3 #2
En cuanto abría los ojos por la mañana, siempre agarraba su teléfono para ver los mensajes de primera hora o cualquier notificación sorpresa de madrugada.
Esta vez decidió darse unos minutos de más para evitar enfrentarse a los mensajes que seguramente tendría por parte de la compañía.
Al estirarse, notó cómo la inmensidad de la cama king size le hacía sentirse aún más pequeña, si cabe.
Había dejado la habitación hecha un desastre.
En el suelo, su ordenador y parte de la ropa que había llevado el día anterior, dividida en fascículos: un zapato al lado de la puerta, otro al lado de la almohada y la blusa y el pantalón hechos un burruño a los pies de la cama.
Nada propio de ella. Su cabeza responsable no le dejó perder más de dos minutos, así que miró el teléfono para leer el mensaje de Álvaro: «Vuelo a Dubái y no estaré disponible hasta las 16 h (hora de Madrid).
Hablamos cuando aterrice». Dentro de lo malo, aquello eran buenas noticias.
Tenía nueve horas para encontrar una solución o, si no, preparar una bonita carta de dimisión.
Tres golpes en la puerta de la habitación fueron lo que la levantaron de la cama.
Con suerte le traían el desayuno a la habitación.
Todavía seguía siendo una ejecutiva. Chófer y desayuno completo.
Cruzó la habitación esquivando el otro zapato que seguía tirado junto a la almohada y abrió la puerta de un tirón.
Era Marta, sin maleta y vestida de traje.
El desayuno tendría que esperar un rato más.
—¿Pero qué haces aquí…?
—Yo también me alegro de verte.
—¿Has venido por mí?
Marta le dio dos besos y un buen abrazo necesario.
—He venido por ti, entre comillas. O sea, sí, porque si no fuera por ti no estaría aquí, y no, porque tengo una reunión en una hora y luego me vuelvo a Madrid.
Al entrar Marta, notó la gravedad del asunto al ver el estado de la habitación.
—¿También llegó hasta aquí el géiser?
—Lo sé —dijo tapándose la cara.
—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi amiga?
—Ahora ordeno todo.
—He visto las fotos. Uno de los de la obra las envió a medio departamento. Álvaro me llamó ayer a las once y a las seis de la mañana estaba en Barajas.
Catalina se dejó caer en la silla del escritorio.
—No he durado ni un día.
—Es que también, qué mala suerte.
—Bueno, es Roma, es una ciudad antigua. Pues me ha tocado .
—Solo faltaban las ranas nadando por el restaurante. A ver si te han echado un mal de ojo. ¿Le has quitado el puesto a alguien? ¿Hace cuánto no te haces una limpieza energética?
—No empieces. Y gracias por el apoyo moral —dijo con ironía.
—El apoyo moral te lo doy luego. Ahora soy abogada y tenemos un pequeño problema.
Marta se quitó la chaqueta y la dejó sobre los sillones.
—Imagino que no lo has hecho, ¿pero has hablado con los dueños? Con los de la pizzería que nos vendieron el local.
—No he tenido tiempo —negando con la cabeza—. De hecho, cuando llegué, el restaurante ya era un parque acuático.
Marta caminaba por la habitación. Lo hacía siempre que tenía que darle vueltas a algo que no le gustaba.
—Hay una cláusula, la 7.3, que habla de fuerza mayor, eventos imprevisibles, desastres naturales, actos de Dios.
—Un géiser no es un acto de Dios, es que han picado piedra y hay una fuente debajo.
—Unas termas romanas que llevaban dos mil años enterradas y que nadie sabía que existían… podría argumentarlo; además, ¿tú de qué lado estás?
Catalina comenzó a recoger un poco mientras escuchaba con atención.
—Hemos pagado un año de alquiler, pero si consigo que clasifiquen esto como fuerza mayor, aparte de no tener que asumir el coste de los daños, tendrían que devolver el dinero que se adelantó de la renta. Y es una pasta.
—Si consigues que no me despidan, te invito un mes entero a lo que quieras.
—Que yo sepa, nadie ha dicho nada de despedirte, al menos por el momento. Pero bueno, no te lances tanto, que no sé cuántas posibilidades hay de que salga bien. ¿Has pensado en algo?
—Quería ir a hablar con los proveedores, pero no sé qué decirles .
—Cuéntales lo que ha pasado, a ver si nos pueden posponer los envíos. Ahora mismo no hay restaurante, pero lo va a haber. Ponle un poco de drama, que les dé pena y les cueste decirte que no.
—Tendrías que venir conmigo.
—No puedo. Usa la carita de pena que me pones siempre que quieres algo.
Catalina ya tenía esa cara puesta casi en modo automático.
—Lo ves, conmigo siempre funciona.
—Es la cara que tengo, estoy en pánico.
Marta volvió a ponerse la chaqueta y abrazó a su amiga. Iba tarde y no podía quedarse más tiempo.
—No creo que digan algo hoy, pero te voy contando cómo va la cosa. Suerte con los proveedores —concluyó antes de marcharse.
Con una nueva misión entre manos, Catalina salió del hotel y cruzó Roma en vespa hasta llegar al mercado.
El problema gordo de los proveedores estaba en que, si la empresa no cumplía lo pactado, tendría que pagar el 75 % de los costes.
Es decir, pagar mucho dinero por una comida que nadie iba a recoger ni usar.
