Chef´s Kiss 11 #2
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11 #2

Las luces se encendieron dejándola ciega por un momento.

Una lluvia de confeti caía por todos lados.

Todos estaban allí. Ninguno quiso perderse el momento en que La Stella empezaba de nuevo: don Ciccio con dos amigos, la florista Francesca e Irene, la nonna Lucía, Pietro, el librero y hasta Vittoria De Santis.

Varios de ellos sujetaban una pancarta que decía «Grazie Catalina».

Un montón de globos y guirnaldas decoraban La Stella. Y ella con el contrato en las manos.

—¿Pero… qué es todo esto?

—¡Mira qué cara ha puesto! —bromeó Giuseppe, el librero.

Sí, cara de pánico disfrazada de sorpresa .

—Todo esto es por ti. —Colocándole don Ciccio un sombrerito de cartón en la cabeza.

Pietro colocó el bolso y el contrato sobre la barra del fondo. Solo veía caras sonrientes y difuminadas a su alrededor. Aturdida, se dejaba llevar por los abrazos, los besos y el champán. Pasó el mar de personas hasta que llegó a Enzo.

—Has conseguido que La Stella siga brillando por muchos años más, y espero —acercándose a ella, en voz baja— que sea junto a ti.

El día había empezado con mal pie y no tenía pinta de que fuera a mejorar. Cada gesto, cada sonrisa o cada muestra de afecto eran una puñalada más. Sintió cómo el sombrerito le apretaba las sienes. Don Ciccio abrió un espacio en el centro y carraspeó para que todos le prestaran atención.

—Hacía muchos años que no me sentía así.

Esta fiesta de hoy me está recordando a las fiestas que hacíamos mis compañeros aquí presentes y yo cuando terminábamos una película.

La alegría de haber finalizado un proyecto con éxito era inmensa, y compartirlo con todos vosotros es un regalo para el corazón de este viejo.

Escuchaban emocionados mientras comían los tentempiés que Enzo había estado preparando toda la mañana. Algunos se secaban las lágrimas. Ella también, pero las suyas no eran de alegría.

—Enzo, tu padre, Gennaro, estaría muy orgulloso de que sigas con el legado de tu abuelo Massimo. Por eso, los chicos y yo queremos haceros este regalo.

Desde detrás del coro de personas, apareció Pietro, ayudado por los dos amigos de don Ciccio, sujetando un gran cartel pintado a mano, con líneas doradas que serpenteaban entre motivos florales, con detalles de color rojo y verde.

El estilo recordaba al fileteado porteño de los viejos cafés de Buenos Aires.

En el centro, con una caligrafía preciosa y perfecta: «La Stella - Ristorante Tradizionale - Dal 1952».

Unas pequeñas estrellas pintadas con pan de oro perfilaban los bordes.

Enzo no pudo evitar emocionarse y abrazar a todos mientras los asistentes aplaudían.

Quería contagiarse de la alegría colectiva, pero lo que realmente quería era vomitar, o marcharse, o vomitar y marcharse.

—¡Vamos a colgarlo juntos! —gritó Enzo tomando la mano de Catalina.

Todos salieron a la plaza. Don Ciccio y Pietro sujetaron el cartel mientras Enzo, con el taladro en la mano, subía los peldaños de la escalera metálica. Catalina tenía los tornillos en la mano, que iba pasando a medida que los iba colocando.

—Un poco más a la izquierda —indicó Pietro.

—No, a la derecha —corrigió don Ciccio.

—Está perfecto donde está —sentenció Vittoria.

Colocaron el último tornillo y el cartel quedó perfecto.

La plaza entera rompió de nuevo en aplausos y silbidos.

Francesca le entregó un ramo de violetas a Catalina mientras la pequeña Irene la abrazaba por la cintura.

Enzo regresó al interior cargando la escalera y llevando las herramientas con él.

Los grupos se juntaban para hacerse fotos con el nuevo cartel de fondo y la protagonista del día en el centro.

Pietro conectó el viejo radiocasete y la música sonó.

En segundos se volvió a llenar el salón de La Stella.

Logró salir del tumulto de gente y vio la escalera al lado de la barra.

Enzo, al fondo de la cocina, ajeno al jaleo y leyendo el contrato que tenía en su mano.

No podía estirar más el momento inevitable.

Se acercó dejando atrás la algarabía del salón.

La alegría del Enzo de hace unos minutos se había evaporado por completo.

—¿Qué es esto? —alzando la mirada—. ¿Colaboración con Alessandro Ferri?

—Enzo, escúchame. —dio un paso hacia él—. No es lo que parece.

—¿Ah, no? —Pasando las páginas y leyendo en voz alta—: «El chef titular Alessandro Ferri tendrá autoridad creativa final sobre el menú y la imagen del restaurante.

El chef ejecutivo Enzo Bernardi responderá directamente al chef titular».

Lo pone muy clarito. Dime que tú no sabías nada de todo esto. —Señaló el contrato .

—Es temporal, seis meses, quizá menos. Solo necesitan una cara conocida para el lanzamiento, después nada.

—Ah, genial. —Soltó una carcajada seca que no contenía ni una pizca de humor—. Me alegra mucho saberlo. Trabajaré duro y me portaré bien para que mi jefe me ascienda. Seguro que me ponen un uniforme con su logo, y hasta un gorrito. Así parezco más… ¿Cómo lo llamáis vosotros? Ah, sí. «corporativo».

