4 #2
—Vale. Mesa cuatro y mesa dos. Pietro, enséñale la numeración. Que solo sirva platos y que no hable con nadie —dijo volviendo a sus fogones.
No parecía muy complicado. Solo tenía que dejar los platos y retirarse antes de que los clientes pudieran preguntarle algo que no supiera contestar. Pietro echó a andar y ella le siguió con los platos en alto.
—La numeración va por zonas —dijo sin aminorar el paso— Ventana, del uno al seis. Centro, del siete al doce y llega hasta el fondo. Las comandas las dejamos en la barra; cada plato lleva el número de mesa en el papel.
—Entendido.
—La cuatro es la de la pareja junto a la ventana. La del vestido verde.
Eran los primeros platos que servía en su vida.
De hecho, era la primera vez que trabajaba de cara al público.
Los primeros minutos no fueron perfectos.
Fueron más bien un desastre y no daba una.
Nunca había llevado una bandeja en su vida y usaba dos viajes para hacer lo mismo que sus compañeros conseguían en uno.
—¿Cuántas cervezas te han pedido?
—¿Cuatro? No, espera… cinco. —Giró la cabeza hacia la mesa, contando cabezas—. O eran seis…
—Lleva seis, por si acaso.
Abrió el grifo de cerveza y la espuma brotó como un volcán en erupción.
—¡Inclina el vaso!
Harían falta unas cuantas cervezas más a lo largo de la noche para que le pillara el truco.
Cuatro platos de pasta aparecieron en el pasaplatos .
—Mesa siete —indicó Enzo—. Los carbonara al fondo, los amatriciana a los laterales.
—¿Cuál era la mesa siete? —preguntó disimuladamente a su compañero.
—La del centro —indicó Pietro.
Después de unos cuantos viajes, de muchas copas de vino servidas, de un par de errores con las mesas que eran, llegó la hora de probar el sistema de los tres platos.
Lo veía en sus compañeros y ahorraba bastante tiempo: uno en cada mano y el tercero apoyado en el antebrazo izquierdo.
El primer intento casi acabó en catástrofe.
El segundo fue una catástrofe. El plato cayó, rompiéndose en mil pedazos y poniendo perdido el suelo de comida.
—Lo siento —admitió Pietro al momento—. Dame unos carbonara más, Enzo.
—Joder, Pietro, no estamos para tonterías.
Catalina decidió seguir una estrategia más segura y hacer un 2x1: aprovechando los viajes extras, hacía algo de cardio, que lo tenía un poco abandonado. Más viajes, sí, pero menos posibilidad de error y quema extra de calorías de regalo.
Poco a poco empezó a entender cómo funcionaba aquella «empresa de servir comida».
Memorizó rápido las zonas y las mesas. Los papeles con las comandas estaban grapados a unas pinzas.
Eran números y descripciones con alguna anotación a mano: «sin cebolla», «el queso aparte».
Eran números y lógica, un idioma que entendía bastante bien.
Pero con las idas y venidas, las mesas se convirtieron en números con caras.
La tres era la pareja mayor que comía despacio.
La cinco, el grupo de amigos que no paraba de brindar.
La ocho, el cumpleaños de la nonna. Las luces del local bajaron un poco de intensidad.
La mayoría de los comensales ya estaban con los cafés y la adrenalina del servicio ya había desaparecido. Enzo salió de la cocina empujando un carrito con un pastel de tres pisos coronado con velas sin encender. Las letras de chocolate formaban un nombre: nonna Lucía .
Pietro encendió las dos velas que marcaban los ochenta y cinco años.
Todo el restaurante comenzó a cantar. La nonna Lucía presidía la mesa más grande rodeada de sus hijos, nietos y algún que otro bisnieto.
Sopló las velas y todos cantaron “tanti auguri”.
Enzo cortó el pastel, Pietro sirvió los trozos y Catalina repartió cucharillas y servilletas limpias.
Cuando sirvieron el último café y la última copa de grappa quedó vacía, Catalina supo que había sobrevivido.
Hasta pensó que, si la despedían, al menos podría ganarse el pan trabajando de camarera.
La celebración terminó a las diez menos cuarto.
Los invitados fueron abandonando La Stella poco a poco.
Catalina había sobrevivido. Le dolían los pies, la espalda y, como regalo, se llevó un corte en un dedo que se cubrió con una tirita de Hello Kitty.
Salió afuera para dejarse caer en una de las sillas de la terraza.
La plaza, lejos de vaciarse, estaba aún más viva que el interior del restaurante durante el evento.
Los vecinos cruzaban la plaza con sillas en la mano y algunos con bolsas de palomitas en la otra.
Una señora de pelo blanco arrastraba dos sillas de playa plegables, con rayas descoloridas, mientras su marido se encargaba de la nevera portátil y saludaba a un grupo de adolescentes que extendían una manta directamente sobre los adoquines.
