5
Catalina se despertó sola a las nueve. Se duchó y a las diez menos cuarto le avisaron de recepción: El señor Bernardi la esperaba abajo.
Por un momento valoró la situación: no debía de perder el tiempo, sobre todo después de escuchar aquella historia de la resistencia.
Pero, por otro lado, el pequeño avance que había conseguido ayer le daba un pelín de esperanza.
Cuando bajó a la puerta del hotel, eran las diez de la mañana. Apoyado en un pequeño Fiat Cinquecento de los años sesenta le esperaba Enzo. En sus manos sujetaba varios vasos humeantes.
—Buenos días. No sé cómo te gusta el café o si tomas café, así que, por si acaso, te he traído varias opciones.
Eso era un minimostrador, no solo de todo tipo de cafés posibles, sino también tés e incluso chocolate caliente. Eligió el doble espresso, que tomó casi de un sorbo. Luego, el café con leche.
—Para el camino. ¿Es que todo lo que tienes es antiguo? —Catalina señaló el coche.
—Lo compró mi padre cuando era joven. Si algo funciona, ¿para qué cambiarlo, no?
Abrió con gesto caballeroso la puerta del copiloto para que ella entrara y se pusieron en marcha.
—¿Me vas a decir ya adónde vamos?
—No.
—¿Me estás secuestrando para que deje de molestarte?
—¿Puedes relajarte y disfrutar del viaje ?
Dejaron atrás los edificios del centro mientras la ciudad y las autopistas iban desapareciendo. Tomaron una carretera secundaria de las que nadie ya usa.
—¿Qué hacías por La Stella? No es normal que una desconocida entre y se ponga a servir platos. ¿O eres una especie de superheroína que va ayudando por ahí a la gente necesitada?
—Sí, lo hago muy a menudo. En Madrid lo he hecho ya en tantos sitios que ahora me estoy expandiendo por otras ciudades.
—El mundo necesita gente como tú —dijo, siguiéndole la broma.
—Trabajo para la empresa que lleva el hotel. Hacemos consultoría estratégica, por decirlo de alguna forma.
—¿Y qué querías ayer?
Demasiado pronto para soltar el tema de la compra. Álvaro creía que iba todo viento en popa y ella naufragaba con el barco medio hundido.
—Nada. Olvídalo —respondió disimuladamente.
—Me pica la curiosidad.
—Da igual. Ya lo he solucionado —cambió de tema rápido—. ¿Desde cuándo llevas en La Stella?
—Desde que nací. Lo llevaba mi padre hasta hace ocho años. Desde entonces, lo llevo yo. Mi padre los últimos años ya estaba demasiado cansado y le costaba mucho todo. No es como antes, pero ahí vamos tirando.
—He visto las fotos de la pared.
—Pues hay muchas más. Mi padre guardaba un montón más; lo que pasa es que ya no nos caben.
Enzo tomó uno de los desvíos. A ambos lados, los viñedos se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
—¿Y tú cuántos años llevas trabajando en el hotel?
—No trabajo para el hotel en sí. Trabajo para la empresa que gestiona el hotel. Tenemos bastantes más. Mi mejor amiga Marta también trabaja allí.
—Así que eres una enchufada.
—Pues sí. Igual que tú .
La broma fue buena y encajó bien. Habían empezado con mal pie, pero se empezaban a entender bastante bien.
—¿Y te gusta?
—Se me da bastante bien. Me gustan los números. Te puedes fiar de ellos porque nunca mienten.
—Eso suena a rencor. ¿Qué pasó y cómo se llama?
—No, en serio. Los números dicen muchas cosas, pero hay que saber leerlos.
—Hay demasiadas cosas que no vienen escritas en ningún sitio.
—Eso lo estoy aprendiendo a pasos agigantados —susurró casi para ella misma.
—¿Sueles invitar a la primera persona que se mete en tu restaurante a servir platos?
—Necesito a alguien que me ayude a cargar las cajas. Pietro tiene el día libre, así que te ha tocado a ti.
— ¿Para eso me has traído? Voy a tener que pedirte un aumento de sueldo.
—Me ha salido una empleada revolucionaria.
El Cinquecento tomó un camino de tierra que ascendía entre las viñas. La vista se perdía con tantos árboles y no podía verse el final. Llegaron a la entrada de una casa grande de piedra y madera que se levantaba en mitad de todo aquel mar de árboles.
—Hemos llegado.
La bodega de Salvatore era un laberinto de piedra gruesa y vigas de madera oscurecida por los años.
Un olor denso a uva fermentada y humedad lo impregnaba todo.
Un cliché, pero uno de los que gusta. Salvatore salió a recibirlos como buen anfitrión.
Brazos gruesos y manos enormes que llamaban la atención para un hombre de poca estatura.
Su rostro era el de alguien que lleva toda la vida recibiendo visitas en su casa y nunca se cansa de hacerlo.
—¡Enzo! —abriendo los brazos de par en par—. Y vienes acompañado. Bienvenida, signorina .
—Catalina —se presentó ella misma.
—Italiana de corazón, seguro.
Enzo sacó una caja pequeña del asiento trasero del Cinquecento.
—Para ti.
Las manos enormes abrieron la caja. Dentro, tres porciones de tiramisú casero con el sello inconfundible de La Stella.
—Madonna santa. —Salvatore aspiró el aroma—. Este tiramisú me va a matar. Lo sabes, ¿verdad? Me lo tienen prohibido.
