Chef´s Kiss 9
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Enseñar a un gato a nadar era complicado, pero no imposible. Lo mismo estaba siendo aquella tarde en la que Catalina por fin había conseguido que Enzo instalara en el ordenador un programa de gestión de facturas, algo básico pero funcional.

—No entiendo por qué tengo que poner el IVA aquí —murmuró Enzo señalando la pantalla.

—Porque ahí es el subtotal y ahí es el total. Son cosas distintas.

—Antes lo apuntaba todo en una libreta y funcionaba.

—Antes también ibas en carro de caballos y funcionaba.

—Eso ha dolido.

Uno de los obreros les interrumpió.

—Enzo, nosotros nos vamos. Mañana terminamos el tabique de la cocina.

—Perfetto, grazie.

Sin el ruido de las obras, La Stella quedó en completo silencio. Habían pasado toda la tarde sin inmutarse frente al ordenador, así que el estómago de Catalina avisó con un rugido que hasta un sordo lo hubiese sentido. Enzo no era sordo.

—¿Tienes hambre?

—Creo que debería irme ya.

Se levantó y empezó a recoger sus cosas. Enzo hizo lo mismo, con calma e intentando dilatar un poco el tiempo; primero el portátil que metió en su funda, luego enrollando el cable del cargador .

—¿Quieres venir a mi casa? Podemos cenar algo —dejó caer Enzo.

—No, no hace falta. —Recogiendo su bolso—. Comeré algo por el camino o pediré servicio de habitaciones.

Sé profesional. Nada de confraternizar con el cliente.

—Lo siento, pero en mi presencia no vas a comer cualquier cosa.

La frase caló y por un segundo lo pensó dos veces.

—¿Te fías del paladar de una turista?

—Comienzo a hacerlo. —Le guiñó un ojo.

Salieron a la plaza y ella se dirigió hacia la vespa aparcada en la puerta. Se puso el casco, ajustó las correas y metió la llave en el contacto.

—¿A dónde vas, hormiga atómica? —interrumpió Enzo, con las llaves en la mano y cerrando el restaurante.

—Pero… ¿No has dicho que íbamos a tu casa? —preguntó la hormiga.

—Sí.

Se guardó el manojo en el bolsillo y se dirigió hacia el lateral del edificio, apenas a cinco metros.

Se quitó el casco y le siguió. Un pasillo estrecho apareció delante de ella, con las paredes de ladrillo cubiertas de hiedra y con un suelo de adoquines viejos.

Al fondo, una cancela de madera pintada de un verde desvaído que Enzo abrió.

—Benvenuta a casa mia.

El patio la dejó sin palabras. El color verde y las buganvillas trepaban por las paredes, con flores fucsias desparramadas sobre los ladrillos.

Los jazmines eran los protagonistas del olor tan peculiar que siempre había asociado con las noches de verano.

Monsteras de hojas enormes y brillantes ocupaban las esquinas, junto a unas kentias de su misma altura.

El suelo era de piedra antigua, irregular, con una fuente en la esquina que goteaba agua contra un pilón cubierto de líquenes.

En el rincón, un par de macetas de hierbas aromáticas que reconoció enseguida: romero, albahaca y tomillo.

Una escalera de caracol de hierro forjado se elevaba justo pegada a la pared, conduciendo a la planta de arriba .

—Ya veo que tú lo de llegar tarde al trabajo… como que no —bromeó.

—Tiene sus ventajas.

Subieron la escalera que terminaba en una puerta pintada de azul mediterráneo.

—Pasa. —Abrió la puerta.

El apartamento era más grande de lo que esperaba.

Se intuían varias habitaciones al fondo del pasillo y las paredes estaban estucadas en tonos cálidos.

El salón comedor ocupaba casi todo el espacio principal.

Un sofá de cuero gastado, cojines de colores dispares y una antigua alfombra persa cerraban el conjunto.

El balcón tenía puertas de cristal que daban a la plaza.

En la pared opuesta, una estantería del suelo al techo, con libros apilados sin orden aparente y llena de pequeños tesoros.

Se fijó en los títulos de los lomos de los libros.

Encontró de todo, títulos en italiano, en francés e inglés.

También destacaban algunos libros de cocina de diferentes países, guías de viaje de los años setenta y novelas de bolsillo con las páginas amarillentas.

Un reproductor de vinilos ocupaba otra de las baldas y al lado, su correspondiente colección de discos antiguos.

—¿Los has leído todos? —señalando los libros.

—La mayoría eran de mi padre. Algunos sí, otros no. Otros los he empezado tres veces y nunca los he terminado.

Ojeó alguno de los vinilos. Aretha Franklin, Lucio Dalla, Nina Simone, Pino Daniele.

—Buen gusto.

—Herencia materna, aunque algunos los he añadido yo.

Justo enfrente de ella, una fotografía. Una mujer con el mismo color de ojos de Enzo sonreía a la cámara.

—¿Tu madre?

—Ajá. Se llamaba Caterina, aunque todos la llamaban Rina. Murió cuando yo era muy pequeño.

La cocina estaba al otro lado del salón, separada por una barra de madera, sencilla y con personalidad, acorde al lugar.

De la pared colgaban cacerolas, sartenes y un montón de utensilios varios, destacando un ramillete de laurel y unas cabezas de ajos.

No podía faltar la sección de tarros de cristal reutilizados con legumbres o especias con las etiquetas escritas a mano.

—No esperaba esto —dijo.

—¿El qué?

—Esto. —Señaló todo el apartamento—. Esperaba algo más… no sé, más desordenado, más de soltero.

