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El avión aterrizó en Madrid a las once de la mañana. Catalina no había dormido en todo el vuelo. Tampoco había podido hacerlo en el hotel la noche anterior. Llevaba cuarenta y ocho horas funcionando a base de café, adrenalina y el miedo visceral a quedarse sin trabajo.
Cogió un taxi directo a la oficina. La esperaban en la planta once. Marta la interceptó en el pasillo.
—¿Cómo estás? Tienes cara de funeral.
—Fatal.
—Aún sigues viva y lo vas a bordar. Además, vete preparando para invitar esta noche porque los del géiser nos devuelven el dinero que se adelantó.
Eran buenísimas noticias. No había tenido tanta suerte con los proveedores, pero esto ayudaba bastante y era justo lo que necesitaba.
—Marta, ¿te he dicho alguna vez que te quiero hasta el infinito?
—Y más allá. Venga, concéntrate, Toy Story, que te toca deslumbrar.
Catalina no estaba tan segura. La sala Neptuno era una de las salas de reuniones grandes, con una mesa ovalada de madera clara y sillas ergonómicas que costaban más que el sofá de su salón.
Al entrar, ya estaban sentados Álvaro, Paloma y dos personas más del departamento de desarrollo a las que conocía de vista, pero con las que nunca había trabajado directamente.
Álvaro levantó la cabeza de su móvil .
—Cuéntanos, Catalina, ¿qué nos traes?
Conectó el proyector a su portátil. La primera diapositiva era una foto de La Stella tomada desde la plaza, con el toldo a rayas y las mesas en la terraza.
—La Stella. Restaurante familiar en el Trastevere, lleva más de sesenta años funcionando.
El dueño actual es Enzo Bernardi. Tercera generación.
Antes lo llevaba su padre. Tiene problemas financieros, seguramente por mala gestión y previsión, pero el sitio es increíble.
Cocina tradicional, clientela fija y mucha personalidad.
—¿Cuánto de serios son los problemas que tienen? —preguntó Andrés, uno de los tipos de desarrollo.
—No va a firmar cualquier cosa. Si entramos con un modelo habitual, creo que lo perdemos. Hay que ir con más mano izquierda.
—¿A qué te refieres? —quiso saber Paloma.
—Que no podemos convertir La Stella en un restaurante estándar. Nada de rediseño corporativo, nada de menús internacionales, y no creo que podamos cambiar el nombre, aunque a mí personalmente me gusta bastante. La Stella está precisamente en lo que es. Si lo cambiamos, lo destruimos.
Pasó varias diapositivas más. Fotos del interior, de los pasillos, de la comida, de la plaza. Una mezcla de fotos sacadas de su móvil y de reseñas antiguas e internet.
—La plaza se llama Piazza della Resistenza y tiene una historia bastante fuerte…
—Muy bonito —dijo Paloma—, pero eso a la gente le da igual y no paga las facturas.
—Ahora pasan por un mal momento, pero allí ha comido medio Hollywood. La pared está llena de fotos de ellos comiendo allí.
—Lo vintage funciona, pero no sé si es un buen reclamo —añadió Álvaro.
—Comerse una pasta donde se sentó Audrey Hepburn —apuntó Catalina.
—La gente no sabe ni quién es —dejó claro Andrés.
En cierta medida, tenía razón .
—Es otro tipo de experiencia que damos a los clientes. Queríais probar cosas nuevas. Autenticidad y experiencias reales.
Álvaro y Paloma intercambiaron miradas.
—Hemos estado hablando de eso precisamente —añadió Paloma—. Tenemos tres proyectos que van en esa dirección. Inversiones más pequeñas, pero también menos riesgo. Ahora lo llaman Slow Living.
—Pues La Stella encaja perfectamente con eso. Necesita una inversión moderada para actualizar la cocina y mejorar algunas instalaciones. El concepto ya lo tiene, solo hay que potenciarlo.
—¿Qué tal el dueño? ¿Qué garantías tenemos de que no se eche atrás? —preguntó Álvaro.
—Firmará si respetamos lo que ya tienen. Si ve que queremos convertirlo en otra cosa, nos mandará a paseo.
Catalina terminó la presentación. Había sido muy directa a la hora de dejar claras las condiciones. Ahora solo tenía que decidir.
—Sé que es un enfoque diferente. No es lo del Malatesta.
Al decir el nombre, pensó que era el momento de pedir disculpas por el desastre del géiser. Pero si nadie preguntaba, mejor que mejor.
—Danos un minuto —pidió Álvaro—. Espera fuera.
El interior de la sala Neptuno se veía a través de las enormes cristaleras de los pasillos. Marta apareció.
—Parece que estás a punto de desmayarte.
—Me falta poco.
—¿Qué tal ha ido?
—No lo sé. Les he contado todo. Igual, demasiado —dijo mirando cómo discutían en el interior—. Están viendo si me despiden o nos ponemos a hacer espaguetis como locos.
Marta se giró también hacia la cristalera.
—¿Puedes leer los labios? —insinuó Catalina—. Paloma parece enfadada. ¿Qué dice?
—Puedo intentarlo —dijo sacando las gafas del bolsillo de la chaqueta.
—Vale. Álvaro acaba de decir «riesgo» .
—¿Riesgo de qué? ¿Riesgo legal? ¿Riesgo operativo?
—Ha podido decir «problema».
—O «prescindible».
