Chef´s Kiss 10
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La pantalla del portátil mostraba el rostro pixelado de Marta en su cocina, negando con la cabeza mientras revolvía algo fuera de cámara. Nico, detrás de ella, cortaba verduras en una tabla.

—Lo siento, Cata. He hablado con Paloma y es imposible. No van a cambiarlo por Salvatore ni por nadie.

—Podríamos argumentar que es producto local, que encaja con el concepto del restaurante.

—No insistas, que como te vean presionando con esto se van a mosquear. Ya sabes cómo son.

—Vale, gracias por intentarlo.

—De nada. Oye, ¿qué tal por ahí? ¿Avanza la reforma?

—Sí, poco a poco. Te dejo, que tengo que bajar.

Cortó la videollamada y salió al pasillo desde su oficina improvisada. Uno de los obreros recogía sus herramientas.

—¿Has visto a Enzo?

—Abajo, en el almacén. —Se colgó la bolsa al hombro—. Oye, nosotros ya nos vamos. Mañana venimos un poco más tarde, ¿vale?

—Perfecto. Hasta mañana.

Atravesó la cocina esquivando cables y lonas de plástico hasta las escaleras del fondo.

—¿Enzo?

—Sí, aquí abajo —contestó desde lejos.

Bajó al almacén. Enzo estaba dentro, de espaldas, subido a una pequeña escalera de madera, rebuscando en los estantes superiores .

—Pásame la caja que está al lado de la puerta, por favor.

Catalina miró hacia los lados y vio una caja apoyada contra el marco de la puerta entreabierta. La agarró con ambas manos y entró. La puerta se cerró tras ella con un golpe seco. Enzo se giró como si hubiera escuchado un disparo.

—¿Qué pasa? —preguntó con la caja en la mano.

—Has cogido la caja de la puerta.

—Sí, la que me has dicho.

—No. —Bajó de la escalera de un salto—. Te he dicho «me pasas la caja que está AL LADO de la puerta», no la que SUJETA la puerta.

Enzo cruzó el almacén en dos zancadas y tiró del pomo. La puerta no cedió. Catalina notó cómo las paredes se acercaban. Dejó caer la caja y se lanzó contra la madera.

—¿Qué vamos a hacer? —seguía pidiendo socorro.

—¿Hacer? Nada. Mañana, cuando lleguen, nos abrirán.

—No puede ser, no puede ser, noooo puede seeer… ¡¿Pero cómo no me has dicho nada?!

—¡Creía que se entendía perfectamente!

—No se entendía nada. Esto es igual que con el ceda el paso. Tú lo entiendes, pero el resto del mundo no.

Golpeó con las palmas.

—¿Hay alguien arriba? —le preguntó Enzo.

—No, se acaban de ir. Y me han dicho que mañana venían más tarde.

Enzo se retiró de la puerta, se apoyó contra una estantería y se cruzó de brazos como si solo le hubieran cancelado una reserva de última hora.

—¿En serio vamos a estar toda la noche aquí encerrados? Sin comida, sin agua…

Se llevó una mano al pecho. Empezó a abanicarse mientras daba pequeños pasos en círculos. Enzo se acercó.

—Catalina, mira a tu alrededor .

Alzó la vista y por primera vez observó el espacio que la rodeaba.

Estanterías repletas de latas de tomate, botes de aceitunas, anchoas, paquetes de pasta, quesos, botellas de vino y hasta un jamón entero que colgaba de un gancho en el techo.

Si existía un lugar en el mundo para quedarse encerrada, era este.

—Mira, ahí en la esquina hay botellas de agua —Enzo señaló hacia el fondo—. Y ese pequeño bidón podemos usarlo como emergencia si tienes que ir al baño.

—Lo tienes todo muy pensado.

—No es la primera vez. Pasé una Nochevieja entera encerrado aquí. Hicimos una fiesta grande y bajé a por champán. No se dieron cuenta hasta el día uno por la tarde.

—¿Y no has pensado en arreglar la puerta?

