2 #2
Su cerebro intentaba encontrarle lógica. Una tubería. Tenía que ser una tubería. Grande, sí. Enorme. Pero una tubería al fin y al cabo. Algo que se puede arreglar, algo con solución.
—¿Catalina?
Giró la cabeza, aturdida. Un hombre con casco amarillo, plano de obra en mano y expresión agotada la observaba con resignación.
—Soy Marco, el jefe de obra. Hemos estado hablando estos días, ¿se acuerda?
Apenas asintió.
—Venga conmigo.
Le tendió unas botas de agua enormes, de esas industriales que llegaban casi hasta las rodillas.
Luego, un chaleco reflectante naranja y un casco blanco.
Se los puso sin pensar, sin protestar. Las botas le quedaban grandes y el casco también.
Se sentía como cuando de pequeña se disfrazaba con la ropa de su padre.
Caminaron hacia el restaurante. Bueno, lo que quedaba del restaurante.
El agua les cubría los tobillos cuando cruzaron el umbral.
Catalina miró hacia abajo y vio cómo el líquido se arremolinaba alrededor de sus botas, arrastrando serrín, trozos de yeso, algún que otro clavo.
Una silla flotaba panza arriba cerca de lo que era la barra.
Un cuadro que se iba a colgar en la entrada ahora estaba medio sumergido, apoyado contra una pared.
—¿Qué ha pasado?
Marco suspiró, frotándose la frente con el dorso de la mano mientras esquivaba una tabla que pasaba flotando.
—Mire, yo le explico, pero que quede claro: yo aquí no tengo nada que ver, ¿eh? —se apresuró a decir, levantando las manos—. Estábamos picando en la zona de la cocina. Todo normal.
Catalina lo miró sin decir nada.
—Pero al romper una losa, el suelo cedió. Y yo qué iba a saber lo que había debajo, ¿no? Nadie lo sabía. Esto no estaba en los planos. No estaba en ningún estudio previo. Yo solo picaba donde me dijeron. El arquitecto dio el visto bueno. El aparejador también. Yo solo ejecuto. No es culpa mía.
Esto tiene que ser una broma. Ahora aparecerá alguien con un ramo de flores y me dirá que soy maravillosa y que es una cámara oculta.
Nadie apareció. Avanzaron un poco más. El agua les llegaba ahora casi a media pantorrilla. Catalina vio una lámpara flotando, meciéndose suavemente, el cable todavía enchufado a algún lugar bajo el agua. Surrealista. Todo era completamente surrealista.
—¿Y qué hacemos? —preguntó echando una ojeada al desastre.
Antes de que Marco pudiera responder, una voz sonó a su espalda.
—¿Hacer? No van a hacer nada.
Catalina se giró.
Un hombre bajito, con gafas tipo quevedos que le resbalaban por la nariz, también con botas de agua y un casco como el suyo.
—Verá, lo que han encontrado aquí no es poca cosa.
Tenemos indicios de unas termas del siglo II después de Cristo.
Muy bien conservadas, por cierto. Y este conducto de agua…
—Hizo un gesto elegante hacia el géiser, como si estuviera presentando una obra de arte—.
Es parte de un sistema de acueductos que creíamos perdido. Fascinante, realmente.
—Fascinante —repitió Catalina.
—Sí, sí. Y el flujo del agua indica que la galería conecta con una fuente subterránea aún activa. Estamos hablando de un hallazgo arqueológico considerable. Esto cambia lo que sabíamos sobre la distribución del agua en esta zona de la ciudad. Habrá que hacer estudios, cartografiar, documentar…
Catalina sintió que el suelo se movía bajo sus pies. O quizá era solo el agua.
—Perdón, pero… ¿Usted quién es?
El hombre se acomodó las gafas y le tendió una mano húmeda .
—Dottore Palmisano. Inspector de Patrimonio. Soprintendenza ai Beni Culturali. —Lo dijo con cierto orgullo, dejando que las palabras flotaran en el aire como credenciales—. He venido en cuanto nos han avisado.
Catalina le estrechó la mano. Automática.
—¿Patrimonio?
—Exacto. —Palmisano asintió, satisfecho de que ella comprendiera la gravedad.
