8 #2
—Nosotros teníamos una columna que era horrible cuando rodamos Il Profumo —continuó don Ciccio—. Quedaba fatal en cámara. El director quería tirarla abajo, pero no se podía porque se nos caía todo el decorado. Así que pusimos una estructura delante y la decoramos. Nadie notó nada.
Esa idea no era mala. Bruno se acercó a la pared para examinarla con más ojo profesional .
—Igual si ponemos algo que tape la zona, algo que tenga sentido y que parezca del diseño, podría funcionar.
—¿Qué ponemos? —preguntó Catalina.
—No sé. Algo de decoración, que no sea muy grande. Una estantería o un mueble va a ser demasiado.
—Esto lleva aquí mil años y a saber de dónde lo sacó mi padre.
La Stella no tenía los muebles que uno compra en Ikea o en una web de muebles de diseño. De hecho, la campana no había sido fácil de encontrar para que no rompiera mucho con la decoración.
—Mirad en el anticuario de la signora Elisabetta —añadió don Ciccio.
—¿Qué anticuario?
—Si encontráis algo del tamaño adecuado, yo puedo anclarlo a la pared. Ponemos unos soportes por detrás, lo fijamos bien, y nadie va a mover eso en la vida.
—¿Y la Madonna? —preguntó Bruno.
Catalina se acercó a la hornacina. La Virgen la observaba con sus ojos desvaídos, serena, casi ajena al revuelo que había causado su aparición.
—La Madonna se queda donde está. Tapamos el hueco y que rece por nosotros y por La Stella.
A toda velocidad cruzaban Roma subidos en la vespa de Catalina. Conducía Enzo y ahí estaba ella, protagonizando su propia escena de Vacaciones en Roma o más bien, «Reforma en Roma».
El anticuario estaba ubicado en un callejón de la Vía Giulia.
Parecía un local pequeño, al menos por fuera.
Los dos escaparates a los laterales de las puertas mostraban un pequeño avance del tipo de cosas que podías encontrar dentro.
Al cruzar la puerta, la tienda se abría en un amplio mar de cosas antiguas.
Olía a madera encerada, a polvo e incienso.
Encontrabas lámparas de araña de todos los estilos y épocas, hileras de armarios, cómodas, tocadores, cuadros, espejos desgastados que te devolvían tu reflejo deformado, torres de platos y tazas.
Uno de los laterales estaba reservado a la zona de carteles antiguos, algunos de famosas marcas de refresco, sodas y vermut.
En el otro lateral, alfombras expuestas y enrolladas.
En cualquier momento, una de ellas podría cobrar vida perfectamente.
Más que un anticuario, aquello parecía la cueva de las maravillas de Aladdín.
Enzo buscó a la dueña mientras Catalina se adentraba más y más en los pasillos.
Alguna vez había ido al Rastro con sus padres en el típico plan familiar de domingo y, aunque no había comprado en ellas, siempre le habían fascinado las tiendas de antigüedades.
Pensaba en la cantidad de cosas cotidianas que acababan allí, terminando una vida y esperando a que alguien las escogiera para darles una segunda oportunidad.
Alguna vez que otra también se había preguntado dónde acabarían las suyas algún día.
Elisabetta parecía esperarles detrás de un mostrador que había sobrevivido a dos guerras mundiales.
Tenía el pelo negro recogido en un moño y llevaba unas gafas de carey que le colgaban del cuello con una cadena dorada.
Enzo le explicó lo que buscaban sin contarle, por supuesto, lo de la Madonna.
En el pasillo central, Catalina había quedado fascinada por una lámpara de bronce con forma de sirena que sostenía una pantalla de cristal esmerilado.
—Esa es del Lido de Venecia —la voz de Elisabetta llegó desde algún lugar entre los armarios—. Años veinte. La trajeron cuando renovaron el casino.
Miró a los lados, pero no vio a la dueña por ningún lado.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó al aire.
—Se la compré al electricista que la desmontó.
Apoyados en la pared, destacaban varios espejos entre los demás. Uno de ellos ovalado, con el marco dorado y partido por una grieta diagonal.
—Ese estuvo en un camerino de la Ópera —continuó Elisabetta, todavía invisible—. Se dice que Maria Callas se maquilló frente a él antes de cantar Tosca.
—¿Se dice o es verdad?
—¿Acaso importa ?
