Chef´s Kiss 9 #2
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Sus cuerpos se habían acercado sin que ninguno lo decidiera.

Su cadera contra la de él y sus brazos moviéndose al unísono.

El ritmo se volvió más lento, más íntimo.

Giró un poco la cabeza, haciendo que sus rostros quedaran casi a escasos centímetros.

La cocina desapareció, Roma desapareció.

Solo quedaba un espacio mínimo entre sus labios que se acortaba cada segundo hasta que… ¡Riiiing!

El timbre rasgó el silencio como un cristal rompiéndose y se separaron de golpe. ¡Riiiing! ¡Riiiing! Enzo se dirigió a la entrada murmurando algo en italiano que no sonaba precisamente amable. Abrió la puerta con cara de pocos amigos.

—¡Ya era hora, fratello! Llevamos una hora llamándote.

Antes de que Enzo pudiera contestar, los dos chicos entraron sin pedir permiso.

Moha, de pelo rizado, ojos oscuros y una sonrisa que le ocupaba media cara, traía una caja de cervezas.

A su lado, Tommy, más bajo, delgado, de pelo rubio y ojos claros.

Se quedaron de piedra al ver a Catalina con el delantal, llena de harina y callada detrás de la encimera, como si fuera una presentadora de un programa de cocina.

—Es sábado —recordó Moha totalmente despistado—. Hay fútbol, ¿recuerdas? Ese deporte que juegan once jugadores contra otros once y hay una pelota.

— Perdonad… Estaba ocupado y se me pasó por completo.

—Ya veo, “ocupado” —dijo Tommy.

—Tú debes de ser Lorena, ¿no? Yo soy Moha.

La cara de Catalina fue un poema. Tommy le corrigió.

—Esta es Paola, no la lies —en voz baja .

Lorena, Paola. Menudo gigoló.

—Vale ya con las bromas, que la vais a asustar. —Enzo señaló hacia ella—. Os presento a Catalina.

—Así que tú eres la famosa Catalina —dijo Moha riéndose y tendiéndole la mano.

—¿Famosa? —aún procesando la broma de los nombres.

—Enzo no para de hablar de ti.

—¿Ah, sí? —Miró a Enzo y retomó la sonrisa.

—Sois unos exagerados —mirando a Catalina—. Les dije que me ibas a ayudar con La Stella.

—Yo soy Tommy, piacere —se presentó—. Exagerados o no, nos ha hablado de ti.

Catalina estrechó sus manos.

—¿No traéis nada de comer? —exclamó Enzo.

—Solo cerveza. —Moha mostró el pack de seis—. Eres cocinero y es tu casa. Además, veo que estáis haciendo pizzas, ¿no?

—Bueno, cenamos en veinte minutos. —Enzo miró la masa destrozada y a Catalina.

—¿Te quedas al partido? —preguntó Moha.

—No quiero molestar.

—No molestas —aclaró Enzo.

No era una pregunta ni una invitación, era una afirmación.

Su plan para ese sábado noche consistía básicamente en volver al hotel y hacer un intento heroico de leer el libro que había traído para desconectar.

Una especie de “Come, reza, ama” que había comprado en el aeropuerto y del que, hasta el momento, solo había leído la contraportada.

La masa se multiplicó por cuatro. Enzo puso a calentar el horno mientras terminaba de preparar las pizzas.

Tommy encendió la televisión y Moha se dejó caer en el sofá con la gracia de un saco de patatas.

Catalina se sentó en uno de los taburetes que encontró a medio camino entre el sofá y Enzo.

Aún le latía el corazón por el momento “casi beso” ocurrido hace unos minutos .

—Bueno —Tommy abrió un par de cervezas y ofreció una—, ¿así que eres la jefa de Enzo?

—No exactamente.

—Más o menos —intervino Enzo, colocando albahaca sobre la pizza.

—¿Y vosotros, de qué os conocéis?

—Del colegio. —Moha subió los pies a la mesa—. Los tres mosqueteros de San Lorenzo.

—Éramos más bien los tres desastres —metiendo las pizzas en el horno.

—Habla por ti, D’Artagnan, yo era un alumno ejemplar —aclaró Tommy.

—Eras un alumno que copiaba mis exámenes de matemáticas.

—Detalles.

—Aquí el genio —Enzo señaló a Moha— es el primero de su familia en ir a la universidad.

—Pareces mi madre cuando va a la compra y habla de mí.

—Y el único que todavía intenta explicarnos a qué se dedica —añadió Tommy.

—Trabajo en infraestructuras urbanas —aclaró Moha—. Básicamente, intento que las cosas no se caigan.

—Se agradece. —Alzó la cerveza.

A los pocos minutos las pizzas estaban listas. Una clásica margarita con un par de hojas de albahaca y una con anchoas, aceitunas y alcaparras. El partido seguía empatado a cero cuando dieron el final de la primera parte.

