Chef´s Kiss 11
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Quizás acostarse con un chico en un almacén del sótano de un restaurante en obras fuera lo más peligroso que Catalina había hecho hasta el momento. Superaba con creces lo del pintalabios.

Gracias, Enzo.

Se incorporó despacio. Tenía el pelo revuelto y la ropa arrugada.

Enzo le apartó un mechón de la cara. Ambos amanecieron con el entusiasmo y nerviosismo con el que despiertas cuando has pasado tu primera noche con alguien que te gusta.

El momento se rompió con el sonido de la sierra mecánica cortando alguno de los tablones de madera en la parte de arriba.

La puerta principal de La Stella se abrió.

—¿Enzo? —gritó Pietro buscando a su jefe.

Él se levantó de un salto, poniéndose la camiseta.

—¡Sì, sì! Sono qua giù!

—Ma che fai là sotto?

—¡Un attimo!

Pietro bajó las escaleras hasta la puerta del almacén. Giró el manillar desde fuera.

—¿Has pasado aquí toda la noche? —Se quedó helado al ver a Catalina—. Ah… Buongiorno.

—Buongiorno, Pietro —respondió ella, intentando alisarse la ropa y recuperar algo de dignidad.

—¿Queréis que os cierre otra vez? Yo me voy arriba y vuelvo cuando me digáis .

—Muy gracioso.

Salieron del almacén y subieron a la cocina.

—¿Quieres un café? —ofreció Enzo.

—Me encantaría. —Sacó su móvil del bolso.

La pantalla mostraba una avalancha de notificaciones: varias llamadas perdidas de Marta y un mensaje de Álvaro: «Mañana nos vemos. Aterrizamos en Roma a las 9:00».

Se le congeló la sangre.

—¿Qué pasa? —preguntó Enzo.

—Mis jefes llegan hoy —miró la hora: las 7:43 a. m.—. Joder.

—¿No era mañana?

—Sí, pero han adelantado el viaje.

Empezó a buscar las llaves de la vespa.

—Espera, al menos desayuna algo…

—¡No, no puedo! —Se puso las sandalias a toda prisa—. Tengo que ducharme y prepararme antes de que lleguen.

Él sonrió.

—Anoche mereció la pena.

A pesar del pánico, no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Totalmente.

Se besaron rápido, intenso.

—Luego hablamos, ¿vale? —dijo ella, dirigiéndose hacia la puerta.

—¡Catalina!

Se giró.

—Esta noche cenamos juntos. Sin almacenes y sin puertas cerradas. Te lo prometo.

—Me parece perfecto.

Salió disparada de La Stella. La plaza estaba casi vacía, apenas un par de vecinos abriendo las contraventanas. Montó en la vespa, que arrancó al segundo intento, y aceleró por las calles empedradas de Roma como si le fuera la vida en ello .

Se duchó y vistió en tiempo récord. Una hora más tarde esperaba impaciente en la recepción. La primera en aparecer fue Marta. Las esperaban en una sala de reuniones del hotel.

—Te llamé ayer mil veces —dijo Marta.

—No os esperaba hasta mañana.

—Ya, pero están entusiasmados. Hemos pillado el vuelo de las siete. A mí me lo dijeron anoche, para variar.

Marta observó a su amiga cómo canturreaba mientras caminaba, señal de que estaba contenta.

—Estás tatareando, señorita. —Paró de andar—. Tú has hecho arroz.

—¿Qué? —disimuló reanudando el paso.

—Que has follado, vamos. Hecho el amor, cogido, hacer el delicioso o como quieras llamarlo, y no me lo niegues, que se te nota en la cara.

La prueba era más que evidente. Culpable de todos los cargos.

Agradecía a Dios, al karma, a su ángel de la guarda o a quien estuviera a cargo de todo lo que le estaba pasando en su vida, o más en concreto, a las últimas 24 horas, de que todo estuviera yendo tan bien.

Aunque lo del Malatesta fue un despropósito a olvidar, la vida le recompensaba con creces.

Una nueva oportunidad con un restaurante aún mejor, un tórrido romance de verano con un bombón italiano, y encima se había convertido en ejecutiva unos años antes de lo planeado.

Cuando llegaron a la sala, Álvaro presidía en la cabecera, junto a Paloma y Ricardo, el director financiero que casi nunca soltaba palabra.

—Buongiorno, Catalina. —dijo Álvaro con un fuerte acento.

Ocupó su sitio frente a la ventana, Marta al lado.

—¿Nerviosa?

—Un poco sí. ¿Cómo que habéis adelantado la visita?

—Volar el mismo día era muy precipitado. Al final siempre vamos con prisas y es un agobio. Así también te ayudamos con los últimos detalles y el tema de los invitados, que siempre es un caos .

No era mala idea. Había asistido a muchos openings, pero una cosa es ir de invitada y otra muy distinta ser la encargada de que todo salga perfecto.

—Va a ir todo genial —animó Paloma—. Nos encanta lo que habéis hecho. Tengo ganas de probar la comida, a ver si es tan buena como pinta.

—¿Vamos al lío? —Álvaro guardó el móvil.

Durante la siguiente media hora, fueron desgranando los detalles: el catering de la inauguración, la lista de invitados, algunas entrevistas con prensa, menú degustación para esa noche, imprevistos que pudieran surgir de última hora. Todo fluía.

—Por cierto, ya tenemos los finales. —Deslizó un documento hacia Catalina—. Hay que firmarlos antes de mañana.

Eran los contratos definitivos. Casi se le había olvidado.

—Sin problema, se los llevo ahora a Enzo.

—Nosotros iremos en un rato al restaurante —añadió Álvaro—. Recogeremos a Alessandro y nos vemos allí.

