Chef´s Kiss 5 #2
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—Muy bien. —Cascó un huevo en el centro del cráter—. Esto no es una tortilla; la pasta tiene que quedar fina como papel, y si ponemos demasiado huevo, se rompe al cocer.

Todos rompieron un huevo siguiendo las instrucciones del maestro. Las abuelas eran las veteranas y las que, por supuesto, mejor lo hacían. Los demás lo intentaban. Mateo, uno de los más jóvenes, tenía las manos completamente cubiertas de masa pegajosa.

—Enzo, esto es un desastre.

—No está tan mal. Has añadido la harina de golpe. —Se acercó y despegó la masa de la mesa con una espátula—. Ve más despacio, desde los bordes.

Como siempre, la signora Patrizia iba dos pasos por delante y ya envolvía la bola perfecta de masa en film transparente.

—Signora, usted ya sabe más que yo.

—Llevo haciendo pasta desde antes de que nacieras, ragazzo. Pero mira, así me divierto y no me olvido.

Enzo sonrió y pasó a revisar cómo iban los demás. Giovanni, un hombre con los dedos enormes, todavía luchaba con grumos de harina seca.

—Giovanni, muy bien. Casi lo tienes. Añade un poquito de agua; verás qué diferencia.

Giovanni mojó los dedos en un cuenco y añadió ese poquito de agua que consiguió que aquello empezara a parecerse a un ravioli.

Era el turno del segundo paso. La signora Patrizia y Mateo ayudaron a Enzo a colocar en varios cuencos el relleno de los raviolis.

—Ponemos dos de ricotta, una de espinaca. Cuidado con los que os gusta el queso, que si nos pasamos se nos queda pastoso .

Sacó la primera bola de masa del film y la colocó sobre la mesa enharinada. Con el rodillo empezó a estirarla, presionando desde el centro hacia afuera. La lámina de pasta se extendía bajo el rodillo, cada vez más fina, casi transparente.

—Tiene que quedar tan fina que puedas leer el periódico a través. —Levantó la lámina contra la luz—. ¿Veis cómo se ve mi mano del otro lado? Eso es lo que buscamos.

De nuevo siguieron las órdenes y estiraron las masas con distintos resultados. Por supuesto, la de signora Patrizia quedó perfecta a la primera. La de Mateo se rompió por todos lados.

—Es normal, no pasa nada. —Enzo se acercó—. La juntas, la dejas reposar dos minutos y vuelves a empezar.

Enzo colocó su lámina de pasta sobre la mesa y empezó a distribuir pequeñas porciones de relleno en línea, separadas por dos centímetros.

—Poquito relleno, del tamaño de una avellana. Si os pasáis, se sale al cerrar y se os abre al cocer.

Con un pincel mojado en agua, trazó líneas entre cada montoncito de relleno. Luego dobló la pasta sobre sí misma, cubriendo el relleno.

—Ahora viene la parte difícil. El plin.

Presionó con los dedos alrededor de cada montículo de relleno.

—Intentamos que no quede nada de aire dentro, que si no se nos va a explotar cuando hierva el agua.

Luego pellizcó la pasta entre cada ravioli, formando pequeños paquetitos regordetes y perfectamente sellados.

—El pellizco tiene que ser firme.

Giovanni lo intentó en su lámina. El primer pellizco quedó flojo.

—Un poquito más fuerte, Giovanni —insistió Enzo.

En poco tiempo la mesa se llenó de agnolotti caseros con distintos acabados de perfección.

Los de las abuelas, y sobre todo los de Signora Patrizia, salían listos para ser portada de una revista.

Los demás eran comestibles y tenían un merecido aprobado.

Le llamaba bastante la atención la paciencia infinita con la que Enzo corregía y animaba a todos los improvisados aspirantes a chef.

Veía las limitaciones de cada uno y se ajustaba para que se sintieran auténticos cocineros.

—Todos los años lo mismo. —Rafael le tendió un vaso—. Siempre elige un plato complicado y siempre consigue que lo hagan bien.

—Ya veo, pero lo hace muy bien.

—Ahora lo vas a probar. Estos son pequeños raviolis rellenos. El plin es el pellizco que se les hace para sellarlos. Tiene su truco.

Enzo revisó todas las bandejas. Había al menos doscientos agnolotti. Algunos perfectos, otros creativamente imperfectos, todos hechos con más cariño y esfuerzo que con técnica.

—¿Cuánto tiempo de cocción? —preguntó Mateo.

—Tres minutos en agua hirviendo. Cuando suben a la superficie, un minuto más. ¡Este año os habéis superado!

—Eres un fantasma. —Todos rieron—. El año pasado dijiste lo mismo —añadió Giovanni.

—Porque es verdad. Cada año sois mejores. —Enzo le dio una palmada en la espalda—. El año que viene me pongo yo detrás de las mesas y la signora Patrizia que nos enseñe.

—Eso, por fin una cocinera de verdad —bromeó Mateo.

Catalina bebió un sorbo de vino. Observaba cómo Enzo transmitía de forma sencilla la idea de que cualquiera puede hacerlo. Hasta ella podría.

