Chef´s Kiss 4
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Unas horas después, con la ilusión de volver al terreno de juego y la adrenalina del momento, salió del hotel en dirección a La Stella.

Aparcó la vespa en un lado de la plaza. Comprobó en el espejo retrovisor que no tenía nada entre los dientes y se atusó el flequillo.

De control de cuentas a vendedora. No era lo suyo, pero perder el trabajo en su primer día tampoco lo era. Se detuvo frente a la puerta y empujó.

Los camareros preparaban el servicio de la noche. Un camarero repasaba cubiertos y los colocaba en las mesas, mientras que el otro rellenaba las cámaras de botellas de agua. Uno de los camareros la reconoció al instante.

—¿Buscas a don Ciccio? Se fue hace un buen rato…

—En realidad… —Se alisó la chaqueta—, necesito hablar con el dueño. ¿Está disponible?

El camarero asintió mientras dejaba el trapo sobre la barra.

—¡Enzo! —alzando la voz hacia el fondo—. Te buscan.

La puerta de la cocina se abrió y apareció Enzo, el dueño del restaurante.

El mismo tipo que se había colado en el mercado y el mismo que chocó con ella en aquella esquina sin señal de stop.

Llevaba una camiseta blanca bajo la chaquetilla de chef y esa misma expresión de superioridad que ya conocía.

—Turista —soltó él, con una media sonrisa prometedora.

—Tú… —balbuceó—. Tú eres el dueño .

—¿Y tú sigues aquí? —Enzo se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿Qué pasa, te has perdido de camino al Coliseo?

Su cerebro funcionaba a toda velocidad, intentando recalcular la situación.

Profesionalidad, puedes arreglarlo.

—Necesito hablar contigo un segundo.

—¿Conmigo? —se extrañó Enzo.

—Sí, contigo. Es importante.

La miró de arriba abajo.

—Son trescientos euros.

—¿Perdona?

—Enseñarte la Fontana di Trevi, el Panteón… —Empezó a enumerar con los dedos—. Si vais en grupo, os hago hasta rebaja. Yo no, mi primo Caetano os lleva, que se le da muy bien. Eso sí, el acento es horrible.

Esa actitud dolía.

—No necesito que nadie me lleve a ningún sitio.

—¿Segura? Porque el otro día parecías bastante perdida con la vespa.

—Casi me atropellas tú a mí, por si no lo recuerdas.

Enzo soltó una carcajada breve.

—Claro, claro. La culpa siempre es del italiano. —Dio un paso hacia ella—. Si quieres comer o cenar, estamos llenos. —Se encogió de hombros con teatralidad—. Hoy, mañana, la semana que viene. Lo siento mucho. Pero hay un Domino’s Pizza a tres calles, seguro que tienen sitio.

Catalina notó cómo le subía el calor por el cuello.

—¿Quieres dejar de hablarme como si fuese boba?

—Boba no, turista.

—Deja ya de llamarme turista.

Uno de los camareros interrumpió.

—Margarita acaba de llamar. No viene.

Enzo giró la cabeza .

—¿Cómo que no viene? ¿Y Luigi?

El camarero negó con la cabeza.

—Tampoco.

La sonrisa burlona de Enzo cambió a preocupación. Se volvió hacia Catalina.

—¿Hay algo más en lo que pueda ayudarte? Estamos bastante ocupados y no tengo tiempo para tonterías.

Le temblaron las manos y apretó los puños. La frustración del géiser, los proveedores, las horas sin dormir y ahora, este tipo.

—Oye… —dio un paso hacia él—. Primero casi me atropellas y luego te cuelas delante de mí como si fueras el dueño del mercado.

Enzo abrió la boca para responder, pero no le dejó hablar. Había pillado carrerilla.

—Que sepas que he comido aquí —continuó—. Y tus flores de calabacín fritas, o como se llamen, no son para tanto.

La puerta de La Stella se abrió de par en par.

Un grupo de seis personas entró, saludó a Enzo con un gesto de cabeza y se sentaron en una de las mesas.

Un par de minutos más tarde, entró una pareja y, al segundo, los invitados de lo que parecía ser un cumpleaños, dedujo Catalina al verlos con paquetes de regalos y globos que colocaron en su mesa.

El restaurante pasó de estar vacío al caos absoluto en cuestión de segundos.

Catalina giró la cabeza hacia la entrada y, cuando volvió a mirar a Enzo, ya había desaparecido.

Se sintió invisible. Una extraña en medio de todo aquello.

Salió a la plaza. El aire fresco no le bajó el calor de la cara mientras se preguntaba además qué hacía ella intentando jugar a ser jefa.

Volvía a la casilla de salida. Se dejó caer en el borde de la fuente.

En ese momento, el teléfono sonó. Era Álvaro.

Pensó en tirar el teléfono a la fuente, quemar su pasaporte y huir del país, pero finalmente decidió atender.

—Álvaro… ¿Qué tal?

—Catalina, hemos mirado lo que nos has mandado.

El sitio, la ubicación, las fotos. Nos encanta.

Llevamos tiempo mirando el tema de restaurantes más pequeños, más exclusivos.

Nada de franquicias ni cadenas. “Slow food”.

Es una tendencia que está creciendo bastante.

La Stella encaja perfecto para probar. Si funciona, abrimos más. Cuéntame: ¿qué te ha dicho el dueño?

Como si estuviera jugando a “¿Quién quiere ser millonario?”, escuchó el tictac del reloj y la sintonía de tensión mientras pensaba en la posible respuesta:

A) Está encantadísimo con la idea, deseando comenzar con el proyecto de inmediato.