—¿Qué Alessandro?

—Alessandro Ferri —asintió Álvaro.

—Ah, ¿también está invitado?

—¿Cómo que sí está invitado? —riéndose—. Es el chef de La Stella.

A ver, tiempo muerto. Alessandro Ferri, ¿chef de La Stella? ¿Qué parte me he perdido? A ese engreído se lo tenía que haber llevado el géiser.

—Pero… La Stella ya tiene chef.

Ricardo levantó la cabeza de sus papeles y Marta estaba en shock, al igual que su amiga. Álvaro pensó bien la respuesta. Quiso ser delicado porque alguien no había entendido nada bien cómo funcionaba el negocio, y ese alguien era Catalina.

—Cata —amablemente—, llevas ya tres años con nosotros, ¿no? ¿Cuándo hemos abierto sin una cara conocida al frente?

Touché.

Por mucho que le jodiera, eso era verdad. Repasó mentalmente todos los restaurantes que tenían y ni una vez abrieron sin el respaldo de un nombre detrás.

—La cara del restaurante, la marca, tiene que ser Ferri.

—Pero este era un restaurante con su propio chef, y como íbamos a por un concepto diferente, pensé que…

—Sí, todo eso nos gusta. Pero a día de hoy, ¿quién conoce a Enzo? Ferri tiene dos estrellas Michelin y portadas en medio mundo. Es lo que vende. Más prensa, más público queriendo venir.

—¿Y lo de respetar la identidad de La Stella, de mantener la esencia?

—Enzo seguirá en la cocina, pero bajo las órdenes de Ferri. Alessandro sabe lo que hace, no te preocupes.

Que no me preocupe, dice.

—Además, la plaza tiene un potencial enorme —continuó Paloma—. Si va bien, invertiremos en más locales. Una especie de resort en medio de Roma, como una boutique en el corazón de la ciudad.

Esto mejora cada minuto. Enzo, bajo la marca Ferri, reducido a empleado en su propio restaurante. Francesca la florista y Giuseppe el librero como monos de feria en una atracción turística.

Catalina abrió el contrato y vio en la primera página: «Acuerdo de colaboración entre Marwood Global Holdings y Alessandro Ferri, en calidad de chef ejecutivo de La Stella». Esto sería lo primero que leería Enzo nada más abrirlo.

—Es nuestro acuerdo estándar de siempre. Ferri firma como cabeza visible del proyecto, supervisión de carta, imagen de marca —añadió Ricardo.

—Pero igual Enzo no acepta esto. La Stella es su restaurante.

—La Stella ya no es su restaurante —endureciendo un poco la voz y sentenciando—. Compramos el local, pagamos la reforma, cubrimos las deudas. El señor Bernardi firmó el preacuerdo. Esto —señaló los papeles— es lo que siempre hacemos .

—Un chef estrella para la marca, un equipo local para la operación —añadió Paloma, más suave ahora—. No es nada personal. Es el modelo de siempre.

Un modelo que conocía perfectamente, que había visto aplicar en quince proyectos distintos y que nunca había cuestionado, hasta ahora.

—Necesitamos las firmas antes de esta tarde.

Con esta frase, Ricardo cerró la reunión.

El pasillo se quedó vacío. Se apoyó contra la pared, junto a una planta decorativa que parecía más sana que ella en ese momento. Marta apareció unos segundos después, tras haberse despedido de los jefes.

—¿Tú lo sabías?

—No. —Marta levantó las manos—. Te lo juro. Los contratos de Ferri los ha gestionado el equipo de Barcelona con Ricardo.

—¿Y no te parece raro?

—Creía que estabas al tanto, que el dueño lo sabía. Que tú lo sabías.

—Soy imbécil —intentando no desmoronarse.

—No digas tonterías.

—Sí lo soy. —Se apartó de la pared—. Le dije que íbamos a ayudarle. Le prometí que el restaurante seguiría siendo suyo, que nada iba a cambiar. Y ahora le tengo que decir que es el ayudante de Alessandro Ferri en su propia cocina.

Caminaba en círculos. Lo del géiser le parecía ahora un paseo en barca.

—Tiene que haber algo que podamos hacer. Una cláusula, una…

—¿Con qué argumento, si no lo han hecho nunca? Además, ya han firmado y le han pagado a Ferri una pasta de adelanto.

—Entonces los rompemos, pagamos la penalización, buscamos otra solución, joder —levantando el tono—. Tú eres la experta, Marta .

—¿Perdona? —parándole los pies—. Te dije que tuvieras un rollo de verano, no que te enamoraras, y lo has hecho hasta las trancas. Que si Enzo esto, que si Enzo lo otro. Me alegro mucho por ti, pero no me eches la culpa si no has leído la letra pequeña.

—¿Y ahora qué hago?

—Tienes que contárselo.

—¿Cómo se cuenta esto?

—No lo sé, cariño. —Le puso la mano en el hombro—. Pero tienes que hacerlo antes de que se entere por otro lado.

La plaza esa mañana, si cabe, estaba más bonita de lo habitual.

Fantástico. Abran paso a la turista corporativa que va a destruirlo todo.

Cruzó hasta la entrada de La Stella. No había nadie por la plaza ni por ningún lado.

Pero no era un problema. Llevaba el contrato bajo el brazo y era como transportar una bomba a punto de explotar.

¿Qué le iba a decir? «Hola, amor, por cierto, he vendido tu restaurante y tu libertad sin consultarte, pero, ey, al menos seguirás cocinando».

Cuando entró, todo estaba a oscuras, en silencio. El cuadro de luces se encontraba cerca del mostrador principal. Dio unos pasos y…

—¡Sorpresa!