Enzo apareció del interior del restaurante con dos botellas de Coca-Cola bien frías en la mano.
—¿Es mi paga por el turno? —bromeó Catalina.
—Es una manera de reconocer el esfuerzo… y de ser agradecido.
Alzaron las botellas a modo de brindis y dieron un sorbo largo. No era un agradecimiento efusivo, pero viniendo de él, era un comienzo. Enzo se sentó a su lado.
—Así que ya conoces a don Ciccio. —Miró la plaza.
—Un par de días más y seré experta en cine italiano .
—Es tan apasionado y tan pesado que ha acabado convenciéndonos a todos de poner el cine de verano. —Señaló con la cabeza la pared del fondo de la plaza.
Dos hombres subidos en escaleras desenrollaron una lona blanca que cubrió los colores desconchados de la fachada.
Bajaron con cuidado y conectaron unos altavoces justo debajo.
Don Ciccio se encargaba del programa, que contenía seis títulos cuidadosamente seleccionados.
Catalina ni se acordaba de qué peli vio la última vez que pisó un cine de verano.
De lo que sí se acordaba era de aquellas crueles sillas metálicas azules que se clavaban por todos lados.
Observaba fascinada aquella plaza sacada de otra época.
—Se llama Piazza della Resistenza —explicó Enzo—.
En septiembre del cuarenta y tres, tras el armisticio, los nazis ocuparon Roma.
Durante los primeros días hubo barrios y grupos que se plantaron cuando intentaron entrar; duró poco, pero fue real.
Después, la resistencia se volvió clandestina.
Los vecinos escondían a familias enteras y se negaban a colaborar cuando venían las redadas.
Algunos se plantaban y no tuvieron mucha suerte.
Aun así, resistieron y resistieron. Por eso la plaza lleva ese nombre.
Enzo señaló los otros sitios de alrededor.
—Todos los negocios están igual que el primer día que los abrieron. Lucía, la nonna del cumpleaños, podría contarte alguna que otra anécdota de aquella época. Con la librería, o con La Stella, pasa igual. Han pasado de padres a hijos y algunos hasta a una generación más.
Paró un instante para dar un buen trago.
—Cada día que abrimos es como decir: «Aquí seguimos, resistiendo».
Catalina se mantuvo en silencio unos momentos.
A ver quién tenía el valor ahora de sacar el tema de que su multinacional quería comprar su restaurante.
Era hora de la retirada. Necesitaba pensar en otra nueva estrategia o, quizás, buscar otro lugar que no fuera La Stella.
Pietro salió de la puerta de La Stella con las flores en la mano. Ya se marchaba para casa .
—Gracias, signorina, nos has salvado. Toma, que no se te olvide. —Le entregó el ramo.
—Gracias a ti —respondió con una sonrisa cómplice por aquel plato caído al suelo.
En cuanto se alejó unos metros, le dio el ramo a Enzo.
—Lo del ramo… no es para mí… era para ti. —Estaba muerta de vergüenza mientras notaba cómo sus mejillas se calentaban.
—¿Para mí?
—Le pregunté a la florista —señaló con la cabeza hacia la tienda— cuáles eran las flores que significaban «lo siento». Olvídalo, es una tontería…
A Enzo le gustó el detalle del ramo, le pareció divertido.
—Son lirios blancos —añadió el italiano—. Cuando mi padre metía la pata, le pedía a Francesca que le preparara un ramo grande para mi madre. —Sonrió haciendo una pausa—. Creo que hemos empezado con mal pie.
—Me siento el enemigo invadiendo la plaza.
Enzo sacó uno de los lirios.
—Espero que también aceptes mis disculpas. —Se lo entregó a Catalina.
—Disculpas aceptadas.
—¿Te apetece un poco de cine italiano para acabar la noche? —preguntó Enzo.
Nada de bares de moda, exposiciones de arte moderno, restaurantes con reserva, photocalls o copas en terrazas con vistas. Una plaza, unas sillas de plástico y una película antigua. No era para nada el tipo de plan al que Catalina estaba acostumbrada, pero sonaba de maravilla.
Se excusó un segundo para ir al baño mientras Enzo agarraba un par de sillas y un tentempié.
Después de usar el servicio y lavarse las manos, se dio cuenta de la pinta que llevaba tras su primera batalla como camarera.
Sin pensarlo, abrió el bolso, sacó su neceser de emergencia y buscó el pintalabios, se aplicó algo de rímel y, por último, unos toques del pequeño frasco de perfume que siempre llevaba encima.
Dos toquecitos en el cuello y uno en la muñeca.
Un momento. ¿Por qué estoy haciendo esto?
Para nada era una cita. Era ver una película con los vecinos de una plaza que ni siquiera era la suya. Se soltó el pelo, volvió a recogérselo, lo dejó suelto. Mejor.
Es solo una película.