Chef´s Kiss 3
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La plaza se abrió ante ella, circular, pequeña.

Con una fuente de piedra en el centro que goteaba sin prisa.

El ruido de la ciudad había desaparecido.

Parecía un lugar secreto. O que se había golpeado la cabeza con algo y estaba alucinando.

Muy despacio, casi pidiendo permiso, empezó a recorrerla.

A la izquierda, una tienda de flores diminuta.

Era como una explosión de color en medio de los colores terrosos de los edificios.

En la puerta, una mujer mayor, de cabello negro corto, con vestido y un delantal estampado, regaba las plantas con una manguera.

Tenía una expresión de paz que Catalina en esos momentos envidiaba terriblemente.

A su lado, una niña de unos seis años, sentada en una sillita de madera baja, recogía las flores que quedaban desperdigadas por el suelo y, mientras canturreaba, tejía pequeñas coronas.

Se quedó embobada mirando la escena. Ajenas a su drama interno, abuela y nieta disfrutaban en calma de esa mañana de verano.

Si en ese momento hubiese aparecido un hada madrina, lo habría creído, pues había algo de aquella escena que resultaba mágica.

Temía que si parpadeaba o levantaba la voz, aquel lugar desaparecería.

A pocos pasos, una librería antigua ocupaba el siguiente local.

En la puerta, un hombre de mediana edad ordenaba postales y libros con tapas desgastadas mientras escuchaba la radio.

El toldo decía “Libri Antichi – Old Books”.

El hombre la vio, la saludó con una sonrisa y, con un gesto de la mano, la invitó a pasar.

El interior la deslumbró. Pilas y pilas de libros, como torres inestables que se alzaban hasta el techo.

En la pared, un cartel decía «Si no sabe qué leer, pregunte a Giuseppe».

Olía a papel viejo, a tinta, a madera. En una esquina, un sillón orejero invitaba al lector a pasar horas y horas perdido entre páginas.

Estuvo tentada. Igual ahí, escondida entre libros, nadie la encontraría.

Salió, le dio las gracias al señor y siguió recorriendo la plaza.

Al fondo, una casa de aspecto señorial con un gran portón de madera tallado con motivos florales y, justo en el lado opuesto, escondido entre la vegetación, lo vio.

Un restaurante pequeño, con un toldo color burdeos descolorido por el tiempo y parte de la fachada cubierta de hiedra.

Tenía un par de mesas redondas pequeñas a los lados de la puerta y una pizarra anunciaba el menú del día con una caligrafía elegante. El nombre del restaurante: La Stella.

Un aroma intenso a salsa de tomate y vino le recibió como un abrazo necesario al entrar, sin pretensiones, solo el olor a comida casera que prometía el consuelo que le faltaba a su día.

Podía imaginarse que en la cocina estaba la típica nonna italiana, que te escucha y te reconforta, y eso era lo que necesitaba en ese preciso momento.

Los dos camareros que había no llevaban uniformes, sino camisas remangadas y mandiles ligeramente manchados por la jornada.

No había ningún intento por impresionar, ni platos rarísimos o recomendaciones de vinos a precios estratosféricos.

Tenían la naturalidad de un lugar que lleva años funcionando y que conoce a sus clientes.

En las paredes, una colección de fotografías enmarcadas captaba la atención de cualquiera que entrara.

No eran solo imágenes de las grandes estrellas del cine italiano; también aparecían rostros de Hollywood, nombres que todo el mundo reconocería.

Actores, directores, músicos, todos posando en aquel lugar que sobrevivía al paso del tiempo.

Parecía que todo el que había sido importante en algún momento había comido allí.

—El plato del día es rigatoni all’arrabbiata —informó el camarero que apareció por su lado.

El gesto del brazo invitaba a Catalina a seguirle.

Asintió y el joven la llevó hasta una mesa.

Entre los pocos comensales que había, dos figuras llamaban algo más la atención.

Sentada junto a la ventana, una mujer de edad avanzada sostenía una copa de vino con la misma gracia con la que una estrella sostiene un cigarrillo en las películas de blanco y negro.

Su cabello, perfectamente arreglado en suaves ondas, y su mirada intensa le conferían un aire distinguido.

A su lado, como acompañante, un galgo napolitano descansaba en lo alto de la silla.

Su atención volvió una vez más a las paredes llenas de fotografías.

En una de ellas, un grupo de actores fumaba y reía alrededor de una mesa.

En otra, un director de cine italiano brindaba con el dueño del restaurante.

—Vacaciones en Roma.

La voz venía de la mesa de al lado. Se trataba de un hombre mayor con boina que daba el último bocado al postre. Sobre la mesa tenía un cuadernillo con anotaciones y dibujos.