—¿Con latas de refresco desperdigadas y ropa sucia en el sofá?

—Algo así.

Antes de que los estómagos protestaran de nuevo, Enzo dejó sobre la encimera un bol cubierto con un paño.

—Vamos a hacer pizza.

—Genial. ¿Dónde las tienes?

—¿Dónde tengo el qué?

—Las pizzas. Sí, quince minutos en el horno y quedan buenísimas.

—Eso no son pizzas.

—Claro que sí. Tienen masa, tomate, queso…

—Eso son discos de tristeza industrial. —Levantó el paño del bol, revelando una masa blanquecina que respiraba suavemente—. Esto es pizza.

Eso era algo blanco que se movía y se alejaba bastante de su concepto de pizza.

—¿Está viva? Por mí, llamamos a un Telepizza o lo que tengáis aquí, de verdad, no te líes.

—No me voy a liar. Vas a hacerla tú.

—Yo no sé cocinar, a no ser que creas que hacer un huevo frito es saber cocinar.

—Por eso vas a aprender.

—Al final, con lo de enseñar, tú siempre te libras y nunca cocinas. Igual que en la fiesta de Rafael, mucho hablar, pero no cocinas nada.

—Podría ser.

—En serio, mi historial culinario incluye quemar agua. Puse una olla vacía al fuego y me olvidé. El fondo se derritió .

Enzo soltó una carcajada que resonó en toda la cocina.

—Esto va a ser muy divertido.

Le tendió un delantal azul marino, de tela gruesa y con manchas que ningún lavado había conseguido eliminar del todo.

—Muy gracioso, ¿y ahora qué? —insinuó.

—Ahora tú eres yo.

—Vale, soy Enzo el pizzero.

—Y yo Catalina la empresaria. Todo medido, calculado. Todo según el plan.

—Yo no soy así.

—¿Ah, no?

—Bueno, no “tan” así. —Admitió un poco ante la realidad evidente—. Además, no soy empresaria, soy ejecutiva.

—Y yo soy chef —replicó tajante.

Esa respuesta le picó. ¿Por qué no divertirse un poco y de paso cenar gratis? La nueva chef en prácticas se remangó la blusa y miró el bol como si fuera un enemigo a batir.

—Ok, voy. —Se pasó la mano por el pelo en un gesto dramático. —Soy chef y el destino me guía; no necesito recetas porque el universo me susurra los ingredientes al oído. Estamos haciéndolo muy bien, chicos.

La imitación exagerada le sacó una sonrisa genuina a Enzo.

—¡Yo no hablo así!

—Shhh… —Shhh… —Levantando un dedo—, no me desconcentres, ¿no ves que estoy cocinando? —Hundió las manos en la masa y la sacó del bol de un tirón. Un trozo se quedó pegado a sus dedos y otro cayó al suelo. La dejó caer sobre la encimera con un golpe.

—Bien, bien, esto fluye, qué maravilla.

De maravilla poco, menudo desastre.

—Tienes que enharinar primero la superficie.

—Ya lo sé —interrumpiéndole de forma irónica—. Lo sé todo. —Volcó el bote de harina sobre la encimera. Una nube blanca explotó en el aire—. Así se hace, ¿no? Sin medir, sintiendo.

Ambos tosieron debido a la polvareda que se formó .

—¿Quizás un poco menos de sentimiento? —agitó las manos Enzo para despejar el ambiente.

—No, no. Esto es arte. —Empezó a amasar con bastante descontrol, aplastando la masa contra la madera—. No se puede contener el arte.

Añadió más harina y un chorro de agua que terminó convirtiendo aquello en una pasta pegajosa que se adhería a todo.

—Esto no tiene buena pinta. —dijo observando el destrozo ante sus ojos.

—Parece cemento.

Intentó despegar la masa de sus dedos, pero Catalina solo consiguió esparcirla más. Enzo se colocó a su lado. Le quitó los restos de masa de las manos y los reunió sobre la encimera. Con movimientos precisos, añadió harina, plegó, giró. La masa empezó a transformarse de nuevo en algo decente.

—¿Ves? —Sus manos trabajaban con ritmo—. No se trata de fuerza, sino de paciencia.

—Paciencia, mi especialidad.

—Ya lo veo.

Enzo formó con sus manos una bola perfecta que colocó sobre la encimera para aplastarla suavemente con la palma de su mano.

—Ahora tú, inténtalo.

Colocó las manos sobre la masa y presionó. El resultado fue un disco deforme con un cráter en el centro.

—Parece un meteorito.

—Bueno, está mejor que antes. Prueba más suave. —Enzo se colocó detrás de ella—. ¿Puedo?

Catalina asintió. Las manos del chef se posaron sobre las suyas. Aun con el agua y la harina, estaban calientes y se sentían muy suaves. Sus dedos se entrelazaron suavemente para poder guiar mejor el movimiento.

—Así. —La voz de Enzo sonó más cerca, casi un murmullo junto a su oído—. Desde el centro hacia fuera. No hay prisa .

Sintió el calor en su espalda. El roce de su mandíbula cerca de su mejilla.

Le recordó a la escena de Ghost y el torno de cerámica, solo que ella no era Demi Moore y Enzo se parecía poco y nada a Patrick Swayze.

La masa se extendía bajo sus palmas. Sus manos giraban juntas mientras terminaban de formar el círculo.

—¿Ves? —El aliento de Enzo le rozó el cuello—. Ahora ya está lista.

¿Quién, la masa o yo?