—Puedes no comértelo.
—¿No comérmelo? —Salvatore miró a Catalina buscando complicidad—. Mi mujer me controla todo lo que como. Ayer me pilló escondiendo un trozo de panettone detrás de las barricas. Como un ladrón en mi propia casa.
—Pues esconde mejor el tiramisú.
—Esto no lo escondo ni debajo de la tierra. Y si me muero, que sea con el tiramisú en la boca, que peores muertes hay.
Un par de chicos salieron cargando varias cajas que colocaron en el maletero del Fiat.
—Con esto tendríais que tener suficiente. Así la gente no bebe tanto.
—¿No te animas a venirte? —le pregunto Enzo.
—Aquí tengo todavía para rato. Hay que embotellar todo lo de la pisada.
—Vale, cuando terminemos, vuelvo a por lo mío.
—A ver cuándo te compras una furgoneta.
—¿Para qué, si el coche funciona? —Enzo le guiñó el ojo a Catalina.
—Dile a Rafael que, si me da tiempo, llego por la tarde, pero no prometo nada. —Le dio la mano—. Un placer, signorina. Vuelva cuando quiera, esta es su casa.
Dejaron el coche aparcado y cruzaron andando el pueblo en dirección opuesta.
Hacía un día espectacular, y el paseo fue de lo más agradable.
Llegaron a una parroquia pequeña, de piedra blanca con una torre y un campanario que en ese momento repicaba marcando el mediodía.
Agarraron las cajas de vino del maletero y entraron por una puerta lateral.
Olía a incienso y cera derretida. El pasillo estrecho atravesaba lo que parecía ser la sacristía.
—¡Enzo! Ya era hora, joder.
Apareció Rafael. Llevaba una camiseta negra con el cuello blanco característico de los sacerdotes, pero ahí acababa cualquier parecido con un cura tradicional. Barba de tres días y tenía los brazos cubiertos de tatuajes que asomaban por debajo de las mangas remangadas.
—Nos tienes aquí muertos de hambre y, como le dé a Sofía por cocinar, me cierran la parroquia.
—Catalina, te presento al padre Rafael. Aunque prefiere que le llamen Rafael a secas.
Rafael le quitó la caja de las manos.
—¿Te gusta el fútbol?
—Rafael, no empieces —añadió Enzo.
—Si eres del Nápoles, tienes el cielo ganado.
—No soy muy futbolera, la verdad.
Cruzaron la nave central, atravesando los bancos de madera. Al fondo, unas puertas dobles los condujeron por un pasillo que dirigía a la sacristía. En una de las paredes del pasillo, un póster de Maradona los saludó al pasar.
—Maradona. Santo no fue, pero milagros hizo unos cuantos…
Rafael abrió las puertas de par en par. La paz y tranquilidad del interior desaparecieron.
El patio trasero de la parroquia hervía de actividad.
Medio pueblo estaba allí. Guirnaldas de luces colgaban entre los muros, mesas largas con manteles de cuadros rojos y blancos, niños corriendo y gente, mucha gente.
Algunas mujeres llevaban vestidos tradicionales, faldas amplias de colores con bordados en los bordes, blusas blancas con encaje en los puños y pañuelos en la cabeza.
—¿Qué es esto? —preguntó, asombrada.
—Una fiesta en condiciones —respondió orgulloso Rafael .
Habían convertido una de las esquinas del patio en el área de cocina.
Varias mesas largas se alineaban formando una especie de mostrador en forma de U, con un montón de ingredientes, cuencos y utensilios de cocina sobre ellas.
Unos diez hombres y mujeres de todas las edades esperaban impacientes junto a las mesas, conversando entre ellos con los delantales puestos y las mangas remangadas.
—¡Catalina!
La voz familiar apareció de entre la multitud. Don Ciccio no se había perdido la fiesta. Caminaba con un bastón que repiqueteaba contra las baldosas del suelo y en su cabeza, un sombrero de paja sustituía a su característica boina para no desencajar con la festividad.
—Don Ciccio, no sabía que estaría aquí.
—No me pierdo una y veo que tú tampoco. —Colocó la mano en el brazo de Rafael—. ¿En España tenéis curas como este?
—Ni en España ni en ningún otro sitio.
Don Ciccio soltó una carcajada.
—A vosotros os la puede colar, pero yo lo conozco desde que era un enano, y te aseguro que tuvo una vida antes de la sotana, aunque no lo diga mucho —bajó la voz—. Estuvo en la cárcel tres años. Cosas de jóvenes. Malas compañías y peores decisiones. Ahora la gente lo adora.
—Chito —así le llamaba Rafael—. No la aburras, que se nos va a ir antes de probar la comida.
—¿Y cómo se hizo cura? —preguntó.
—Porque no me pillaron en el Milán.
—Ah, ¿jugaba al fútbol? —asombrada.
—Hubiera sido un buen lateral izquierdo, pero mi camino no era ese.
—Que no te engañe, era malísimo —sentenció don Ciccio.
Enzo apareció de nuevo cargando el último saco de harina que dejó sobre la mesa principal de la esquina del patio. Se colocó al otro lado del mostrador en forma de U para que todos pudieran verle con claridad .
—Muy bien. Este año toca agnolotti del plin.
Volcó un montón de harina en el centro de la mesa de madera, formando un volcán perfecto y con los nudillos hizo un cráter en el centro.
—Angela, ¿cuántos huevos por cada cien gramos de harina?
—Uno.