Un rato después, y tratando de ocupar el tiempo, Catalina había encontrado un sistema más eficiente de uso y rotación de los productos, de modo que todo quedaba visible y nada se olvidaba al fondo.

Subido en la escalera, Enzo colocaba lo que ella le iba pasando.

Sin embargo, un silencio se había instalado entre esas cuatro paredes.

No era incómodo exactamente, pero tampoco ligero.

—Oye, quería comentarte una cosa sobre lo del otro día… —dijo Catalina sin levantar la vista del suelo.

Tarde o temprano tenía que salir el tema. Enzo sabía a lo que se refería y, de hecho, era extraño que la conversación no hubiera salido antes.

—Sí, yo por mi parte quería pedirte disculpas. Quizás me dejé llevar un poco mientras cocinábamos.

—Bueno, yo me refería a lo de Salvatore…

Enzo se puso rojo como la lata de tomate que tenía en las manos. Apartó la mirada y reorganizó algunas cosas que ya estaban perfectamente ordenadas.

—He hablado con Marta y dice que ahora mismo es imposible y que los proveedores ya están todos cerrados .

—Vale, vale. No te preocupes. Ya me lo había imaginado —contestó rápido, queriendo dejar pasar el momento.

Silencio. Catalina le pasó otra lata.

—Pero me parece bien que hayas sacado el tema. Yo también quería hablar de lo que pasó en la cocina.

La lata se quedó a medio camino. Ninguno de los dos se atrevía a dar una opinión al respecto. Catalina fue la primera en dar el paso.

—¿Crees que es buena idea… ya sabes… que tú y yo…? —dijo sin mirarle y buscando algo que pasarle.

Enzo bajó de la escalera y se quedó de pie frente a ella, con las manos metidas en los bolsillos.

—Sí, creo que tienes toda la razón.

¿Razón en qué?

Se miraron. No se entendieron. Se volvieron a mirar. Enzo se frotó la nuca.

—Lo digo porque, como estamos trabajando juntos —aclaró Catalina—, no sé si es buena idea mezclar. Igual es mejor concentrarnos en La Stella. Ya queda muy poco y… no vamos a liarla ahora… ¿No?

—Sí, sí. Estoy de acuerdo contigo y pienso igual que tú.

¿De acuerdo en lo primero o en lo segundo? Desde luego, este chico es una incógnita.

—Propongo que cambiemos de tema —zanjó Enzo volviendo a subirse a la escalera.

Una botella y media de vino más tarde, junto a un poco de queso en aceite y jamón, Catalina y Enzo se habían montado su pequeño picnic. Estaban sentados sobre unos manteles y un par de cojines que Enzo había rescatado de una bolsa de la lavandería. No era el Four Seasons, pero tampoco estaba mal.

—Llegamos a la frontera dos horas después de que casi la cerraran.

Los autobuses dejaban de funcionar a las seis y no había manera de llegar a la ciudad.

Entramos en un bar y preguntamos si alguien podía llevarnos por veinte dólares.

Acabamos sentados en la parte trasera de un coche.

El conductor hizo tres paradas y cada vez iba metiendo a más gente.

Siempre en los asientos de delante, mientras Moha y yo estábamos atrás.

Terminamos ocho personas en el coches. Lo gracioso es que todos iban delante y nadie se ponía detrás con nosotros.

—Yo nunca he viajado tipo mochila. Me daría algo. No sé cómo puedes hacerlo. Ojalá yo fuera más así.

Enzo la miró mientras masticaba.

—¿Cómo?

—Pues así. —señaló a su alrededor—. Estamos aquí encerrados y tú tan tranquilo.

—Míralo de esta forma. ¿Puedo abrir la puerta? No. ¿Puedo atravesar las paredes? Tampoco. Con lo cual voy a tratar de disfrutar de la situación o, al menos, estar bien dentro de lo posible.

—¿Y eso no es rendirse?

—Es aceptar lo que no puedo cambiar y buscar lo bueno dentro de lo que hay.

Le pasó la botella y ella bebió.

—¿Tú crees en la suerte? —preguntó Catalina.

—No pienso mucho en eso.

