6 #2
Salieron del restaurante todos juntos y en nada estaban subidas en dos taxis rumbo a Kaos. Las dos tarareaban las canciones que sonaban en la radio mientras se pasaban el móvil como si de un micrófono se tratara.
La cola que encontraron al llegar quitaba las ganas de entrar.
Luis fue directo al portero, al que saludó con un fuerte abrazo y, acto seguido, entraron sin esperar cola ninguna.
Esa sensación VIP y las copas que ya traían le hicieron sentirse especial, merecedora de todo eso y más. Y esa noche parecía que iba a tenerlo.
El nombre Kaos reflejaba literalmente el interior de la discoteca.
Bajaron unas escaleras que desembocaron en la discoteca.
Las luces estroboscópicas iluminaban la pista, la gente bailaba por todos lados y el ambiente era top.
Nada más cruzar la puerta, una chica espectacular los acompañó a un reservado en la parte alta, donde ya los esperaban botellas, cubiteras con hielo y copas alineadas.
Luis comenzó a servir a todos, y mientras llenaba la copa de Catalina, le dedicó una de sus sonrisas arrebatadoras.
—Creo que no es lo único que te quiere rellenar… —le soltó Marta al oído.
Menos mal que con las luces que había no se notaba lo roja que se puso Catalina.
Decidieron salir del reservado y dar una «putivuelta».
Recorrieron la sala con las copas en la mano, y saludaron a algún que otro conocido que andaba por allí.
Y por supuesto, bailaron un rato mientras seguían bebiendo y celebrando.
Incluso Marta le pidió recrear la escena de Baby en “A tres metros sobre el cielo”.
Volvieron al reservado y se dejó caer como una reina en el sofá caro de terciopelo rojo.
Todo el estrés y el agobio de los días anteriores habían desaparecido.
Luis no le quitaba los ojos de encima, sentado enfrente con una copa en mano y hablando con un compañero al que seguramente no estaba escuchando.
Cada vez que miraba en su dirección, ahí estaba él, observándola.
No sabía si el calor que sentía era por él, por el ambiente o por el tercer gin-tonic que llevaba.
¿O era el cuarto? Luis no desaprovechó el momento en el que quedó un hueco libre a su lado para lanzarse a por su presa.
—Enhorabuena por tu ascenso. Te lo mereces, de verdad.
—Gracias —respondió, sin saber si lo decía en serio o por compromiso.
—Esto de que vayamos a trabajar juntos… tiene su punto, ¿no crees?
—¿A qué te refieres exactamente? —le miró de reojo.
—Pues que tendremos más tiempo para conocernos mejor.
Después de soltar esa frase, la temperatura subió unos cuantos grados más.
—Señorita, ¿cómo es que no te había visto yo bien? —dijo rozándole con un dedo el hombro.
—Sería que estabas muy ocupado con los séniors, para fijarte en nosotros los mortales.
—Muy mal por mi parte… muy, pero que muy mal. —Se acercó a su oído—. ¿Qué puedo hacer para que me perdones?
A esas horas, la creatividad de Catalina escaseaba. El alcohol no ayudaba, así que antes de contestar se lanzó a terminarse de un trago la bebida que tenía en su mano.
A la mañana siguiente, abrió los ojos en una cama distinta.
Tan distinta que no era la suya. Ni la camiseta que llevaba tampoco.
La luz entraba a raudales por una ventana sin cortinas.
Le dolía la cabeza, le dolía todo. A su lado, Luis dormía plácidamente.
Se levantó con cuidado de no despertarlo.
Dio un par de bandazos al ponerse en pie, confirmando el descomunal dolor de cabeza con el que había despertado.
Se dirigió hacia el baño esquivando parte de su ropa y la de Luis.
Sentada en la taza y en mitad de un silencioso pis, trató de recordar la noche.
Todo eran flashes. Recordaba el reservado, a Marta levantando los pulgares en señal de victoria y el momento en el que Luis le había metido la lengua.
A partir de ahí, solo tenía un mejunje de imágenes: ellos dos en el taxi enrollándose, riéndose en el portal de Luis, liándose en el ascensor mientras se lamentaba de no haberse depilado mejor las piernas y confirmando lo que se decía en la oficina de que Luis no solo estaba bien dotado para las ventas.
Mientras se recomponía en el espejo del baño, tuvo su momento Carrie Bradshaw cuando escribía frente a su ordenador: ¿Se lo había pasado bien? Más o menos. ¿Repetiría? Noup. ¿Luis sabía dónde estaba el clítoris? Definitivamente no.
Era hora de irse. Al salir del baño, encontró su vestido en una esquina de la habitación.