—Preferiría estar viendo Drag Race —dijo Tommy.

—La última final la vimos juntos —recordó Moha—, y a día de hoy sigo encontrando purpurina por toda mi casa. Hoy toca fútbol.

—El mes que viene empieza MasterChef, así que ya sabéis.

—Sí, chef —dijeron a coro Moha y Tommy con un trozo de pizza en la boca.

La segunda cerveza empezó a hacer efecto. Notaba ese calor agradable y esa ligereza que afloja un poco los músculos y suelta la lengua. Sin pensarlo, alzó la mano tocando con los dedos la fina cicatriz que partía la barbilla de Enzo en dos. Este paró de hablar intentando entender el gesto.

—¿Cómo te la hiciste? —Catalina retiró la mano un poco avergonzada.

Antes de que pudiera responder, Moha se incorporó con esa expresión de quien está a punto de revelar un secreto jugoso.

—Fue un momento heroico —entusiasmado—. Teníamos trece años.

Había unos matones del curso de arriba que se metían con una chica de nuestra clase.

Marina se llamaba. —Moha ignoraba por completo las insistencias de Enzo de que parara—.

Un día la arrinconaron en el patio, y nuestro amigo aquí presente decidió que era el momento perfecto para hacerse el valiente.

Se lanzó contra ellos, uno contra tres. —Moha enfatizó con los brazos—.

Le empujaron y se golpeó la barbilla contra una esquina del banco.

Empezó a sangrar como si le hubieran degollado.

—¡Venga, no fue para tanto! —Enzo intentó quitarle peso.

—¿Cómo que no? Los chavales salieron corriendo porque se creían que te habían matado o algo así.

—Muy heroico —insinuó ella.

—Por supuesto. Le funcionó, porque quedó encantada. —Moha se recostó en el sofá—. Empezaron a salir al día siguiente.

—…para que luego lo dejara por un surfero que conoció en la playa. —Tommy no levantó la vista de su cerveza—. Acuérdate de que nos taladró con Eros Ramazzotti todo el verano.

—“Un’emozione per sempre” en bucle —cantó Moha.

—Es una buena canción —se justificó.

—Enzo, nos la pusiste cuarenta y siete veces seguidas. Las conté.

Con toda la dignidad que pudo reunir, que no era mucha, Enzo se levantó y se dirigió hacia la nevera.

—Qué le voy a hacer. —Sacó otra cerveza—. Soy un romántico de los de antes.

El marcador en la segunda parte no aumentaba.

Sí lo hacía el número de botellines vacíos que se acumulaban por la mesa y alrededores.

Hablaron de todo. Los amigos de Enzo tenían esa energía de quienes llevan años juntos, como ella con Marta.

Un código compartido de bromas y referencias que solo ellos entienden.

Tommy, que trabajaba como content creator de moda, contó la historia de un desfile que acabó con un perro en la pasarela y una modelo desmayada.

Moha contaba con orgullo el puente que estaban construyendo en las afueras de Roma.

Enzo y Catalina cruzaban alguna que otra mirada cómplice mientras los chicos seguían contando batallitas.

—Eso no es verdad —interrumpió Moha.

Tommy había afirmado algo de una historia con una chica.

—Claro que sí.

—Mentira. Nunca te gustó, Laura.

—Me gustaba un poco. Hasta que descubrí que me gustaba su hermano.

—Nada, mentiroso. Ahora tienes que beber.

Tommy protestó.

—¿Ahora vas con eso?

—No dices la verdad, pues bebes. Son las reglas.

—Te las estás inventando —le replicó Tommy—. Tienes que beber si no quieres decir la verdad.

—Da igual, te toca beber.

Tommy tomó un trago con resignación teatral.

—Vale. Mi turno. —pensó por un segundo—. Yo nunca he llorado viendo una película de Disney.

—El Rey León es una obra maestra del cine mundial. —Moha se indignó—. Cualquiera que no llore con la muerte de Mufasa es que no tiene alma.

Los turnos se sucedieron. Yo nunca he mentido sobre mi edad, nunca he besado a alguien en la primera cita, nunca he dicho que iba al gimnasio y me he quedado en el sofá. Las cervezas bajaban y las confesiones subían. Moha se reclinó en el sofá y se tomó su tiempo. Tenía una buena .

—Mi turno. Yo nunca… me he querido liar con alguien con quien trabajo.

La pregunta quedó suspendida en el aire.

Tommy y Moha se miraban entre ellos. Aquella pregunta iba con trampa.

A los pocos segundos, muy despacio, Tommy dio un sorbo.

Catalina seguía inmóvil. Sentía de reojo la mirada de Enzo clavada en ella.

No se atrevía a girar la cabeza mientras apretaba sus dedos alrededor de la botella.

¿Bebo o lo dejo pasar?

Esperó a ver si Enzo bebía primero… Pero no se movió y ella tampoco.