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Siguió su camino por el mercado. Segunda vez que dejaba a Catalina con la palabra en la boca. Mientras se alejaba, no pudo evitar mirarle el culo y odiarlo aún más al ver lo bien que le sentaban esos vaqueros.
No. Para, céntrate. Igual una ducha fría al volver al hotel no sería mala idea.
Sacudió la cabeza, quitándose la visión de ese trasero alejándose entre puestos de fruta. La verdad es que, si todos los italianos eran así de imbéciles, no entendía esa fama de galanes apasionados.
Dejando la fantasía a un lado, era hora de afrontar la realidad y volver al restaurante del géiser.
Con suerte, igual lo vivido ayer había sido otra pesadilla como la que había tenido anoche y, cuando llegase, todo estaría impoluto y preparado para empezar a trabajar.
Pero no, en cuanto cruzó la esquina, la situación no había mejorado mucho.
Al menos el agua ya no emanaba cual río del lugar y no se veía rastro de los bomberos.
Por lo demás, todo seguía igual: las cintas de seguridad, un hueco donde antes estaba una pared, una pila de escombros, muebles, barro, papeles y gente intentando limpiar más o menos la zona. Caos, más contenido, pero caos al fin.
Okey.
Asumió que todavía no estaba lista para enfrentarse a ese problema, no al menos hasta que se le ocurriera un plan B.
Antes de que alguien pudiera reconocerla, se escabulló de allí.
Diez minutos después, estaba frente a la pizarra del menú de La Stella que anunciaba fiori di zucca fritti.
Todavía no había noticias de Marta y Catalina se quedó con la curiosidad de aquella mujer tan enigmática y su perro.
Entró y buscó al simpático anciano de ayer, que la observaba divertido desde su mesa.
Se levantó con parsimonia y, en un gesto caballeroso que parecía sacado de otra época, le movió la silla para que se sentara.
—Hoy celebramos dos cosas. Los cincuenta años que cumple “El reportero”, y también que sigues en Roma, al menos por un día más.
Se quitó la chaqueta y se sentó. La mesa tenía dos servicios preparados, dos copas y una jarra de agua con rodajas de limón. El camarero apareció con una libreta pequeña. El mismo de ayer, camisa remangada y mandil con las manchas del día.
—Don Ciccio, a ti no te pregunto —dijo dirigiéndose a Catalina—. ¿Qué va a tomar la señorita?
Antes de que pudiera abrir la carta, don Ciccio se adelantó.
—Tráele también unos fiori di zucca fritti.
Cerró la carta sin mirarla.
—Suena de maravilla.
Tras tomar nota, el camarero se retiró hacia la cocina.
—Bueno, ayer me fui con la curiosidad. Me tiene que contar la historia de la mujer del perro.
—Por supuesto. Pero antes estaría bien saber quién es mi interlocutora. Tú ya sabes que me gusta el cine .
—Yo también construyo cosas, más o menos.
Decir «trabajo para una multinacional que compra locales, los transforma y los explota» no sonaba exactamente poético.
—Entonces tenemos una artista.
—Tengo bastante poco arte. Digamos que… compramos cosas que no terminan de funcionar, que están medio rotas, las arreglamos y luego les sacamos partido.
—Nosotros hacíamos algo parecido. Éramos expertos en arreglar cosas; las pintábamos, les poníamos cuatro focos y todos parecían palacios.
—Más o menos, algo así.
El camarero regresó con las flores de calabacín. Una presentación muy cuidada, tiernas, abiertas como flores de bronce. Al partirlas, asomaba la mozzarella fundida y un destello salino de anchoa. —Dos de fiori di zucca fritti —dijo dejando los platos sobre la mesa.
Don Ciccio ni esperó. Cortó un trozo con el tenedor y se lo llevó a la boca.
Catalina le siguió y, desde luego, aquello estaba espectacular. Desde luego, no sabía que los calabacines tenían flores y que podían estar tan ricos.
—Está increíble.
Don Ciccio señaló alrededor con el tenedor mientras masticaba sin prisa.
—Esto no lo encuentras en ningún otro lado.
Ahora todos los sitios son iguales. Roma, Madrid, París.
Son decorados baratos. Vas a Milán y parece Roma.
Vas a Barcelona y parece Milán. Las mismas tiendas, los mismos carteles, los mismos menús, pero en seis idiomas diferentes.
Pero este sitio no es así. Hay un montón de restaurantes italianos en el mundo, pero solo hay una Stella.
Era verdad y estaba de acuerdo. Aquel lugar y aquella plaza tenían algo especial. De alguna manera habían logrado sobrevivir tal cual y mantenerse al margen de todo el ruido externo.
—Es muy bonito .
—¿Bonito? —Don Ciccio negó con la cabeza—. Bonito es el pescado que ponen los viernes.
El camarero apareció para rellenar las copas de agua. Don Ciccio aprovechó para pedir más pan.
—Pero cada vez viene menos gente. El dueño anda siempre preocupado. Es igual que cuando terminábamos un rodaje. Siempre me daba mucha pena. A mí no me han dicho nada, pero me da que esta película se está acabando.
