Chef´s Kiss 4 #3
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Las filas de sillas habían terminado de organizarse solas sin que nadie diera instrucciones.

Los habituales sabían dónde colocarse. Los niños delante con cualquier apaño en el suelo, las familias en el centro y las parejas jóvenes hacia los lados.

Ellos encontraron un hueco en lo que vendría a ser la tercera fila, no muy lejos de don Ciccio.

Para él, esta noche era especial, y por eso andaba de un lado a otro más nervioso que de costumbre.

Llevaba el pelo peinado hacia atrás con más gomina de la habitual y una camisa de lino de las de las ocasiones especiales. Iba hecho todo un galán.

Mientras los últimos desplegaban las sillas, un murmullo recorrió la plaza.

Vittoria de Santis acababa de aparecer. Caminaba desde el callejón que daba a su palacete, acompañada por una mujer joven de uniforme discreto y sujetando a Nino con los brazos.

Don Ciccio se adelantó para retirar el pañuelo de seda de la silla que había reservado y, cuando Vittoria llegó a su altura, tomó su mano libre y la besó con una reverencia que habría resultado ridícula en cualquier otro hombre.

En él, parecía perfectamente natural. Vittoria inclinó ligeramente la cabeza, apenas un centímetro, y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos.

Un gesto mínimo pero suficiente para que don Ciccio supiera que todo ese esfuerzo había merecido la pena.

—Wow —susurró Catalina, dejándose caer en su silla—. El magnetismo de esta señora es brutal.

—Mi abuelo decía que Vittoria de Santis era la única persona capaz de hacer callar a toda una sala con solo entrar.

Don Ciccio se acercó al podio improvisado que habían colocado debajo de la pantalla. Carraspeó un par de veces para captar la atención del público .

—Queridos amigos, vecinos y algún que otro desconocido que ha tenido la suerte de encontrarnos esta noche.

—Empezó con la voz temblándole en la primera palabra—.

Gracias por venir una semana más. Esta noche es muy especial, porque lo más importante de esta noche no es la película en sí.

Tenemos la gran suerte de contar entre nosotros con su protagonista.

Una actriz que conquistó las pantallas de medio mundo.

Que trabajó con los más grandes. Que le robó el corazón a Italia entera.

Hizo una pausa dramática, dejando que el silencio hiciera su trabajo.

—Señoras y señores, con ustedes, Vittoria de Santis.

Los aplausos estallaron. Vittoria se levantó con calma. Alzó una mano y saludó con una leve inclinación de cabeza mientras recorría los pocos metros que había hasta el podio improvisado. El silencio se alargó unos cuantos segundos más antes de que arrancara su discurso.

—Gracias.

No dijo nada más. Volvió a su sitio y don Ciccio inició el primer aplauso, seguido del resto del público, a los que un simple «gracias» era más que suficiente.

—Siempre tan elocuente, mi querida amiga —añadió guardando el pañuelo en el bolsillo—. Muy bien. Que comience la película.

Los focos se apagaron y, sin más demora, la película comenzó. Los títulos de crédito aparecieron en letras grandes, elegantes y con esa tipografía que ya no se usa: “La donna del destino”, con Vittoria de Santis y Marcello Valli. La plaza estalló en aplausos.

Los primeros minutos de la película mostraban la doble vida del personaje de Vittoria.

La pantalla se dividía en dos: A la izquierda, ella preparaba el desayuno en bata de casa, peinada con rulos y delantal de flores, untando mermelada en las tostadas mientras su marido leía el periódico.

A la derecha, ella misma vestida de negro, máscara en el rostro, cruzaba los pasillos de un banco vacío y forzaba la cerradura de una caja fuerte.

El rostro de Vittoria llenaba la pantalla: los mismos pómulos afilados, los mismos ojos oscuros, pero con cincuenta años menos.

Desde su sitio, Catalina podía ver los perfiles de don Ciccio y Vittoria recortados contra la luz de la pantalla.

En la mirada de ella: orgullo, mezclado quizás con algo de melancolía por observar una versión de ella misma que ya no existía.

Y don Ciccio, sonriente como un colegial enamorado que no puede creer su suerte.

La película y la noche fueron avanzando y con ellas, el aire fresco de verano.

La mujer de al lado de Catalina se envolvió en un chal de lana.

El hombre que tenía delante se bajó las mangas de la chaqueta y una madre tapó a sus hijos con una fina manta.

Fue notando el frio de forma gradual, primero en los brazos, luego en los hombros.

Como buena friolera, se frotó los brazos y cruzó las piernas, intentando encogerse para conservar el calor, sin éxito.

Sin decir palabra, Enzo se quitó la cazadora vaquera y se la colocó sobre los hombros.

—Gracias —murmuró con sorpresa.

Se acomodó la cazadora, metiendo los brazos por las mangas y notando el calor residual que aún quedaba del cuerpo de Enzo.

Al colocarse el cuello de la cazadora, le llegó el característico olor del denim, ese aroma a algodón gastado, a ropa lavada mil veces, que se mezclaba con el perfume de Enzo.

Cerró los ojos aspirando el cuello de la chaqueta por un segundo, dos como mucho. Cuando los abrió, Enzo la miraba.

Perfecto, te ha pillado y va a pensar que eres una psicópata. Piensa rápido.

—Perdona —disimulando con un bostezo—, es que estoy agotada por el día de hoy.

Fingió otro bostezo largo por si le valía como excusa, pero, al quedar aún peor de lo que estaba, optó por reincorporarse un poco en la silla para dejar pasar el momento.

Enzo hizo lo mismo y sus rodillas chocaron.

Un simple roce casual y momentáneo. Catalina esperaba que él la apartara, pero no lo hizo.

La mantuvo ahí, apenas apoyada contra la de ella.

Un contacto casi imperceptible que se transmitía a través de la tela de los pantalones .