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El tráfico romano era un caos. No un caos organizado, como el de Madrid, donde al menos existían reglas que la gente fingía respetar.
Esto era la anarquía con ruedas. Un coche diminuto se le cruzó sin mirar, sin usar el intermitente, ni un gesto, nada.
Dos segundos después, un motorista la rebasó tan cerca que sintió el aire caliente del tubo de escape en el brazo.
Agarró fuerte el manillar de la vespa. Tenía tiempo de sobra, si es que no moría antes de llegar.
Atravesó una calle estrecha, adoquinada, con edificios de color pastel y contraventanas verdes de las que colgaba la ropa tendida en los balcones.
Era tan bonito que se distrajo y no vio el cartel de “stop”.
Entre otras cosas, porque ya no estaba. En su lugar, como único recordatorio, quedaba una sombra octogonal en la pared.
Y entonces vio un triciclo de reparto que venía en dirección contraria.
Las ruedas de ambos chirriaron contra los adoquines cuando frenaron en seco.
Tal fue el susto que su corazón se le subió a la garganta.
Soltó las manos del manillar. Le temblaban incontrolablemente.
Genial, Catalina. Primer día en Roma y casi el último.
El conductor se bajó. Se quitó el casco y, oh, genial, era tan guapo que parecía una broma.
Alto, pelo oscuro, despeinado, de ojos verdes intensos que te enamorarían si no fuera porque la estaba mirando como si ella hubiera atropellado a su perro.
El hombre se dirigió hacia la parte trasera del triciclo, donde llevaba la mercancía.
Levantó un paquete de cartón mojado, con un líquido amarillento goteando por los lados.
Lo que había sido un montón de huevos, ahora era un revuelto aplastado por el frenazo .
—¡Maledetta! —Tiró el paquete a una papelera cercana.
El susto pasó a ser rabia en menos de un segundo.
—¿Maledetta yo? —Se bajó de la vespa de un salto—. ¡¿Tú has visto el ceda el paso?!
El hombre, con el casco todavía en la mano, señaló el hueco vacío en la pared. La sombra octogonal.
—Ese “ceda el paso” lleva veinte años borrado —respondió, en un español arrastrado por un marcado acento italiano—. Pero si fueras de aquí, sabrías que está ahí. Turistas, siempre igual.
—¿Perdona? —Dio un paso hacia él—. ¿Se supone que tengo que adivinar que ahí había un stop? La culpa es vuestra por no ponerlo.
Detrás de ellos, los cláxones empezaron a sonar acompañados de gente dando gritos. Un hombre en una furgoneta de reparto asomó la cabeza por la ventanilla y gritó algo en italiano. No hacía falta entenderlo para saber que les pedía, «muy amablemente», que se movieran de una vez.
Enzo pidió disculpas al público que se iba acumulando por segundos mientras la señalaba.
—Turisti, ¿qual è la mia colpa?
Se volvió a colocar el casco y sin más desapareció entre el tráfico, dejándola mascullando insultos entre dientes.
—¡Pero será…!
Se tragó el insulto. No porque fuese educada, sino porque no le salía ninguno lo suficientemente bueno.
Los cláxones seguían sonando, así que se colocó el casco como pudo y volvió a subirse a la moto.
El cierre no encajaba bien, pero le daba igual.
No tenía tiempo que perder con tonterías que le amargasen el día.
Tres horas antes del pequeño accidente, el avión aterrizó con media hora de retraso.
Lo suficiente para desbaratar un plan que llevaba días puliendo en su cabeza.
En la salida le esperaba, por primera vez en su vida, una mujer con un cartel con su nombre: “Señorita Catalina Suárez”.
Desde luego, los analistas de cuentas nunca tenían a nadie esperando cuando viajaban.
Con suerte, algún familiar o amigo con tiempo libre que decidiera meterse en el caos de un aeropuerto para darle un abrazo nada más poner los pies sobre tierra.
—Hola, soy Catalina.
—Buongiorno, signorina. È un piacere conoscerla.
La conductora le tendió la mano con una sonrisa amable.
Catalina devolvió el saludo mientras andaba para no perder tiempo.
Se montaron en el coche y arrancaron hacia el hotel.
Debía reunirse con Alessandro Ferri en el vestíbulo para ir juntos al restaurante.
Esa era la primera impresión y tenía que estar a la altura.
Catalina miraba su reloj cada cinco minutos.
El tráfico romano tenía voluntad propia.
Autobuses turísticos que ocupaban carriles enteros, vespas que se colaban por todos los huecos y peatones cruzando donde les daba la gana.
Nunca había estado allí, pero todos esos monumentos que se veían por las ventanas parecían importarle menos que el reloj del salpicadero avanzando.
Álvaro había sido claro: «Tenlo contento.
No es negociable. Un chef con estrella Michelin de mal humor puede hundir un proyecto antes de que empiece».
Diez minutos después de la hora marcada en la agenda, el coche se detuvo frente a la entrada del hotel.
Catalina tomó el asa de la maleta y salió disparada.