Esa sonrisa permanente que caracterizaba a don Ciccio desapareció por un instante.
—Bueno —dijo intentando animarle—. Aún sigo sin saber la historia de la mujer del perro.
Don Ciccio sonrió de nuevo.
—Fue una gran actriz de Cinecittà, nada que envidiar a la Loren o la Lollobrigida… Era muy buena. No una de las grandes, pero sí muy grande. Hay diferencia. Las grandes salen en las portadas de las revistas. Las muy grandes hacen que las películas sean inolvidables.
El camarero retiró los platos vacíos. Don Ciccio pidió dos cafés sin consultar.
—La película era del año setenta y uno. Era una película de época. Se rodaba en el campo, cerca de Frascati. Ella hacía de una mujer que esperaba a su marido, que había ido a la guerra y no volvía. Cuando la veías en pantalla, creías que podía esperar cien años si hacía falta.
Don Ciccio se reclinó en la silla.
—En esa película construimos un puente. El director lo quería para el final, cuando el marido cruzaba el puente y volvía a casa.
El caso es que cuando lo terminamos, el puente era demasiado pequeño.
No sabíamos si el error había sido nuestro o del maestro de obra o a saber.
Imagínate la que se lio. Dinero perdido, tiempo perdido. Un desastre…
Desde luego, don Ciccio era buen contador de historias. A esas alturas, Catalina estaba en la guerra con un fusil en la mano, esperando al otro lado del puente a ver qué pasaba con el marido .
—Al final el puente no se usó. Tuvieron que cambiar el guion a última hora y el marido ya no volvía; moría en la guerra. El puente no aparece ni un segundo en la película.
—Menudo marrón.
Los cafés llegaron.
—Al principio sí, pero —sopló la taza—, aunque perdieron dinero en ese momento, luego gracias a ello usaron ese puente en varias películas más. Cinco o seis, si mi memoria no me falla. Llegaron a sacar mucho más dinero del que había costado construirlo.
Dio un sorbo al café.
—Deberían haberme dado parte de las ganancias —bromeó—. O al menos ponerme en los créditos. El puente se puede ver en seis películas y mi nombre ni aparece.
La idea le llegó de golpe, como un flash. Un puente inútil que se convierte en algo rentable. Se le había abierto una nueva posibilidad. Miró a su alrededor: las fotos de Fellini y Hepburn, la historia viva en las paredes. No era un decorado, era real.
—Tengo que irme.
Don Ciccio la miró desconcertado.
—¿Cómo? Pero si aún no te he contado nada de Vittoria.
—Vittoria, así que ese es su nombre.
—Sí. ¿Y el postre? —preguntó don Ciccio—. Hay tiramisú.
Pero ya se estaba poniendo la chaqueta, metiendo los brazos en las mangas con prisa.
—Mañana, con suerte, igual sigo en Roma.
Y antes de que don Ciccio pudiera despedirse, Catalina ya había desaparecido por la puerta.
Se abalanzó sobre su vespa y, al arrancar, asustó a unas palomas que salieron volando. Recorrió las calles emocionada, convencida de que tenía la solución a todos sus problemas.
Se sentó frente al escritorio nada más entrar en la habitación del hotel.
Marta ya iba camino de Madrid y los dueños del otro restaurante no habían dado una respuesta.
Buscó La Stella en internet: encontró noticias antiguas, nada actual.
Revisó sus redes sociales: no tenía. Tomó notas rápidas.
Dedicó la última hora que le quedaba a elaborar una presentación rápida que le salvara del despido que se le venía encima.
Eran las cuatro de la tarde y Álvaro ya había aterrizado en Dubái. Cuando sonó la musiquita de la videollamada, pulsó el botón y comenzó a hablar antes de que nadie pudiera decir nada.
—Imagino que ya te han puesto al día, pero antes de que digas nada, déjame contarte una posible solución —concluyó decidida.
Desde luego, la manera en la que había empezado la conversación prometía.
—Te escucho —respondió Álvaro con curiosidad.
Le expuso su nuevo descubrimiento: La Stella, un restaurante con ese antiguo glamour de cine, podría ser perfecto.
Tenía historia, potencial y atravesaba apuros económicos.
Si hacían una buena oferta, el dueño no dudaría en aceptarla.
Era una buena oportunidad que les había caído del cielo.
Álvaro tardó un poco en asimilar la información.
—En un principio no suena mal. Tengo que hablarlo con Paloma y mirarlo bien. ¿El dueño está de acuerdo?
Rápidamente barajó la respuesta que debía dar para conservar su trabajo.
—Estuve con el dueño y le ha gustado mucho la idea, pero he preferido hablarlo contigo antes.
Esa frase le gustaba a Álvaro. Sobre todo la parte de que el dueño estaba en buena predisposición.
—Habla con él. Dile que nos interesa y que nos encanta el lugar.
—Perfecto. Ahora mismo me está esperando allí.
—Genial. Cuéntame en cuanto hayas hablado con él —hizo una pausa y bromeó—. No la cagues esta vez.
—No lo haré. Lo prometo.