Chef´s Kiss 8
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Abrió los ojos a las seis menos cuarto con la misma energía con la que despertaba hacía cuarenta años, cuando el primer autobús a Cinecittà salía puntual y no esperaba a nadie.

Se incorporó con una agilidad sorprendente para alguien de su edad.

Setenta y ocho años y las articulaciones respondían.

El día que dejara de moverse empezaría a oxidarse de verdad.

Se vistió con un mono que conservaba manchas de pinturas de esos rodajes gloriosos de los que tanto hablaba.

Desayunó fuerte, cosa que no era habitual.

El mismo desayuno que tomaba antes de construir el Coliseo de cartón piedra y las calles de la antigua Roma de aquella película cuyo nombre no recordaba del todo.

La panadería de la esquina ya tenía las persianas levantadas.

La signora Mancini no estaba acostumbrada a verle a esas horas y así vestido.

—Don Ciccio, ¿dónde va tan temprano?

—El trabajo no espera.

—¿Trabajo? ¿A su edad?

—A mi edad es cuando más ganas tengo.

Compró una bolsa de cornetti para los muchachos y un par de focaccias para el almuerzo. En la ferretería de Maurizio, que acababa de abrir, cogió una caja de tornillos y cinta de carrocero. Maurizio ni preguntó, simplemente apuntó en la libreta.

La Piazza della Resistenza estaba tranquila a esa hora. Algunos ya habían llegado a La Stella y comenzaban la jornada. Don Ciccio empujó la puerta.

—¡Don Ciccio! —Bruno asomó la cabeza desde la cocina—. ¿Qué hace aquí tan temprano?

—Traigo el desayuno.

Dejó la bolsa de cornetti sobre una mesa cubierta de plástico. Los dos operarios que ya estaban trabajando se acercaron como moscas a la miel.

—Grazie mille.

Bruno se limpió las manos en el pantalón y cogió uno.

—No tenía que molestarse.

—No es molestia. ¿Qué toca hoy?

—Estamos lijando los marcos de las ventanas. Hay que quitar la pintura vieja antes de dar la nueva capa. Pero vaya tranquilo, no se canse mucho.

—Esto es un paseo, Bruno. Si yo le contara.

Llevaban una semana con la reforma y los dibujos abstractos de Brun o empezaban a verse en la realidad.

Don Ciccio iba a diario. Cuantas más manos ayudaran, antes terminarían y antes podría volver a sentarse en su mesa de siempre.

Entró en la cocina donde Catalina y Enzo medían una parte de la pared.

—¿Venís esta noche? —les preguntó.

En la agenda, Catalina no tenía nada anotado pasadas las ocho y era inusual que se le pasara marcar las tareas por hacer. Por si acaso, lo comprobó dos veces.

—¿Qué tenemos?

—Es la noche de las Perseidas —contestó Enzo—. Lo de la lluvia de estrellas, no te había dicho nada.

—Vente, que te va a gustar. Ya verás cómo se queda la plaza.

—Igual no quiere, don Ciccio —dijo algo tímido.

—No, me parece bien. —respondió ella. —Si a Enzo no le importa, claro.

—A Enzo le parece fantástico.

—¿Venís esta noche? —les preguntó.

En la agenda, Catalina no tenía nada anotado pasadas las ocho y era inusual que se le pasara marcar las tareas por hacer. Por si acaso, lo comprobó dos veces.

—¿Qué tenemos?

—Es la noche de las Perseidas —contestó Enzo—. Lo de la lluvia de estrellas, no te había dicho nada.

—Vente, que te va a gustar. Ya verás cómo se queda la plaza.

—Igual no quiere, don Ciccio —dijo algo tímido.

—No, me parece bien. —respondió ella. —Si a Enzo no le importa, claro.

—A Enzo le parece fantástico .

El almacén de uno de los proveedores quedaba en las afueras de Roma, en una zona industrial donde las naves se sucedían una tras otra como cajas de zapatos gigantes.

Enzo aparcó su Cinquecento frente a un portón metálico con un cartel: «Fody - Proveedores hosteleros desde 1987».

Llegaban cinco minutos antes de la hora acordada.

Una pequeña recepción era lo primero que había al entrar en la nave.

Escueta, simple y prácticamente sin decoración.

Una mujer de mediana edad tecleaba en un ordenador sin levantar la vista del mostrador.

A un lateral, un sofá de los antiguos y una mesa de plástico con una máquina de café, vasos, tazas y azucarillos. Catalina se acercó al mostrador.

—Buenos días. Tenemos cita con el señor Costa.

—¿Nombre?

—Catalina Suárez, de Marwood Global Holdings. Él es Enzo Bernardi, de La Stella.

La mujer consultó en la pantalla.

—Si quieren, pueden esperar ahí —señaló el área del sofá—. El señor Costa llegará en unos minutos.

La máquina de café funcionaba regular. Catalina introdujo, a duras penas, una de las pocas cápsulas que tenían en una caja de metal. Colocó una de las tazas y probó suerte a ver qué salía. Enzo se había sentado. Incómodo, pero no por el sofá.

—Hay una cosa que quería comentarte.

Reconoció ese tono que precede a una conversación de las de «tenemos que hablar». Los temas que uno preferiría evitar, pero que acaban saliendo de todas formas. Ella sabía perfectamente, y lo llevaba esquivando ya unos días.

—Claro, dime.