B) Creo que si lo duermo con cloroformo y le hago firmar, no habrá ningún problema.

C) Siento comunicarte que me ha mandado a mí, a ti y a la empresa a tomar por culo.

D) Perdona, ¿puedo usar el comodín de la llamada?

Tras darle un par de vueltas, decidió su respuesta.

—Está encantado, Álvaro. Muy ilusionado con la propuesta y deseando empezar.

Había logrado convencer a sus jefes de que tenía un nuevo negocio por delante. Podía pasar página con el incidente del géiser y salvar su culo. Solo había una cosa que se interponía entre su ascenso y el paro: Enzo.

Nunca había sido despedida, ni había suspendido un examen en su vida y no lo iba a hacer ahora. Sí o sí, tenía que conseguir que el impresentable de Enzo aceptase. ¿Cómo se había vuelto todo tan complicado de repente?

No. Me niego a tener mala suerte.

La señora mayor, que luego se presentó como Francesca, cerraba el puesto de la floristería de la esquina de la plaza. La niña, su nieta Irene, terminaba un trozo de pan sentada en una de las sillas. Catalina se acercó con una idea en la cabeza.

—Hola, perdone. Veo que va a cerrar, pero necesito un ramo de flores que signifique «lo siento». Algo muy pequeño, un detalle.

La florista paró el cierre para atenderla .

—Ah, allora… —dijo pensativa—. Lirios blancos. Eso siempre habla al corazón.

Al oír las flores que mencionó su abuela, la pequeña se levantó y trajo unos cuantos que colocó sobre la mesa. Arrastró su sillita y, junto a su abuela, empezaron a hacer el ramo.

—Tienes una buena ayudante. —Sonreía a la pequeña, que seleccionaba las flores, las cortaba y se las pasaba a su abuela.

Espero que me sirva de algo.

—Buena suerte, signorina.

Con el ramo en las manos, se disponía a saltar al vacío una vez más. En el pizarrón de la puerta de La Stella, donde se anunciaba el menú, ahora podía leerse: «Felicidades, Nonna Lucía».

El caos de gente que había comenzado cuando ella abandonó el restaurante se había multiplicado por dos.

No cabía ni un alma más y los camareros intentaban cubrir lo que claramente era trabajo para el doble.

En la zona de la barra, junto al pasaplatos de la cocina, Enzo se encargaba de preparar los pedidos.

Desde una mesa del fondo, alguien levantó la mano.

—¡Camarero!

Nadie lo escuchó. Empezaba a sentirse como Agatha Christie y el señor Poirot. Allá donde iba ocurría un crimen, solo que en su caso, en lugar de un asesinato, se producía el caos absoluto. Se acercó a la barra de la cocina con el ramo en la mano, sintiéndose ridícula.

—¿Cuánta gente, no?

Enzo ni siquiera levantó la vista de los fogones. Pietro pasó corriendo con una bandeja llena de copas sucias, ignorándola por completo. Intentó hacerse visible, pero en aquel ecosistema de caos organizado, ella era transparente. Enzo colocó dos platos sobre la barra y volvió a los fogones.

—¡La seis! —gritó.

Pietro apareció de la nada. Catalina intentó llamar su atención.

—Disculpa… —Ni siquiera la miró.

Aparte de ser como Poirot, también empezaba a tener el poder de la invisibilidad .

—¡Enzo, faltan dos platos en la mesa ocho!

—¡Están saliendo!

No había peor momento para hablar con Enzo. El ramo de lirios empezaba a parecer ridículo en medio de aquel desorden. Salieron otros dos platos más.

—Estos son los de la cuatro. Voy a por los de la ocho.

Enzo desapareció de nuevo. Pietro pasó corriendo con una bandeja de copas vacías y el otro camarero estaba tomando nota de las bebidas de una mesa grande. Nadie los repartía. Un nuevo plato más. Se iban acumulando.

—¡Mesa ocho y los de la cuatro siguen aquí! ¿Qué pasa, chicos?

Catalina dejó el ramo en una esquina de la barra. Se recogió el pelo con una coleta improvisada y se pusó un mandil que colgaba de un gancho junto a la caja registradora.

—¿Qué tengo que hacer?

El poder de la invisibilidad desapareció al instante. Enzo se asomó para ver a la turista con dos de los platos en las manos.

—Para empezar, dejar esos platos en la barra.

—¿Qué mesa es la cuatro? —preguntó ignorándolo por completo.

—Deja eso, que lo vas a romper.

Pietro apareció por el otro lado, agarrando los de la mesa ocho.

—Hola, Pietro, mi nombre es Catalina. Ya nos conocemos de antes. Voy a ayudaros en lo que pueda, si es que me dejan. Si me indicas, yo hago lo que tú me mandes.

—Esos van a la mesa del centro —dijo indicando a Catalina con la cabeza.

—¿Se puede saber qué haces? —interrumpió Enzo dándole un toque a Pietro.

—No damos abasto; necesitamos ayuda.

—Eso lo decido yo.

El segundo camarero apareció para alegrar la fiesta.

—Paolo dice que la nonna no puede tomar nata ni champiñones.

—¡Pero si ya le he preparado el plato!

Desde algún lugar del restaurante alguien alzaba la voz .

—¡Pietro, el agua!

Era el momento de tomar una decisión y quizás comerse el orgullo. Nadie se movía y los dos camareros necesitaban la ayuda de la extranjera. Solo faltaba el sí del jefe.

—Tú dirás —insistió Pietro.