7
El vuelo pudo haber sido tranquilo, pero en esas dos horas y media Catalina llegó a una conclusión: no había que decir nada de Luis porque entre Enzo y ella no había pasado absolutamente nada.
El taxi la dejó en la esquina de la Piazza della Resistenza con ese zumbido en los oídos que dejan los aviones y las indecisiones.
La Stella estaba cerrada al público, con el toldo recogido y un «Chiuso per lavori» escrito en la pizarra del menú.
Los albañiles entraban y salían del restaurante cargando tablones y sacos.
Frente a la puerta, montaron una mesa improvisada donde cortaban listones de aluminio.
A través del cristal se veían las mesas apiladas contra la pared y el suelo cubierto de plásticos.
¿Se me nota algo? No, claro que no. ¿Cómo se me va a notar? Qué tontería…
—¡Ciao, Catalina! —gritó Enzo desde dentro.
—Capisci. —Devolvió el saludo con las manos.
Vale, acabo de soltar «capisci», que no significa ni hola. Igual sí se me nota, porque esas cosas se notan. ¿Desde cuándo no me acostaba con alguien? ¿Desde… desde…? Genial, ni me acuerdo.
En la barra, Enzo repasaba algunas notas sobre plano con el jefe de obra, un hombre corpulento con bigote muy parecido a Mario Bros que no paraba de señalar sobre el papel.
—… aquí metemos la campana extractora. La que tienes ahora hay que cambiarla entera —señaló el jefe de obra.
—¿Y los fogones? —preguntó Enzo .
—Los levantamos primero. Es más fácil trabajar con el suelo limpio y luego instalar todo de una vez.
—Hola. —Se acercó a la barra—. ¿Cómo vais?
—Estamos planificando. Mira, este es Bruno, el jefe de obras.
—Piacere. —Saludó con un movimiento de cabeza.
—Igualmente.
Los planos mostraban la nueva distribución de la cocina: fogones, encimeras, cámaras frigoríficas.
Más que un plano, parecía un dibujo a lápiz de la sobrina de Marta.
Había que echarle bastante imaginación para adivinar que eso era una cocina.
Todo estaba marcado con garabatos, líneas rojas y anotaciones a lápiz.
Igual tendrían que contratar al niño también para pasar los planos a limpio.
—¿Esto… es lo que va a quedar?
—Sí, más o menos —aclaró Enzo—. Bruno dice que si quitamos este muro de aquí, ganamos casi dos metros. Me parece buena idea.
—Pero hay que ver si aguanta la estructura —añadió Bruno—. Mañana viene el arquitecto a mirarlo.
Asintió, intentando imaginarse sin éxito el resultado en los planos.
—Por cierto. —Abrió el bolso—. Traigo los precontratos.
Los había redactado Marta y ella los ojeó por encima en el avión entre alguna que otra turbulencia.
—Son casi lo mismo que los finales, pero como van a tardar un poco y hay que empezar, esto cubre las cláusulas generales.
No había muchas páginas. Enzo las pasó sin leerlas realmente, más por el gesto que por otra cosa. Solo tenía que firmar, pero le costaba aceptarlo. Sentía que era el primero que se rendía.
—Entonces, una vez que firme esto… —dijo, quitándole peso al momento—. ¿Qué pasa? ¿Me sale cola?
Catalina acompañó con una risa cómplice.
—Estás haciendo lo correcto para todo el mundo, y eso es valiente.
—Suena mejor cuando lo dices tú.
Bruno carraspeó, incómodo de romper la conversación .
—Oye, voy a ir echando un vistazo a los fogones. Cuanto antes los levantemos, mejor.
—Sí, sí. Ve.
Bruno desapareció hacia la cocina, dejándolos solos. El bolígrafo dejó de dar vueltas. Enzo abrió el contrato por la última página y firmó.
—En realidad —cruzándose de brazos—, lo que estás firmando es un contrato conmigo.
—¿Y eso?
—Acabas de firmar que vas a tener que cocinar para mí. Vaya donde vaya, durante toda la vida. Desayuno incluido.
—¿Toda la vida?
Ups. Quería romper el hielo y hacerle sentir mejor, pero salió más una proposición indecente de las de quédate conmigo hasta el fin de nuestros días.
—¿Me estás proponiendo algo, Catalina?
—No, no —rectificó disimuladamente—. Me refiero a… como esclavo. Un esclavo de cocina.
—¿Explotación laboral?
—Sí. Eso. Bueno, nada, olvídalo. Es una broma bastante mala.
—No, no. Me gusta. Esclavo de cocina —dijo con una mirada que confundía—. Podría acostumbrarme.
¿Bromea o me sigue el juego? ¿Lo dirá en serio?
Antes de que pudiera responder o huir, que era lo que realmente quería hacer, Bruno volvió a salvarla.
—Enzo, ven un momento. Quiero enseñarte por dónde vamos a empezar.
Gracias a Dios.
—Voy.
Le entregó el contrato firmado que guardó en el bolso.