—No es así.

—¿No? Porque yo lo que veo es que has vendido mi restaurante y mi vida a tu empresa para que un chef estrella con el ego del tamaño de la Capilla Sixtina venga a decirme cómo cortar la cebolla.

—Imagino que después de lo del otro restaurante tienen un compromiso con él.

Al terminar la frase, y por la reacción de Enzo, supo que no tenía que haber dicho nada de eso.

—¿Otro restaurante?

Mierda.

—Vine a Roma para abrir otro restaurante, pero resultó un fracaso. Bueno, no por mi culpa, hubo una complicación, una rotura de agua… se complicó.

Otra mentira más que caía como un bloque de hormigón en el peor momento.

—Ya leí lo que pasó, pero no sabía que habías sido tú. ¿Por qué no me dijiste nada?

—No lo vi necesario.

—Ya veo que te gusta guardarte las cosas —levantando y refiriéndose al contrato.

—No me dijeron nada del contrato.

Enzo dejó los papeles sobre los fogones.

—O sea —sin levantar la vista—, que mi restaurante, la reforma… nosotros… ¿Era para salvarte el culo?

—Vi una oportunidad para los dos, y para el restaurante.

—Viste cómo hacer que no te despidieran.

—Eso no es verdad .

—¿No está todo escrito ya en tu increíble plan? —Alzó la cabeza—. Si encandilo al cocinero, el idiota firmará lo que le ponga por delante. No me extrañaría que hasta lo de anoche lo planearas.

El sarcasmo de Enzo le rompió por dentro. Un dolor que se transformó en rabia.

—Yo al menos he intentado salvar algo —levantando la voz—. Ibas a cerrar en dos meses como mucho, estabas en quiebra. No podías ni pagar a los proveedores; tenías que pedir favores a Salvatore.

Enzo retrocedió como si le hubiera abofeteado.

—No metas a Salvatore en esto.

—Yo convencí a mi empresa de invertir. —Se acercó hacia él—. Han pagado todas las deudas que tenías. ¿Y ahora me echas en cara que las cosas no son perfectas?

—Están bastante lejos de ser perfectas, pero, oye, gracias, de verdad. —Juntó las manos en un aplauso lento—. Vamos a hacerte un monumento en la plaza también. La gran salvadora, Santa Catalina de las Corporaciones.

—No seas ridículo.

—¿Ridículo? —Se acercó hasta quedar a centímetros de ella—.

Ridículo es que pienses que está bien ponerme a las órdenes de ese payaso en mi propio restaurante.

¡No tienes ni idea de lo que es valorar las cosas!

—decepcionado y desmoralizado—. Esto no es un puto McDonald’s, Catalina.

Hay gente que viene desde hace cuarenta años a comer aquí porque este sitio significa algo para ellos. Y tú lo has convertido en un producto.

Enzo miraba su cocina como si estuviera despidiéndose de ella.

—¿Qué pasa si no lo firmo?

No era capaz de explicarle que no tenía elección. El restaurante ya no era de él. Lo había perdido. No hizo falta decir nada. Enzo lo entendió a la perfección.

—Yo no era otra oportunidad de negocio. Si me hubieses contado la verdad desde el principio, igual hubiera aceptado tu ayuda .

Abrió la boca para responder, para explicar, para mentir o para decir la verdad.

No sabía cuál de las cuatro. Álvaro entró en La Stella acompañado de toda la comitiva.

Paloma, Ricardo, Marta y Alessandro Ferri, vistiendo un traje azul marino perfectamente cortado y una sonrisa que en ese momento habría borrado de un guantazo.

Corrió a su encuentro, tratando de evitar que entraran más.

—Álvaro, creo que ahora mismo no es el mejor momento —intentando conducirlos de nuevo hacia la puerta.

—¿Cómo que no? —Álvaro tomó una copa de champán de una de las mesas—. ¡Claro que lo es! Hay música, confeti, globos.

Enzo atravesó el salón directo hacia el radiocasete. Detuvo la música de golpe.

—Escuchad todos un momento. —Cortó las conversaciones—. Catalina tiene algo que contaros.

Las miradas fueron directas a la protagonista de la jornada.

—Eso, eso. ¡Que diga unas palabras! —gritó alguien desde el fondo.

—Enzo, por favor —avanzando hacia él—. No hagas esto.

—Es tu momento… Compártelo con los demás.

Don Ciccio emocionadísimo. Francesca, sonriente. Pietro, Vittoria. Todos expectantes al discurso y ella, deseando que hubiera un botón para detener el tiempo, para llorar hasta quedarse sin lágrimas y volver cuando no doliera tanto. Álvaro dio un paso al frente.

—Ya que estáis aquí, aprovecho para presentaros a Alessandro Ferri, el nuevo chef de La Stella.

El bloque de hormigón que había caído en la cocina aplastaba ahora la ilusión de todos los allí presentes.

—¿Perdón? —Don Ciccio se quitó la gorra, creyendo que no había oído del todo bien.

—¿Aplaudimos? —preguntó un completo perdido.

Enzo se acercó a Catalina una última vez.

—Felicidades. —Su voz era apenas un susurro—. Lo has conseguido .