—Sé que tenéis preacuerdos, y con algunos no me importa, pero a mí me gustaría seguir con Salvatore.

La máquina de café comenzó a llenar la taza casi con cuentagotas .

—Ya tenemos cerrado el acuerdo con la distribuidora que trabaja con la empresa —intentando sonar casual—. El material ya está pagado.

—Tú conoces a Salvatore. Has estado en su casa.

—Lo sé.

—¿Qué le digo yo ahora?

—Que la empresa tiene otros proveedores.

—No lo va a entender.

—Es la verdad, Enzo, no es muy difícil de entender. La Stella no es el único restaurante que tenemos.

—No puedo dejarlo tirado.

—Nadie está dejando tirado a nadie.

Había un contrato, había dinero pagado y acuerdos cerrados antes de que ella pusiera un pie en La Stella. Pero Enzo no lo sabía. El Malatesta y el géiser eran otro tema de conversación que prefirió no poner sobre la mesa… aún.

—¿Y no se puede cambiar o anular?

—No es tan sencillo. Hay penalizaciones, y son fuertes. Además, no solo nos proveen a la Stella; tenemos otros restaurantes también. Los contratos ya están firmados y tenemos un compromiso con ellos.

—Yo también tengo un compromiso con Salvatore.

El pitido de la máquina avisaba de que el café ya estaba listo.

No le puso ni leche ni azúcar y hasta pensó en poner otra cápsula.

Igual la necesitaba. Ella tenía que defender los intereses de la empresa, pero había tenido la suerte de conocer a Salvatore.

Hay personas a las que no necesitas más que unos momentos para saber que son de los buenos.

—Hablaré con Marta —dijo mirándole—. Ella conoce los contratos mucho mejor que yo. Igual encuentra alguna opción con la que podamos hacer algo. Pero, sinceramente, no creo que la haya. No te prometo nada.

No era la respuesta que quería, pero era más que un «no» rotundo. Una puerta se abrió al fondo del pasillo. Un hombre de unos cincuenta años apareció en recepción. Traje gris y corbata azul marino. El pelo engominado hacia atrás dejaba ver una frente amplia.

—Soy Costa.

No tendió la mano ni le importó mucho saber sobre el restaurante. Se limitó a cerrar fechas y calendarios de pagos. Ninguno de los dos habló mucho durante el trayecto de vuelta a La Stella.

Tenían que mover uno de los muebles más antiguos del restaurante, un aparador tipo boticario. Llevaba en el salón desde el primer día que abrieron. No era ligero ni fácil de mover. Don Ciccio, Enzo, Bruno y Catalina agarraron el mueble por cada uno de los bordes.

—Una, dos y tres —indicó Bruno.

El esfuerzo fue común, pero algo descompensado. El aparador se movió más bien poco.

—Igual hay que levantar más de esa esquina y arrastrar de la otra —señaló Enzo.

Un nuevo intento, ahora algo más coordinado. De hecho, arrastraron con demasiada fuerza y, con un golpe seco, el mueble chocó contra la pared. El aparador cedió con un crujido y la madera atravesó el yeso como si fuera papel mojado, abriendo un boquete oscuro en la pared.

—¡Santa Madonna!…

Enzo encendió la linterna de su móvil e iluminó el agujero.

Ella también alumbró con el suyo. En el interior del hueco había una pequeña hornacina, una figura de la Virgen tallada en madera.

La pintura azul del manto se había descascarillado en algunas zonas y las manos de la Virgen posaban unidas en oración.

Ahí, frente a ellos, tenían a la Virgen haciendo su aparición estelar.

Don Ciccio se santiguó dos veces seguidas y Bruno le acompañó.

—¿Qué pasa? —asomó Catalina por encima del hombro de Enzo.

—Esto tiene… ¿Cuántos años? —dudó Bruno mientras se quitaba el casco.

—Muchos —aclaró don Ciccio.

—Creo que se puede ampliar el hueco —sugirió Enzo.

—Yo no tocaría nada —advirtió Bruno .

Mientras ellos eran Howard Carter descubriendo la tumba de Tutankamón, Catalina solo pudo pensar en el géiser.

No salía agua, los muebles no flotaban por La Stella ni la gente corría por todos lados, pero lo de romper muros y encontrar cosas estaba empezando a ser ya una pesadilla.

Otro proyecto que se hundía antes de empezar.

—Hay que llamar a Patrimonio —exclamó Bruno.

—Aquí nadie llama a nadie —dijo tajante.

—Pero es el protocolo.

—Conozco muy bien el protocolo.

—Si Patrimonio se entera de que no hemos llamado, se me cae el pelo —insistió Bruno.

—¿Y cómo se van a enterar si no decimos nada? Porque aquí no ha pasado nada.

De Tutankamón pasaron a una de las series de true crime de esas que Marta adoraba.

—Igual esto es importante —añadió Enzo.

—Claro que es importante. Porque si vienen nos paran todo y nos cierran el restaurante.

Don Ciccio se acercó a la hornacina y observó la figura con más detalle. Igual habían encontrado un Da Vinci, un Michelangelo o una simple estatua barata comprada en un mercadillo.

—La ragazza tiene razón.

Lo que todos tenían claro era que llevaban ya once días de reformas. Habían trazado la nueva distribución, levantado los tabiques y reubicado la mayoría de las instalaciones. Modificar cualquier cosa significaba empezar de cero. Retrasos y llamadas a Álvaro de las que no gustan.