—¿Y cuánto… cuánto retraso supone eso?
Palmisano la miró con expresión casi compasiva. Casi.
—Bueno, es difícil de decir con exactitud. Depende de lo que encontremos cuando empecemos a excavar con propiedad. Pero en casos como este… —Hizo una pausa, pensativo, como si estuviera calculando el presupuesto de unas vacaciones—. Pueden ser desde seis meses a un año. A veces más.
—¿Un año? —Su voz sonó rota, pequeña.
—O más —confirmó Palmisano con tranquilidad, como si estuviera hablando del clima—. Esto no se puede precipitar. El patrimonio es el patrimonio. Tenemos protocolos. Hay que hacer las cosas bien.
En su cabeza retumbaban las palabras «seis meses a un año o más».
Su proyecto, su ascenso, todo lo que había construido se hundía literalmente frente a sus ojos.
Y entonces, como guinda del pastel, oyó el ronroneo de un motor.
De uno de esos que son caros. Se giró. Un Mercedes negro apareció en el extremo de la calle, avanzando entre los charcos.
La puerta se abrió y Alessandro Ferri hizo su aparición estelar.
El chef se quitó las gafas de sol con un gesto estudiado y observó el géiser, los bomberos y todo el despliegue.
Su cara pasó por toda una gama de emociones: desde la curiosidad al horror, y del horror a la indiferencia.
Negó con la cabeza. Una vez, dos veces y hasta tres veces, contó Catalina.
Sin llegar a bajarse del todo del coche, volvió a ponerse las gafas, se metió dentro y desapareció por donde había venido.
Se quedó congelada. No solo porque tenía los pies empapados de agua, sino porque acababa de perder al chef, por segunda vez.
Y sin chef no había restaurante. Y sin restaurante…
No pudo seguir pensando mucho porque un crujido tomó protagonismo absoluto.
Uno profundo, como si la tierra misma se quejara.
Una de las paredes del fondo, la que daba a la cocina, no pudo sostener más la presión del agua.
Se abombó, se agrietó y cedió. El agua salió a borbotones, una riada que inundó el espacio en segundos, arrastrando todo a su paso.
Herramientas, escombros, más muebles. El nivel subió rápido, llegándoles casi a las rodillas.
—¡Fuera! ¡Todo el mundo fuera! —gritó alguien.
Más bomberos llegaron corriendo. Las sirenas ululaban.
Una ambulancia se sumó al caos. Gritos por todos lados, órdenes que se contradecían, gente corriendo en direcciones opuestas.
El ruido era ensordecedor. Todo era demasiado.
Demasiado rápido. Marco decía algo, pero Catalina no escuchaba nada.
Los bomberos gritaban instrucciones. Alguien le tocó el brazo, pero estaba bloqueada.
Su mente no podía procesar la velocidad a la que todo estaba escalando.
Hacía cinco minutos estaba en la vespa, y ahora…
Sintió ganas de llorar, pero las lágrimas no llegaban.
Abrió y cerró las manos, sin saber qué hacer con ellas.
Y entonces, sin pensarlo, salió corriendo.
Esquivó a un bombero. A Marco, que intentó detenerla, y al propio Palmisano.
Necesitaba poner en orden todo lo que acababa de suceder.
Necesitaba encontrar una solución, un plan B.
Se alejó varias calles, hasta donde la vida transcurría sin géiseres ni dramas.
La gente caminaba tranquila, ajena a su catástrofe personal.
El altavoz de un guía turístico la sobresaltó.
El hombre explicaba la historia de la calle a un grupo de extranjeros que apenas escuchaban, demasiado ocupados haciéndose fotos con todo lo que veían.
Giró por otra calle, y otra y otra. Sin rumbo.
Exhausta, encontró una pared en un callejón estrecho, tratando de recuperar el ritmo normal de sus pulsaciones.
El corazón le latía en las sienes. Cuando más o menos recuperó el aliento, se percató del final de aquel peculiar callejón.
Un lugar donde no entraba nadie. Escuchó el sonido de pájaros a lo lejos.
Y casi como en trance, se dirigió hacia allí.
A medida que avanzaba, sintió como si fuera Dorothy entrando en el mundo de Oz.