Chef´s Kiss 5 #3
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5 #3

Enzo no tardó mucho en unirse. Saltaba como si hubiera nacido haciéndolo.

Las parejas iban cambiando con cada vuelta del círculo.

Catalina pasó de mano en mano, bailando con desconocidos que la miraban como si la conocieran de toda la vida.

En la última parte de la canción, una de las vueltas la dejó frente a Enzo.

Él le tendió la mano y ella la tomó. Parecía Dirty Dancing, pero en versión para todos los públicos y sin nada de dirty.

La coreografía se había asentado en algún lugar de su cuerpo, dejando que sus pies se movieran casi solos.

Para no haber bailado nunca juntos, no se les daba nada mal.

Los movimientos fluían de forma natural mientras se dejaba llevar.

Siempre se había reído de esas películas donde los protagonistas se miran a los ojos en mitad de una pista, el mundo desaparece y la música cambia a un vals lento y perfecto, como si el universo tuviera su playlist propia.

Pero ahora que ella era la protagonista, no lo veía tan descabellado.

Completamente exhausta, se dejó caer sobre una silla.

Había cumplido todo el mes de cardio que se había saltado.

El sol empezaba a bajar y las guirnaldas de luces se encendieron.

Llevaba demasiadas horas sin mirar su móvil.

En teoría, no tenía por qué trabajar, pero tampoco habían sido días normales y al mirar el teléfono leyó un mensaje de Paloma: «Necesitamos cuanto antes la información personal de los dueños.

Marta se va a poner con un recontrato en cuanto nos lo pases.

No demores mucho, que se nos pasa el tiempo, por favor».

Enzo continuaba dando vueltas y saltando mientras Rafael se marcaba un solo en mitad de la canción.

Miró a su alrededor. Nadie llevaba ropa de marca ni relojes caros y muchos de ellos probablemente vivían con lo mínimo.

No veía la ambición a la que estaba acostumbrada, el postureo de las cenas a las que iba casi a diario y ninguna de las conversaciones era para impresionar.

Nadie allí parecía fingir nada, excepto ella.

Se le pasó por la cabeza una pregunta sencilla que no tenía una fácil respuesta.

¿Eran más felices?

Horas más tarde, la fiesta había terminado. Regresaron a la bodega a por el pedido. Rafael los acompañó con la excusa de estirar las piernas. Salvatore colocó en el maletero las cajas de vino. Mientras tanto, Catalina esperaba sentada en el asiento del copiloto.

—Dame unos días más —pidió Enzo.

—Ya van dos retrasos. Nosotros también tenemos problemas, pero no dejamos de cumplir.

—No me estás regalando nada. Te estoy pidiendo tiempo.

—El tiempo también cuesta dinero.

—Joder, Salva.

—Me pides dos cajas menos y no te digo nada. Me pides dos adelantos y tampoco te dije nada. ¿Cuántos más van a ser? Luego me dirás lo mismo.

—Este es el último que te pido.

—Ya. —Desconfiado.

—Dale las cajas, Salva, no te pongas así —interrumpió Rafael, calmando las aguas.

—No te metas, Rafael —le paró Salvatore, posando una mano en su hombro .

—Tranquilos. Dios provee… y cuando no llega a tiempo, se adelanta uno —dijo Rafael, metiendo la mano en el bolsillo y sacando el dinero.

Salvatore lo tomó, murmuró un «gracias» y se marchó hacia la bodega.

—No hacía falta —agradeció Enzo.

—Me lo devuelves cuando puedas, o sea, la semana que viene.

—Rafael…

—Pero antes le pagas a Salva lo que tengas apalabrado con él. Las deudas no son buenas compañeras de vida, ni de amistades.

El camino de vuelta fue mucho más callado que el de ida. Las carreteras secundarias conectaron con las autopistas y la entrada en Roma. Se le acababa el tiempo si quería salvar su culo.

—Enzo, yo podría echarte una mano.

—Gracias, no quiero dinero de nadie.

—Una de las cosas que hacemos en la empresa es buscar restaurantes que nos gustan y ayudarles a crecer. De hecho, soy experta en ver situaciones como la que tú tienes ahora.

—Por eso viniste el otro día.

No era una pregunta.

—Sí. La Stella nos llamó la atención.

—¿Y por qué no me has dicho nada?

—Porque no me hubieras escuchado.

—Y has visto lo de Salvatore y crees que ahora sí te voy a escuchar.

Desde pequeñito, Enzo se ponía a la defensiva cuando no quería escuchar.

—Si sigues así, vas a tener que cerrar.

—No voy a cerrar.

—Mira los números, Enzo. En dos meses ya no vas a poder aguantar. La Stella no puede seguir tal como está, y lo sabes.

—Cierto, los números no fallan .

La conversación se incomodó aún más.

—Pasará lo que tenga que pasar.

—Yo te digo lo que va a pasar. Vas a tener que despedir a Pietro y a los demás. Y luego vas a tener que hacer un traspaso por un precio ridículo.

Eran palabras duras, pero eran ciertas.

—¿Y qué quieres? ¿Convertir La Stella en un McDonald’s?

—No somos los malos.

—Claro que no. Nunca lo sois.

—Estamos orgullosos de lo que hacemos y de las experiencias que llevamos a la gente.

—¿Experiencias? —soltó una carcajada—. A un restaurante se va a comer y a beber. Nada más.

—Llámalo como quieras. Pero hasta ahora no hemos cerrado ni uno de los restaurantes que hemos abierto, y son muchos.

—Muchos y todos iguales.

—¿Tú has ido a alguno?

No contestó. Siguió conduciendo con la vista fija en la carretera.

—Te prometo que cuidaremos la historia de donde viene La Stella.

—¿Por eso has venido hoy?

—No lo sé. Roma está llena de restaurantes bonitos, pero el vuestro tiene algo.

Entraron en la calle del hotel y aparcó justo en la puerta. Era su parada y también el momento de decir adiós. Prácticamente tenía un pie fuera del coche y el otro de vuelta en Madrid.

—Gracias por todo. No se te da nada mal bailar.

Enzo sonrió sin decir nada. Ella cerró la puerta y dio media vuelta dirigiéndose hacia el hotel. El Cinquecento tosió al arrancar, pero esta vez no aceleraba. Enzo golpeó un par de veces el claxon.

—Está bien. No te prometo nada, pero si quieres, cuéntame qué has pensado.

Bingo.