—Marta dice que tengo una flor en el culo.

—Depende de cómo lo mires.

—Mi vida entera es un plan para evitar exactamente eso. Situaciones que no puedo controlar.

—¿Y cómo te va?

—Buff… Pues ahora mismo encerrada en un almacén.

—Tienes comida y buena compañía. ¿Crees que es mala suerte?

Touché.

Enzo se limpió las manos y se recostó contra la pared.

—Te toca ahora a ti.

Lo pensó, pero no se le venía a la cabeza ninguna locura que hubiera hecho. Siempre fue una niña modélica, delegada de clase, buenas notas. Una vez sus padres tuvieron que darle una charla porque a su edad debía salir más en vez de quedarse en casa el fin de semana.

—Bueno… una vez robé un pintalabios.

—Oh, cuidado, Bonnie Parker.

—Realmente no fui yo, fue una amiga mía. Yo quería pagar, pero ella insistió en que era divertido y cuando lo hacía nunca la pillaban.

—Pero os pillaron.

—Con los dedos en la masa. No sabes la vergüenza que pasé.

Nos llevaron a un cuartito y nos dejaron ahí mientras llamaban a nuestros padres.

Había un espejo y yo pensaba que era el típico de las comisarías donde detrás están los policías.

Me quedé muda. Solo podía pensar en que no tenía abogado y que iba a tener antecedentes penales por un pintalabios.

—Tienes el umbral del crimen muy bajo. —Se rio.

—Soy una ciudadana ejemplar.

El vino se terminó y Enzo descorchó otra botella.

—¿Cuántas botellas hay aquí? —preguntó Catalina.

—Las suficientes para que estar aquí deje de importarnos…

Perdieron por completo la noción del tiempo entre conversaciones y risas. Hablaron de todo y nada, incluida la historia de Tonno, un gato que vivió allí tres años alimentándose de latas de atún hasta que desapareció una mañana de abril. Era casi la una de la madrugada.

—Deberíamos dormir —dijo Enzo.

—Sí, deberíamos.

Enzo reorganizó los manteles convirtiéndolos en una cama. Sacudió los cojines y los colocó uno junto al otro.

—¿De qué lado duermes?

—Del izquierdo.

—Perfecto. Yo del derecho.

Se tumbaron. Catalina de cara a la pared, Enzo de cara a su espalda.

El frío del sótano empezó a colarse entre los manteles.

Se arrimó un poco hacia atrás buscando algo de calor y Enzo se acercó rozando su pecho con la espalda de ella.

Pasaron unos minutos en silencio o quizás fueran segundos.

A esas alturas, el tiempo se comportaba de forma extraña.

—Catalina.

—¿Sí?

—Estás muy cerca.

—Lo sé.

Silencio.

—No te quiero incomodar —continuó Enzo—, pero igual me giro. Hemos bebido vino y… bueno, estás tan cerca y me ha pasado lo que les pasa a los hombres.

Antes de que Enzo pudiera girarse, ella se dio la vuelta. Quedaron frente a frente. La respiración de él, cálida contra su cara.

—¿No me habías dicho que me relajara?

—Sí.

—¿Qué aceptara lo que no puedo controlar?

—Sí.

—¿Que disfrutara de la situación?

Los ojos de Enzo brillaban en la penumbra. No contestó.

—¿Y si sale mal? —susurró Enzo—. Tú vives en Madrid, yo en Roma. Esto puede ser como Hugh Grant y Julia Roberts, pero cambiamos la tienda de libros por un restaurante o por un almacén.

Ninguno dijo nada.

—Pero igual sale bien…

—Eso es otra posibilidad que habría que plantearse.

Ambos acortaron la distancia aún más. Enzo colocó su mano en la cintura de ella.

—Así que te van las comedias románticas —dijo Catalina.

—He visto unas cuantas.

—¿Y cómo acaba esta?

—Me aseguraré de que esta vez no te duermas en mi hombro.

Catalina deslizó su mano hacia abajo.

A diferencia de Luis, Enzo sí sabía dónde estaba el clítoris.