Los pasillos aparecían de la nada cada vez que giraba al final de una estantería.
En el suelo, encontró un baúl de viaje cubierto de pegatinas de hoteles que seguramente ya no existían.
Grand Hotel de París, Palace de Montecarlo, Negresco de Niza.
Los nombres sonaban más a una época de trenes de vapor y sombreros de ala ancha.
—El baúl era de una condesa polaca que huyó de Varsovia en el treinta y nueve. —Ahora sí. —Elisabetta emergió por fin de entre dos estanterías—. Se instaló en Trastevere y nunca deshizo el equipaje.
—¿Nunca?
—Cuando murió, el baúl seguía cerrado con llave. Tardamos tres días en abrirlo.
—¿Y qué había dentro?
Elisabetta dejó el bulto que llevaba sobre una mesa y se ajustó las gafas.
—Nada, estaba vacío. Solo un billete de tren de vuelta a Varsovia fechado para el uno de septiembre de 1939.
¿Podía saber las historias de todos los objetos que tenía en la tienda? Igual se lo inventaba todo para vender más y a mayor precio. Aun así, si aquello era puro marketing, Elisabetta era una maestra.
—Enzo, aquí no lo tengo. Ven al almacén, y me dices si os sirve.
Desaparecieron y ella continuó explorando la tienda.
Pasó junto a una máquina de escribir Olivetti con las teclas amarillentas, un globo terráqueo donde todavía aparecía la Unión Soviética, una colección de bastones con empuñaduras de marfil.
Al fondo, encontró tres cajas de cartón con álbumes enteros y fotos sueltas arrinconadas en cajas, con retratos sin marco de personas desconocidas.
No podía evitar mirar esos rostros y preguntarse: «¿Quiénes eran y cómo fueron sus vidas?
». Algunos seguramente seguían vivos. Entre tantas fotos se colaba alguna que otra postal.
Una de ellas se le pegó a la mano. Una postal antigua de París, amarillenta por los años.
Tenía un sello ovalado que decía «Tour Eiffel — Août 1900».
En la parte frontal, una imagen en blanco y negro de la Torre Eiffel junto al Sena.
Un pequeño barco con toldo a rayas cruzaba por la mitad del río y, detrás del monumento, salían también algunos de los pabellones de la Exposición Universal que tenía lugar ese año.
La postal tenía un texto escrito en la parte de atrás.
Recordando su oxidado francés, leyó: «Todo lo que quería lo he conseguido.
Ahora es mi día a día, mi mundo, y todo te lo debo a ti.
Pero yo no quiero este mundo si no es contigo». Camille.
¿Quién era esa tal Camille? ¿Qué había conseguido y por qué no era suficiente?
—Quédatela, para ti —dijo Elisabetta, apareciendo de la nada.
—¿Sabes quién es Camille?
—Me temo que no.
Guardó con cuidado la postal dentro de su bolso. Era la primera vez que compraba, más bien que le regalaban, algo tan antiguo. Elisabetta envolvió con cuidado el objeto que encontraron en la trastienda y se marcharon de aquella cueva de las maravillas.
La noche del once de agosto, la Piazza della Resistenza estaba completamente a oscuras y no por un corte de luz o por un aviso del ayuntamiento.
A medida que el cielo fue oscureciéndose, los vecinos acordaban, como todos los años, no encender ninguna de las luces de sus casas.
La azotea era más grande de lo que parecía desde la calle.
Una veintena de personas la ocupaban sentadas y tumbadas en diferentes lugares.
Algunos en el suelo sobre mantas viejas con las manos bajo la nuca, otros sentados con las piernas cruzadas, un par de ellos apoyados contra la pared con una cerveza en la mano.
Catalina y Enzo llevaban poco tiempo tumbados sobre una manta en la parte central de la azotea, mirando hacia arriba.
—Mañana viene el electricista para tomar nota de las nuevas tomas para la cocina —dijo Catalina.
—Ajá —contestó sin darle mucha bola.
—Y deberíamos dejarle elegidos todos los apliques para que los instale.
—¿Estás prestando atención?
Se giró y la miró .
—Estoy tumbada en una azotea mirando al cielo, ¿qué más atención quieres? Además, no pasa ninguna.
—¿Tú no paras nunca?
Catalina no contestó.
—¿Has visto algo aparte de La Stella? —continuó Enzo.