—Un poco de optimismo. Ahora están diciendo… «Catalina gestiona al cliente» o «Catalina está caliente». Creo que, por el contexto, es cliente, pero sería divertido que fuera caliente…
Lo de los labios no daba buenos resultados, pero hizo que se relajara al menos un poquito.
—Eres bienvenida en mi casa si te despiden, pero tendrás que dormir en el sofá.
Álvaro se dirigió hacia la puerta.
—Pasa.
Llegaba el momento de conocer si la concursante abandonaba o no la casa de Gran Hermano.
—Suerte —le deseó Marta.
Volvió a entrar en la sala y permaneció de pie, esperando el veredicto.
—Vamos a ir adelante —anunció Álvaro.
Faltaron tres segundos para asimilar la buenísima noticia.
Paloma continuó:
—Marta tendrá los precontratos listos para mañana. Necesitamos que las reformas empiecen ya. Los proveedores no van a esperarnos. Tienes luz verde.
Asintió, incapaz de articular palabra. El géiser se había llevado por delante medio restaurante, pero no su carrera.
El lugar escogido para celebrar la victoria fue uno de los nuevos restaurantes que la empresa acababa de lanzar.
Se encontraba en la planta 20 de uno de los edificios de la zona empresarial de Madrid.
Nada más salir del ascensor se encontraron rodeadas por ventanales de cristal que dejaban ver el skyline nocturno de la ciudad.
El concepto se basaba en cenar suspendidos en el aire.
La barra ocupaba el centro, circular y retroiluminada, con un botellero enorme que parecía una instalación artística.
El resto del espacio lo cubrían mesas redondas con sillones de terciopelo, también redondos, todo diseñado para que la gente se sintiera dentro de una burbuja privada.
La luz era tan tenue que apenas se distinguía la comida en el plato, obligando a centrar la atención en el ambiente sofisticado, misterioso y exclusivo.
El público encajaba a la perfección en ese decorado.
Ejecutivos de éxito acompañados de modelos que agradecían el tamaño diminuto de los platos, influencers tomándose fotos con la ciudad de fondo y turistas con la billetera más grande que su cabeza.
El menú degustación constaba de siete platos. Iban por el quinto y seguían teniendo el mismo hambre con el que entraron. A ese ritmo, caería una hamburguesa cuando salieran de allí.
—Por ti, amiga. —Marta levantó la copa—. Has logrado enderezar el barco. Reconozco que creí que de esta no te salvabas, pero como siempre, me has sorprendido. ¡Brava!
—Prometo que no habrá más géiseres. Ahora en serio, gracias por estar siempre ahí y lanzarme el salvavidas, porque el agua estaba helada y me empezaba a llegar al cuello.
Bebieron un sorbo.
—¿Y qué tal con el dueño del restaurante?
—Bien.
—A ver, enséñame cómo es —le dijo Marta.
Miró en su móvil y buscó entre varias fotos que hizo mientras Enzo enseñaba en la fiesta de Rafael.
—Pero si está buenísimo.
—¿Tú crees? —Disimuló—. No me había dado cuenta —quitándole importancia—. Da igual, porque tenemos una relación íntegramente profesional. ¿Cómo se dice? Eso de «Donde se come…», pues eso. Con lo que me ha costado conseguir que dijera que sí. Estaré dos meses supervisando y luego «ciao».
—Ya, y yo soy rubia natural.
Las puertas del ascensor se abrieron dejando ver a un par de compañeros más que también habían ido a probar el restaurante. Las vieron de camino a la mesa. Uno de ellos era Luis .
—Ríete como si nos lo estuviéramos pasando genial —dijo Marta acomodándose el pelo.
—¿Es que no lo estamos haciendo? No entien…
Cerró la boca en cuanto se dio cuenta de que Luis y los demás se acercaban a la mesa.
—Chicas —saludó Luis—. Catalina, enhorabuena por el curro en Roma —continuó mirándola a los ojos, con esa sonrisa de anuncio de pasta dentífrica.
Le había dado la enhorabuena Luis. El mismo que hace seis meses le regaló una sonrisa por educación, que la tuvo flotando en una nube toda una semana.
Ese guapo con el que había fantaseado más de una vez en reuniones aburridas y el mismo tipo que nunca le había prestado atención, hasta ahora.
Hace un mes habría estado eufórica, pero por un segundo tuvo una vocecita en su cabeza que pensó: «Sus ojos no son verdes».
—Sí, gracias —contestó emocionada.
—Vamos a cenar algo y después iremos a Kaos, ¿os venís?
Mañana por la mañana era el vuelo de vuelta a Roma. Salía a una hora razonable, pero no había salido con pensamiento de quedarse hasta muy tarde. Antes de poder aguar la fiesta, Marta se adelantó.
—¡Claro!
—Genial —respondió Luis.
Se alejaron hasta una mesa de la esquina en la zona reservada. Luis incluso volvió a sonreírle antes de sentarse. Miró detrás de ella para asegurarse de que no había nadie más, por si acaso.
—Yo me termino esta y me voy a casa, que mañana madrugo y viajo.
—Tu avión sale al mediodía, y ya tienes la maleta hecha, que nos conocemos muy bien.
—Ya, pero prefiero…
—Hace unas semanas, que Luis te hubiese preguntado la hora hubiese sido un hito en tu vida —le interrumpió Marta—. Te vienes y punto. ¿No has visto cómo te estaba mirando? —se emocionó—. Porque ha dicho que iban a cenar, si no creo que te come aquí mismo.