Si alguien hubiera cronometrado aquello, se habría batido un nuevo récord en los cien metros femeninos.
El vestíbulo del Palazzo Aurelia era todo mármol y lámparas de araña, pero sus ojos barrieron el espacio buscando solo una cosa: la silueta de un chef de renombre, quizá con aire intenso.
Pero no vio nada, ni rastro de un gorro de cocinero.
En el mostrador, una joven recepcionista con uniforme perfectamente planchado la recibió con una sonrisa equivalente a las cinco estrellas del hotel.
—Buonasera, signora.
Catalina apoyó la maleta junto al mostrador.
—Buenos días. Tenía que verme con Alessandro Ferri. ¿Sabe si anda por aquí?
—El chef Ferri. Sí, llegó hace rato.
—Ah, genial. —Recuperó el aliento.
—Pero ya se fue .
La recepcionista lo dijo con la misma dulzura con la que le habría anunciado el desayuno continental.
—Hace unos minutos pidió su coche y se marchó.
Sintió el golpe directo en medio de la cara.
—Bueno, es que el vuelo se retrasó, y el tráfico…
La recepcionista asintió, mostrando sutilmente que aquella excusa le daba bastante igual.
—¿Ha dejado algún mensaje? —preguntó en voz baja, casi con vergüenza.
—No.
La palabra flotó en el aire. Empezar con mal pie no entraba en el plan. La recepcionista cambió a un tono más cálido.
—¿Tiene usted reserva?
—Sí. Soy Catalina Suárez.
Intentó recomponerse, parecer alguien que sabía lo que hacía.
Teclado. Click. Un parpadeo en la pantalla.
—Muy bien. Habitación 507. Vista al patio interior.
La recepcionista preparó la tarjeta-llave, la deslizó dentro de un pequeño portatarjetas y se la entregó.
—Bienvenida al Palazzo Aurelia, signorina Suarez. Esperamos que su estancia en Roma sea agradable.
Catalina se echó el asa de la maleta al costado, clavó los talones en la alfombra y asintió.
—Gracias.
En su particular cruzada por batir récords de velocidad, entró y salió de su habitación a tal velocidad que la puerta todavía se estaba cerrando cuando ella ya bajaba por el pasillo.
Le habían dicho que en la esquina del hotel alquilaban vespinos.
Los precios eran de escándalo —seguramente tendrían el típico acuerdo con el hotel—, pero iba tarde.
No podía permitirse llegar tarde otra vez ni hacer esperar al chef Ferri.
Dijo que sí a todo, firmó lo que le pusieron por delante, se encasquetó el casco y salió de allí como si estuviera escapando de un atraco .
A las pocas calles fue cuando tuvo el accidente de los huevos (nunca mejor dicho) con el italiano, pero no había mucho tiempo que perder, así que continuó hacia el Malatesta.
No tardó en notar que algo raro estaba sucediendo a medida que se acercaba a la dirección del restaurante.
El tráfico comenzó a ser más denso, hasta que en un momento dado quedó detenido.
Dos Polizia Locale en moto aparecieron por detrás, sirenas a todo trapo, abriéndose paso entre los coches como Moisés separando las aguas.
Iban hacia su calle, así que se colocó detrás aprovechando la coyuntura.
Avanzó un par de metros cuando un coche de policía apareció de repente por una calle lateral, se metió delante de ella sin contemplaciones y empezó a abrirse paso.
Catalina lo siguió. Giraron en la primera esquina y ahí se encontró el primer cordón policial.
Uno de los agentes de la moto desenrollaba una cinta blanca y roja, pasándola de un poste a la fachada de una tienda.
Otro colocaba conos y daba instrucciones rápidas con la mano.
Aparcó la vespa donde pudo, entre dos contenedores de basura, casi sin pensarlo.
Se colgó el bolso al hombro y bajó. Lo que fuera que estuviese pasando, estaba demasiado cerca de donde no debería estar pasando nada.
Para cerciorarse, sacó el móvil y comprobó la dirección.
Sí, estaba en el lugar correcto, pero no daba crédito a lo que estaba viendo.
Del exterior del restaurante —su restaurante— brotaba un chorro de agua de al menos cinco metros de altura.
Emergía del suelo con una fuerza brutal, como un géiser en mitad de la ciudad.
Era igual que en las películas de desastres.
El agua formaba un arco de vapor que envolvía a los obreros y bomberos que iban y venían entre cables, herramientas y barro.
El pavimento estaba roto. El caos era absoluto.
No puede ser. No puede ser.
Siguió andando hacia el origen del desastre.
Sus ojos registraban la escena, pero su cerebro se negaba a procesarla.
Las piernas se movían solas, en piloto automático.
En su cabeza, empezó a repasar el listado de imprevistos que había contemplado antes de venir.
¿Un retraso en la entrega de materiales?
Check. ¿Tener que cambiar de proveedor? Check.
¿Un géiser de cinco metros en mitad de la sala del restaurante? Definitivamente, NO Check.