El Mercato di Testaccio era un hervidero de vida y aún más a esa hora de la mañana.
Escuadrones de señoras mayores con sus pelos cardados —en tonalidades que iban desde los negros azabache y los cálidos caoba hasta los atrevidos blancos morados— circulaban armadas con sus carritos como si ese fuese su territorio.
Catalina las observaba mientras recorría los pasillos.
Los tenderos de cada puesto —frutas y verduras, carnes, quesos, pescados— hablaban a voces, preguntando quién era el siguiente, regateando y anunciando lo fabuloso que era su género.
Se ajustó su chaqueta y comenzó su ronda.
Se acercó al primer puesto de su lista, donde un hombre corpulento con mandil blanco ordenaba piezas de carne tras el mostrador. Era la primera vez que se enfrentaba a una negociación.
—Buenos días. Me llamo Catalina, vengo de parte de Marwood Global Holdings .
El hombre dejó lo que estaba haciendo y se limpió las manos en el delantal.
—Ah, sí, buongiorno.
—Tenemos un contrato con ustedes para el suministro del nuevo restaurante en Vía Celsa.
—El proyecto del chef Ferri —asintió reconociendo el nombre—. Lo tenemos todo ya preparado en el almacén.
—Precisamente de eso quería hablarle.
El proveedor parecía un hombre razonable, así que fue directa al grano.
—Ha surgido un problema. Ayer encontraron unas termas romanas bajo el edificio. Patrimonio Cultural ha intervenido y las obras se han paralizado.
El hombre la miraba sin entender a dónde quería llegar.
—¿Y…?
—Necesitaríamos posponer la entrega.
—¿Cuánto tiempo?
—Eso aún no lo sabemos. Es lo que estamos intentando determinar.
—¿Pero van a seguir con el mismo local?
—Eso… eso tampoco lo sabemos todavía.
La conversación comenzaba a ser bastante embarazosa. El proveedor apoyó ambas manos en el mostrador.
—Y, ¿hablamos de una semana? ¿Dos?
Sin pensarlo, soltó el melón, quitándole importancia. Como si aquello no fuera importante.
—Una semana, dos… seis meses… igual puede que un año, si la cosa no va bien.
—¡Un año! —gritó.
El proveedor soltó una carcajada seca, sin humor. Se retiró del mostrador y lo siguió, intentando retomar la conversación.
—Seguro que es mucho menos, no va a ser tanto .
—Signorina, yo la entiendo, pero tengo un almacén lleno de comida para ustedes. Y solo tengo un almacén. Si lo ocupan, no puedo usarlo para otros clientes.
Era la hora de usar la carita de pena. Intentó relajar los músculos, bajar ligeramente los hombros, abrir más los ojos. Pero aquello era ridículo. El proveedor ni se inmutó.
—Le doy dos meses —dijo el hombre, cortando cualquier réplica con un gesto de la mano—. A partir de ahí, pagan y se llevan la mercancía.
—Dos meses es muy poco tiempo para…
—Es lo que hay. —sentenció cual César.
Tras dejar claras sus condiciones, se marchó.
De seis meses a un año había dicho aquel hombre con bigote de Patrimonio.
Dos meses no eran nada, pero mejor eso que tener que pagar ahora.
Aún le quedaban tres proveedores más, pero no hubo tanta suerte.
Como mucho le concedían tres semanas de plazo para retirar y pagar los pedidos.
De hecho, algunos de ellos no lo tomaron bien y fueron bastante claros.
—Lo siento mucho por usted, pero ¿y yo qué hago con todo esto en el almacén? —le espetó uno de los queseros, señalando las cajas con diferentes tipos de queso—. ¿Sono io el ratón Mickey?
—Entienda que no es mi culpa…
—¡Me da igual! Todo esto es de ustedes y lo tienen que pagar.
Como las negociaciones con todos los proveedores habían ido de mal en peor, tras un par de horas ya no tenía energías.
Recorrió uno de los pasillos del mercado y se detuvo frente a un puesto de fruta.
Estaba exhausta y necesitaba recobrar fuerzas.
Escogió un par de piezas de fruta, se acercó para que la vendedora pudiera cobrarlas y alguien se coló delante de ella.
En menos de un segundo, la mujer ya estaba colocando una bolsa de papel en manos del recién llegado.
—Aquí tienes. Las flores de calabacín que me pediste .
Cansada del cúmulo de derrotas sufrido durante la mañana, saltó al momento.
—Perdona, pero creo que estab… —Paró de hablar al ver su rostro.
Era… el imbécil del ciclomotor.
—Perfetto, grazie —respondió el chico con naturalidad.
Catalina se cruzó de brazos. Él la había visto y la reconoció perfectamente.
—Te cuelas en los mercados, conduces como un maníaco… Eres una joyita.
—No me he colado, turista. Me conocen. —Levantó la bolsa como si fuera prueba suficiente de su derecho a estar allí—. ¿Y tú qué haces aquí? ¿Buscando una pizza con piña?
Catalina resopló, cruzándose de brazos.
—Pues estoy aquí por trabajo y negocios, que lo sepas.
Alzó ambas cejas, sorprendido, y rio entre dientes.
—Además no tengo que explicarte ni justificarte nada. Me da igual que te conozcan; estaba yo antes.
—Claro…
La burla de él era evidente antes de girarse para despedirse, solo, de la vendedora.