8 #3
—No he venido a eso. Tengo que reformar un restaurante, por si se te ha olvidado.
—No se me ha olvidado, pero en serio, ¿no desconectas?
—Es que me aburro mirando arriba sin que pase nada.
—Paciencia, ahora veremos alguna. Además, se aprende mucho observando.
—¿El qué? Si está todo oscuro.
—No decía justo ahora. Me refería, en general, a las cosas, a la gente.
Por ejemplo… Pietro siempre es impuntual, menos cuando me quiere pedir algo, que llega diez minutos antes y me pregunta superamable cómo me ha ido el día.
Si Rafael no habla, es porque han perdido en la liguilla de fútbol.
O don Ciccio, si no pide postre, es porque tiene bingo y se reserva para luego.
—¿Y yo? —preguntó curiosa.
Antes de contestar, Enzo se aclaró un poco la garganta mientras buscaba las palabras con las que responder sin perder la formalidad.
—Cuando te pones nerviosa, te retuerces el dedo de la mano. Te quedas en silencio cuando le das vueltas a alguna de esas ideas tuyas. Y si estás contenta, tarareas.
Atinó en todo. No podía rebatir ninguna de las cosas que le había atribuido, sobre todo porque tampoco había dicho nada malo. Pasó fugazmente la primera estrella.
—¡Mira, ahí va una! —dijo Catalina.
—Eso es un helicóptero.
—No, mira, todavía sigue.
—¿Cómo va a durar diez segundos?
—Para mí cuenta.
—¿Y qué deseo has pedido? —preguntó Enzo.
—No he pedido ninguno .
—Tienes que pedir uno cuando las ves. Yo siempre pido el mismo y engloba muchas cosas. Es un deseo como tú, eficiente.
—¿Y cuál es?
—Ah, no. No se puede decir. Si no, no se cumple.
—¿Y se te ha cumplido ya?
—Todavía no.
—Entonces deberías cambiar de estrategia.
Enzo giró la cabeza.
—¿Qué me recomiendas?
—Imagino que llevas unos cuantos años pidiendo el mismo deseo. Y todavía no se te ha cumplido. Igual si lo dices, se te cumple.
—Todo eso te lo acabas de inventar. ¿De dónde lo has sacado?
—De ninguna parte. Es solo una teoría.
—O sea que la analista también tiene teorías sin datos.
—Todo el mundo tiene teorías sin datos. Eso se llama intuición.
—Pensaba que no creías en esas cosas.
Ambos giraron de nuevo la cabeza hacia el cielo.
—¿Crees que hay vida inteligente ahí arriba? —preguntó ella.
—Dudo que la haya aquí abajo, así que por ahí arriba no sé cómo andará la cosa.
Se rieron.
—Me doy por aludida.
—No, tú te salvas —continuó bromeando—. Seguro que eres una extraterrestre y aún no me lo has dicho.
—Si te lo digo, tendría que eliminarte con mi rayo láser.
—¿Y cómo es tu planeta?
—Supereficiente. Allí todo sale a la primera. No hay Plan B ni Plan C.
Una estrella fugaz cruzó el cielo de norte a sur, limpia, larga, dejando un rastro blanco que duró casi tres segundos. Varios de los que estaban en la azotea soltaron un murmullo al unísono.
—Esa la hemos visto todos —dijo Catalina.
—Ha cruzado por Perseo.
Enzo señaló con el dedo hacia arriba .
—Esas estrellas de ahí. Las Perseidas se llaman así porque parecen salir de esa constelación.
Desplazó el dedo hacia la izquierda.
—Y esa otra es la Osa Mayor, que forma como un carro.
—Es la que nos enseñan a todos de niños.
—Sí. Pues si sigues hasta el borde del carro, llegas a la Polar.
Trazó una línea imaginaria.
—¿Qué signo eres? —interrumpió, curiosa.
Enzo soltó una carcajada.
—No me digas que eres de esas que creen en eso.
—Nooo, qué va.
—Simple curiosidad, porque veo que aparte de cocinero eres astrónomo.
Jamás admitiría que todas sus relaciones en el instituto se habían basado en los horóscopos de la «Super Pop». Acuario no es compatible con Virgo, decía la revista. Escorpio es tóxico, cosa que ella negaba vehementemente, pues se consideraba una muy equilibrada.
—Pues soy Libra, contestando a tu pregunta.
—Yo, Escorpio.
—¿Pero no venías de otro planeta?
—Allí también tenemos horóscopos.
—¿Entonces, somos compatibles?
¿Quieres decir a nivel profesional o a nivel personal?
La pregunta le pilló totalmente por sorpresa.
—Depende de un montón de factores. Habría que ver lo que busca cada uno.
—¿Tú qué buscas?
—Pues lo de siempre. Que tenga un buen trabajo, estabilidad económica, que sea ambicioso, divertido… guapo.
Llevaba años repitiendo los mismos requisitos cuando le preguntaban por su «hombre ideal».
Los tenía tan interiorizados que podía decirlos dormida.
Durante un segundo, la imagen de Luis —el candidato perfecto sobre el papel— se le cruzó por la mente.
Pero, por alguna razón, ya no encajaba con la misma nitidez y empezaba a desdibujarse.
—¿Y tú?
Le pasó el turno a Enzo.
—Quiero a alguien con el que pueda ser yo mismo veinticuatro horas al día.
Catalina se incorporó apoyando los codos en el suelo.
—Esa respuesta es buena. Te la voy a robar, porque lo que he dicho ahora queda fatal.
—Si te sirve de consuelo, la frase tampoco es mía.
Otra estrella pasó cruzando sobre sus cabezas. Esta era aún más grande que la anterior, haciendo que muchos incluso aplaudieran.
—Si ves que en tu planeta andáis faltos de hombres, me ofrezco voluntario.
Catalina sonrió.
—Lo tendré en cuenta.