Las ollas de agua empezaron a hervir. Giovanni echó la primera tanda de agnolotti que se hundieron al momento, para subir a la superficie a los tres minutos. Enzo los escurrió y los colocó en bandejas grandes, rociándolos con mantequilla derretida y salvia.

—Giovanni, prueba uno de los tuyos.

Tomó un agnolotti de su bandeja y se lo metió en la boca. Masticó despacio. Sus ojos se abrieron.

—Madonna. Al final, esto está buenísimo.

—Porque has agarrado uno de los míos —dijo la signora Patrizia .

El banquete fue espectacular y la sobremesa se alargó tras haber vaciado los platos. Rafael sirvió más vino en los vasos sin preguntar. La jarra de cerámica pasó de mano en mano hasta completar la ronda.

—Entonces, Catalina. —El cura se recostó en la silla—. ¿Cuánto tiempo vas a quedarte por Roma?

La pregunta flotó en el aire como una mosca que no puedes espantar.

—Pues… depende del trabajo.

—¿Y qué trabajo es ese exactamente?

—Es complicado de explicar.

—Como ves, no vamos a ningún sitio. —Rafael señaló el patio con un gesto amplio.

Catalina bebió un trago largo de vino, demasiado largo.

—Temas de expansión y mejoras de algunos sitios que tienen por Roma.

Algunos hombres con instrumentos musicales salieron del interior de la parroquia y se llevaron a Rafael. Cruzaron hasta el centro del patio. Uno de los del grupo le entregó a Rafael una especie de guitarra de tamaño medio.

—¿El cura toca en el grupo? —alucinaba Catalina.

—El cura hace muchas cosas —le aclaró don Ciccio.

Rafael afinó las cuerdas mientras los otros músicos se colocaban a su alrededor. El murmullo del patio fue apagándose poco a poco.

—Me han dicho que este año ha habido menos donaciones para la parroquia. —Miró hacia un grupo de hombres en una esquina—. Sí, os miro a vosotros. Ese dinero que os gastáis en las apuestas podría ir a arreglar el tejado que se nos cae encima.

Estaban acostumbrados a los discursos de Rafael. La única sorprendida era la nueva, Catalina.

Más risas. Uno de los hombres levantó el vaso en un brindis irónico.

—También me han dicho que Giuseppina y los suyos llevan tres domingos sin venir a misa .

Una mujer mayor se encogió en su asiento.

—Giuseppina, el Señor te perdona. Pero la próxima vez avisa, que preparé hostias de más y se me quedaron duras.

La carcajada fue general. Catalina no sabía si estaba en un evento parroquial o en un programa de stand-up.

—¿Y yo? —Rafael se señaló el pecho—. Yo tampoco soy un santo. Esta semana me tomé el vino que guardaba para el obispo. Todos somos humanos y cometemos errores; el problema es que no me arrepiento. Estaba buenísimo.

Algunos aplaudieron y silbaron, incluido don Ciccio.

—En fin. —Rafael bajó el tono—. Hoy recordamos que la fe no está en los templos. Está en la gente que comparte lo poco que tiene. En los que cuidan sin esperar nada a cambio y a los que abren su casa a un desconocido.

El humor dio paso al respeto al momento de escuchar.

—Así que brindemos por eso. Por los que siguen aquí, año tras año. Por los que nos han dejado. Y por los nuevos que aparecen sin avisar.

Miró directamente a Catalina.

—Y ahora, a bailar, que para eso estamos.

Tras la cuenta atrás para pillar el ritmo, empezaron a tocar todos a la vez. Sonaba bastante bien y lo más sorprendente fue cuando Rafael empezó a cantar con su voz grave que llenaba todo el patio. Tenían un cura rockero, futbolista y expresidiario.

Las mujeres con trajes tradicionales saltaron al centro de la improvisada pista de baile y empezaron a moverse, moviendo las faldas y girando con cada salto. Los más animados del público acompañaban con las palmas, incluida Catalina, que se había contagiado.

—Saltarello —dijo don Ciccio, señalando con el bastón.

Un pie adelante, un salto, cambio de lado, el otro pie adelante, salto atrás. La velocidad aumentaba con cada vuelta. La música continuó y, tras terminar una primera ronda de baile, agarraron a Catalina del brazo.

—¡Ven !

No le dio tiempo ni a decir «no sé bailar». La llevaron al círculo y le pusieron un pañuelo en la cabeza que anudaron bajo la barbilla.

—Mira mis pies —le indicó una joven.

Los saltos eran brutales, aunque los movimientos no parecían demasiado complejos.

Al menos, lo básico para hacerlo medio bien y salir del paso sin quedar en ridículo.

Tropezó con los pies las primeras veces, pero casi nadie lo notó.

Además, tanta paliza en el zumba y en bodypump tenía que servirle de algo.

Salto, paso lateral, giro, salto, y luego se repite lo mismo.

Las mujeres a su alrededor la animaban mientras le corregían la postura con palmadas en la espalda.

Aquello no iba de bailar bien, sino de divertirse y moverse lo mejor que uno sepa.

En el otro extremo del círculo, don Ciccio bailaba a un ritmo más adaptado a sus posibilidades.

El bastón no se sabía dónde había quedado.