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¿Y esto? ¿Qué significa? ¿Está invadiendo mi espacio? Mi rodilla estaba aquí antes. ¿La tengo que quitar yo? ¿Él? Esto es lo típico del metro que te pasa con desconocidos. Pero Enzo no es un desconocido… ¿Qué acaba de pasar en la película? Mierda, me lo he perdido.
Parecía revivir su primera cita, cuando tenía trece años y fueron al cine.
Se pasaron la primera media hora de la película con el brazo tieso en el reposabrazos del asiento.
Ninguno se atrevía a dar el primer paso.
Casi perdió el brazo por no moverlo, hasta que al final, un tímido dedo meñique de él rozó los dedos de ella y fue ahí cuando se dieron las manos.
Ni que decir tiene que el resto de la película se la pasaron secándose a cada rato las manos del sudor, pero no les importaba, eran felices.
Tras unos minutos de constante roce de rodilla, Enzo alargó el brazo.
Catalina no se inmutó, ya que se venía el momento Grease, cuando en el autocine Danny Zuko usaba la «maniobra» para poder meterle mano a Sandy.
Pero el brazo pasó por delante de su cara, cosa extraña al inicio, pero que cobró todo el sentido del mundo al ver otra mano entrando por el lado contrario con una rosquilla.
—Prueba esto, Enzo, a ver qué te parece.
—¿Quieres una? —dijo, ofreciéndole a Catalina.
—Estoy bien, gracias.
Vaya. Pues no, no tocaba Grease. Pero la rodilla sigue ahí.
La trama se complicaba. El marido policía llegaba a casa y desplegaba las fotos del último atraco sobre la mesa del comedor mientras Vittoria disimulaba su interés.
“Siempre nos lleva varios pasos por delante. Es demasiado lista. ¿Sabes que la ladrona lleva el mismo perfume que tú?”.
Vittoria se quedaba paralizada un segundo, pero lograba siempre salir del paso.
«Cariño, es Chanel Nº5. Lo lleva media Italia».
El público de la plaza estalló en carcajadas.
Aun por el interés indudable de la trama, llevaba despierta desde las siete, y su primer día como ejecutiva en proceso de fracaso y camarera a coste gratuito la había dejado exhausta.
El sueño empezaba a ganarle la partida y los diálogos en italiano se transformaban en una especie de poesía lejana.
Su cabeza primero hizo un amago hacia delante, levantándola de golpe.
Intentó centrarse en la pantalla, pero sin éxito.
Su cabeza volvió a inclinarse, esta vez hacia su lado izquierdo, más concretamente hacia el hombro de Enzo, que resultó ser una almohada perfecta y firme, como a ella le gustaba.
Casi media hora más tarde, la película llegaba a su fin y, por supuesto, la policía no pillaba a la ladrona.
En el último plano, la cámara hacía un zoom a su rostro, y con una sonrisa pícara, guiñaba un ojo directamente al espectador antes de que aparecieran los créditos finales.
La plaza entera aplaudió, animando de nuevo a Vittoria a que se levantara de su silla y saludara con elegancia mientras sujetaba a Nino, que parecía tan orgulloso de su dueña como el resto del público.
Ni los aplausos ni el murmullo de la gente lograron despertar a Catalina, que seguía profundamente dormida.
—Catalina… —murmuró Enzo apoyando su mano sobre la de ella—. Despierta…
Poco a poco, la Bella Durmiente fue saliendo de su letargo para encontrarse con esos ojos verdes que la observaban desde muy cerca. Un verde oscuro con motas más claras cerca de la pupila.
—Qué verdes… —Susurró, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia.
Enzo sonrió.
—¿Qué?
Dio un sobresalto, desorientada, con esa confusión de quien no sabe dónde está ni cuánto tiempo ha pasado.
—Qué… qué verde —dijo casi tirando la silla—. Digo los árboles de la plaza, que son muy verdes.
No había árboles en la plaza y menos a esa hora, que no se veía nada.
—Te has pegado una buena siesta. —Se puso en pie y plegó su silla—. Has roncado y todo.
—¿Que he qué?
—Roncado. No muy fuerte. Más bien como un gatito con sinusitis .
Las mejillas le ardían.
—Estaba supercansada… —La excusa sonó patética incluso para ella—. Es que es tarde, y el día ha sido muy largo, y… —Se puso en pie también.
—No pasa nada, estabas muy mona.
¿Mona? Una no quiere estar mona, una quiere estar guapa, sexy, no mona. Mona, dices cuando alguien te quiere presentar a alguien que sabe que no es guapo, y te dice que es mono o mona por no decirte que es feo pero simpático.
La plaza empezaba a vaciarse. La gente recogía sus sillas, doblaba sus mantas y se despedía con promesas de verse la semana siguiente.
—¿Qué ha pasado al final? —preguntó.
—Él la salva y comienzan una nueva vida.
—¡Pero si lo iban a matar!
—La magia del cine.
Catalina se quitó la cazadora.
—Muchas gracias, estaba quedándome helada.
—No te preocupes. Quédatela si quieres… y me la devuelves mañana —añadió casi sin darle importancia.
— ¿Mañana?
— Sí.
—Dime el nombre de tu hotel y paso a buscarte.
—¿Para qué?
—Ya lo verás.
La cara de Enzo era bastante convincente y volver a verle significaba otra oportunidad para convencerle como futuro socio.
— Palazzo Aurelia.