—Vamos, así ves lo que vamos a hacer.
Asintió, aliviada por el cambio de tema .
La cocina parecía un campo de batalla. Baldosas levantadas, cables colgando del techo, todo a medio desmontar. Bruno señalaba cada rincón mientras explicaba los cambios que iban a hacer.
—Aquí va la nueva campana. Tiramos este tabique, ampliamos la zona de preparación y movemos los fogones a la pared del fondo.
—¿Y cuánto tiempo llevará todo esto? —preguntó Catalina.
Bruno se rascó la barbilla.
—Depende de muchas cosas. Si encontramos más tuberías viejas, si el arquitecto nos deja tirar el muro…
—Pero más o menos. ¿Una semana? ¿Dos?
—Yo te diría unas tres semanas para la cocina. Luego el salón, otra semana y media. Puede ser menos si todo va bien.
—¿Y si se complica?
—Pues tardaremos más.
Esa información imprecisa no le ayudaba nada.
—Bueno, pásame los costes del presupuesto cuando puedas.
Bruno desplegó una hoja arrugada sobre la encimera. Números garabateados, algunos tachados, otros con interrogaciones al lado. Lo que viene siendo una lista de la compra.
—Materiales, yo creo que serán unos ocho mil. Mano de obra: depende de las horas. Los fogones nuevos nos los dirá cuando los traiga, según el modelo que veamos que va mejor.
Alguien llamó desde el salón del restaurante.
—Bruno, las placas de las ventanas.
Se alejó silbando una canción. Enzo comenzó a mover a un lado todos los utensilios de cocina. Buscó bien las palabras correctas, las que no sonaran a ejecutiva borde aterrizando en Roma para explicar cómo se hacen las cosas de verdad.
—Mi jefe va a querer números, fechas, un presupuesto desglosado, facturas, albaranes. Sé que os suena a burocracia, pero hace que las empresas funcionen.
—Bruno ha reformado la mitad de los locales de esta ciudad .
—Y me parece genial. Se ve que es muy bueno. El problema es que «depende» gusta bastante poco, y es una palabra que se puede ir de las manos.
—Aquí Bruno dice que costará tanto, y cuesta tanto. Si cuesta más, nos lo dice y lo arreglamos.
—Lo sé.
—¿Entonces qué problema hay?
—Pues que ni Álvaro ni nadie en la empresa conocen a Bruno.
Nosotros también repetimos con mucha gente, pero no trabajamos así.
No te pido que cambiéis cómo hacéis las cosas aquí.
Pero necesitamos un término medio, algo que yo pueda presentar como un plan organizado, aunque por detrás sigáis haciendo un poco las cosas a vuestra manera.
No pedía nada raro y él lo comprendía.
—¿Qué necesitas?
—Que Bruno nos dé un presupuesto más detallado.
Materiales, tanto. Mano de obra, tanto. Y que, por favor, nos diga fechas aproximadas.
Hay que intentar cumplirlas aunque luego se muevan un día arriba o abajo.
Pero tengo que enseñar algo serio. —Cambió a un tono más ligero—: Dile que los números no muerden, pero que yo sí.
Enzo soltó una carcajada.
—Hablaré con Bruno. Le pediré que ponga todo más cerrado, con fechas y precios.
—Gracias, Enzo. —Agarró un par de cacerolas para ayudarle.
El ruido de un taladro llegó desde algún lugar de La Stella. Alguien cantaba ahora a pleno pulmón una canción que sonaba por el viejo radiocasete. Don Ciccio hizo su aparición.
—¿Cuánto tiempo voy a tener que hacerme de comer en casa?
—De eso estamos hablando, don Ciccio —respondió Catalina.
—A mi edad quiero hacer muchas cosas, pero aprender a cocinar no es una de ellas. ¿Qué tal tu aventura por Madrid?
Las cacerolas que llevaba fueron directamente al suelo, armando aún más ruido que el taladro, que ya era. La manera perfecta de que no se notara nada raro mientras el corazón le latía a ciento cincuenta pulsaciones por segundo, no por minuto.
—Bueno, aventura tampoco diría yo. No fue para tanto; bueno, es que no fue nada. Poniéndome al día con un amigo… digo, con una amiga.
Las palabras iban acompañadas de torpeza nerviosa y del ruido incómodo que hacían las cacerolas mientras las recogía del suelo.
—Con mi amiga Marta, fuimos a uno de los nuevos restaurantes que hemos abierto y allí nos encontramos con un compañero de la oficina.
—¿Y estaba bueno? —preguntó don Ciccio.
Tierra, trágame.
—El chico feo no es —contestó, quitándole importancia e interés.
—Me refería al sitio.
Parecía que le habían pillado robando. ¿Cómo lo hará esa gente que tiene dos familias en secreto y no se les nota?
—La comida era espectacular. Todo lo demás —dijo mirando a Enzo y enfatizando las palabras— bastante normal y poco interesante. —Cambió radicalmente de tema—. ¿Miramos lo del salón?