lágrima cayó sin aviso; luego ya perdieron la timidez y salieron sin parar.
Le dolía el alma, le dolía todo. Los recuerdos pasaban a la misma velocidad que pasaban los coches a su lado.
Enzo y Salvatore, los bailes en la parroquia, su noche juntos.
No sabe cuánto tiempo pasó, pero el sol empezó a esconderse.
Las farolas parpadearon un par de veces antes de encenderse y el Coliseo se iluminó, emergiendo de la penumbra de forma espectacular.
Un guardia de tráfico le pidió que se moviera.
Asintió sin palabras y de nuevo se puso en marcha.
Cruzó el vestíbulo del hotel arrastrando los pies. Tenía los ojos hinchados, la nariz roja y el pelo revuelto por el viento de la vespa. Dos horas llorando frente al Coliseo le habían dejado la cabeza embotada.
—Señorita Suárez. —El recepcionista la detuvo antes de que llegara al ascensor—. La esperan en el bar.
—¿Perdón?
—En el Salón Adriano.
—¿Quién?
—No me lo han indicado, señorita. Solo que la esperaban.
Pudo subir directamente a la habitación, fingir que no había recibido el mensaje o inventarse una excusa: dolor de cabeza, intoxicación por gambas, peste bubónica.
Quería esconderse bajo las sábanas y no salir hasta que todo hubiera terminado, pero sus piernas la llevaron hasta el bar, porque eso es lo que hacía Catalina Suárez: cumplir, aparecer, aguantar.
El Salón Adriano era una extensión del vestíbulo: butacas de terciopelo azul, mesas bajas de cristal, luz tenue y jazz discreto sonando desde los altavoces que no se veían.
Sentada en una mesa cercana a la barra, esperaba Paloma, con una copa de algo ambarino.
De todas las personas, ella era la última que podría imaginarse .
—Catalina. —Levantando una mano y señalando el sillón de enfrente.
A esa hora el bar estaba casi vacío. Un empresario japonés tecleaba en su portátil junto a la ventana, una pareja lo pasaba bien en otro sofá del fondo y poco más. Se acercó y se dejó caer en uno de los sillones que aparentaban más de lo que posiblemente costaban.
—¿Quieres algo? —Paloma señaló su vaso.
—Pues lo mismo que tú.
—Otro Macallan, por favor —haciéndole una señal al camarero.
No tardó mucho en aparecer con otro igual que dejó sobre la mesa. Paloma levantó el suyo y las dos brindaron.
—Has hecho un trabajo extraordinario. El restaurante está listo, los proveedores cerrados, los contratos firmados —hizo una pausa— o casi firmados.
Catalina asintió esperando el pero, porque siempre había un pero.
—Quería hablarte de que hemos empezado un nuevo proyecto. Es grande, más que este que acabas de hacer. Tiene muy buena pinta y nos gustaría que lo llevaras tú.
Aquello la pilló por sorpresa. Esperaba una bronca, quizás un sermón de esos jefa-empleada que son como las broncas madre-hija cuando has hecho algo mal. Pero no habían abierto aún La Stella y ya le estaban poniendo sobre la mesa el siguiente.
—Sí, claro, suena bien.
—Este es en Madrid, no tienes que viajar tanto. —Se tomó un tiempo—. Podrías irte mañana y así empiezas con los preliminares: visitar el local, reunirte con los arquitectos.
—¿Pero y el opening? Aún no hemos abierto —confundida.
—Los openings son un rollo y son todos iguales. —Dio un sorbo—. Mucho ruido, muchas fotos, algún imprevisto de vez en cuando, pero siempre salen bien.