—Bueno, más bien por trabajo —aclaró.

—Me refiero a la foto —señaló con el dedo.

En una de las fotos de la pared se reconocía a Gregory Peck posando junto a Audrey Hepburn sobre la vespa y con los equipos de cámara de fondo.

—Sí, es una de las películas preferidas de mi madre.

—Y la favorita de muchos. No la mía, he de decir.

Yo prefiero las de ese que sale ahí, Fellini —señaló otra foto e infló el pecho con orgullo—.

Don Ciccio Bellucci, escenógrafo. Si has visto una película italiana antigua, seguramente he construido algo en ella.

Si te fijas bien, me verás en alguna que otra foto.

El camarero regresó con su plato de rigatoni all’arrabbiata. Al tomar el primer bocado, Catalina pudo saborear la salsa de tomate, el ajo y la albahaca con ese puntito de picante que le daba la guindilla. Bastante delicioso.

—¿Lleva mucho viniendo?

—Desde el sesenta y siete —dijo haciendo memoria—. Yo tenía diecinueve años cuando me dieron mi primer trabajo.

—¿Empezó aquí de camarero?

—No, rodábamos una película ahí afuera, en la plaza.

—Oh, ¿cuál era ?

—No, no. Si quieres te doy una lista con las ochenta y seis películas que he hecho y ves la que quieras, pero no esa.

—No puede ser tan mala, seguro que exagera.

—Créeme. Estoy orgulloso de la mayoría de los trabajos que he hecho. Hay muchos buenos y otros que son basura. Esa fue malísima. De hecho, no he vuelto a ver la película.

El camarero apareció de nuevo con el vino preparado para servir. Llenó la copa hasta la mitad. Catalina, sin pensarlo, se la bebió de una vez.

—¿Le pongo otra? —preguntó el camarero con delicadeza.

—Por favor.

Volvió a rellenar la copa hasta la mitad. Al ver que esta vez no le tocaba, se retiró. Don Ciccio levantó su copa.

—Salud. Un día complicado, por lo que veo.

—Como una de esas películas malas que comenta usted.

—“Usted” le decían a mi padre; yo soy don Ciccio.

—Encantada, don Ciccio. Yo soy Catalina.

—Como la gran Caterina Boratto. Antes, aquí venía todo el mundo. Actores, actrices, guionistas, productores. Este sitio no era un restaurante cualquiera. Yo nunca trabajé con Caterina, pero aquella señora sí.

Don Ciccio señaló a la esquina del restaurante, donde la señora del perro seguía sumida en sus pensamientos.

—Pero hoy no ha venido con mucho humor… no hay quien le diga nada.

—¿Quién es? —preguntó en voz baja, fascinada por aquella señora.

Don Ciccio dejó su copa sobre la mesa y la observó, preguntándose si su interlocutora era digna de dicha información. Esbozó una leve sonrisa y comenzó a recoger sus cosas para marcharse.

—Ven mañana a la una de la tarde —añadió con tono picaresco mientras le guiñaba un ojo.

¿Mañana? Mañana seguramente estaba de vuelta en Madrid rumbo a su despido .

—Igual ya no estoy en Roma —dijo con cierto tono de desilusión.

—Pues qué pena, porque vas a perderte una buena historia.

Don Ciccio se levantó de la mesa y se colocó su característica gorra.

—Tráele de postre una crostata de ricotta —le avisó al camarero—. Al postre invito yo.

Cual soldado derrotado, Catalina volvió a su hotel.

Los huéspedes tomaban una última copa en el bar antes de cerrar el día.

Se dejó caer en la cama sin ni siquiera quitarse los zapatos.

Tenía que llamar a Álvaro y contarle, pero ¿qué le iba a decir?

«Hola, Álvaro, ¿recuerdas ese proyecto millonario que me confiaste?

Pues ha salido un géiser». Necesitaba ese plan B primero.

Se quedó dormida vestida, con la luz encendida, y cayó en un sueño extraño.

Estaba en la inauguración del restaurante cuando un hilillo de agua comenzó a brotar del suelo.

Al principio intentó taponarlo con el pie, pero surgió otro, y otro, y otro más.

El restaurante empezó a inundarse. Despertó justo cuando Alessandro Ferri la amenazaba con cobrarle por arruinar su traje de Armani, mientras Álvaro —vestido de gondolero— atravesaba el comedor cantando “O sole mio”.

La noche no acabó ahí. A las tres de la mañana había considerado renunciar.

A las cuatro, cambiar el vuelo, volver a Madrid esa misma mañana y renunciar en persona.

A las cinco… a las cinco se quedó dormida por agotamiento.