Las bragas a los pies de la cama junto con uno de sus zapatos.
Solo faltaba el bolso y un zapato más y Cenicienta estaría lista para irse a su casa.
De camino a por el otro zapato cerca de la ventana, su pie chocó contra la pata de la cama, aullando de dolor en silencio mientras saltaba a la pata coja.
Luis aprovechó el ruido para unirse al mundo de los vivos y verla hacer una especie de danza de la lluvia.
—¿Todo bien? —preguntó frotándose los ojos.
—Sí… estaba… estaba estirando y entrando en calor el cuerpo. ¿Tú no lo haces cada mañana? —dijo estirando los brazos como si estuviera en una clase de Patry Jordan.
—A mí se me ocurren otras formas de entrar en calor —respondió poniendo su cara más arrebatadora, sabiendo que, así como estaba en la cama, con el pelo revuelto, parecía un dios entre sábanas blancas.
—Ya…
Terminó de ponerse el zapato que le quedaba y recorrió la habitación buscando su bolso que andaba colgado en la puerta.
—Me tengo que ir, ya sabes, tengo el vuelo de regreso, mucho trabajo… Sí…
—Okey —dijo volviéndose a tumbar en la cama.
Nunca había sido tan fácil para Luis echar a una tía de casa. Catalina lo sabía, pero le importaba bien poco .
Un par de horas más tarde volvía de nuevo al aeropuerto. Marta no necesitaba GPS porque ella se sabía ya el camino de memoria.
—Tan mal no ha podido ir. Al menos dime si es verdad lo que dicen en la oficina; si no, te dejo en el arcén y que te lleve otro buen samaritano que le pille de camino.
—Si no te importa, esta noche no ha pasado, no quiero recordar nada… me siento fatal.
—Mira que te digo siempre, entre copa y copa, vaso de agua. —Marta la miró—. ¿No irás a vomitar? Que acabo de lavar el coche, tía.
—No, no es eso. Es que me siento un poco mal por… Enzo —dijo sabiendo que le vendría reprimenda.
—¿Lo dices en serio?
—No sé, siento como que le he traicionado un poco… me siento rara.
Marta apartó de golpe la vista de la carretera y le clavó la mirada.
—Vamos a ver, que nos entendamos. ¿Enzo es tu novio?
—No.
—¿Os habéis dado un beso?
—No, por favor, mira la carretera.
—Vale. ¿Mensajes con corazoncitos, sexting?
—¡Qué va! Sí tiene un Nokia de los 90 que casi no usa.
—Pues tienes que ser práctica. Tú no te vas a ir a vivir a Roma, ni él a Madrid. Como mucho, un rollito de verano en vez de primavera. Luego, en septiembre, cierras el grifo del amor y para casa.
—¿Y eso cómo se hace?
—Si no sabes, aprendes. Estás soltera, ayer saliste, te enrollaste con un tío y punto.
No le des tantas vueltas. Ni tienes que sentirte mal, ni tienes que darle explicaciones a nadie.
Vale que Enzo te ha demostrado una pizquita de atención, pero, nena, que un par de miraditas no te tienen que turbar tanto como para sentirte mal.
En serio, amiga, relájate un poco y que te quiten lo bailado. Además, Luis no va a decir nada.
—¿Decir qué ?
—Que habéis estado juntos.
—¿Para qué va a decir algo?
—Que digo que no va a decir nada, que en teoría no os podéis liar.
Debía de ser la resaca, porque pensaba que le hablaban en chino.
—A ver, la empresa no quiere que haya relaciones entre ejecutivos. —Son superestrictos con eso —le explicó Marta.
—¿Perdón? ¿Y me lo dices ahora? —soltó incrédula—. ¿Y en qué momento pensabas decírmelo?
—Te lo estoy diciendo ahora. La de recursos humanos se acostó con el becario que acaba de contratar, ¿te acuerdas? Nosotros les damos igual, o sea, en teoría no podemos hacerlo, pero no lo miran tanto.
—Marta, ¿y qué soy yo ahora?
—Pues eres, sí, una ejecutiva.
—¿O sea que me pueden despedir?
—Pero que todo el mundo lo hace —contestó quitándole importancia—. Son políticas estándar para que esto no se convierta en La isla de las tentaciones versión business.
Aparcaron en doble fila en la terminal de salidas. Catalina sacó la maleta del maletero y se acercó para despedirse desde la ventanilla.
—Gracias por traerme y cuando vuelva —hizo una mueca—, tú y yo vamos a tener que hablar seriamente.
—Yo también te quiero. Que tengas buen viaje.