Chef´s Kiss 1 #2
6%

1 #2

La galería estaba llena, pero no abarrotada.

Estaba ubicada en Malasaña. Uno de esos espacios multiusos, donde podías encontrar desde exposiciones, pop-ups de ropa, presentaciones de marcas o showroom de muebles imposibles o una tienda efímera de velas artesanales.

En este caso era la inauguración de la nueva exposición de Esteban, un viejo amigo de Catalina.

Ella y Marta avanzaban despacio por la sala, deteniéndose aquí y allá frente a cuadros, esculturas y alguna que otra instalación.

Marta estudiaba un cuadro enorme —manchas rojas sobre fondo negro— con la misma expresión que ponía cuando leía los términos y condiciones de una aplicación.

—¿Tú crees que esto significa algo ?

—Significa que Esteban ha conseguido un patrocinador con dinero —respondió Catalina.

—Qué ácida.

—Es la verdad. —Señaló con la copa hacia la esquina, donde un chico de su edad, rubio de pelo largo con el bigote pintado de azul, explicaba algo a un grupo de personas que asentían como si fuera el mesías del arte—. Mira, ahí está. Vendiendo el rollo.

Marta soltó una risita.

—Pobrecito. Tiene que pagar el alquiler.

—Ya, pero el año pasado hacía unas cosas muy distintas. Más pequeñas, más… no sé, suyas.

—Bienvenida al mundo real, amiga. Todos nos vendemos un poco.

Un camarero pasó con una bandeja de canapés diminutos. Catalina cogió uno, lo miró y lo dejó de nuevo.

—¿No comes? —Marta tragó el suyo de un bocado—. Con lo que nos gusta la comida gratis.

—Tengo el estómago cerrado. ¿Tú crees que estoy preparada? Hay mil cosas que todavía no sé cómo van, y tampoco soy como tú, que estás acostumbrada a hablar hasta con las plantas.

—Dicen que es bueno, les ayuda a crecer. —Marta cogió otro canapé de una bandeja que pasaba—. Además, las plantas no contestan. Tú ahí ya juegas con ventaja.

—No es gracioso. —Catalina se llevó las manos a las sienes—. Me van a comer viva.

Avanzaron hacia la siguiente sala. En el centro, una escultura de alambre retorcido se alzaba sobre un pedestal blanco. La cartela decía: Fragmentación del yo interior (2024). Técnica mixta.

—Vale, vale. ¿Cuántas veces en tu vida te van a ofrecer irte a Roma, con contrato, hotel pagado, y que además te paguen por ello?

—No lo sé… —Catalina se encogió de hombros.

—Exacto. No lo sabes porque la respuesta es: solo está. —Marta levantó un dedo—. ¿Sabes qué hay en la Piazza Navona hoy? No lo sabes porque estás aquí planteándote si irte o no, en vez de disfrutar del vino gratis.

—Van a ver que no tengo ni idea el primer día.

—Cata, cariño. Si ellos piensan que eres la persona adecuada, ¿quién eres tú para llevarles la contraria?

Pasaron junto a una instalación de neones que parpadeaban formando palabras en latín. Una chica se hacía una foto delante de ella para subirla a Instagram.

—Mira —continuó Marta—, hagamos una cosa.

Pro: Pasta fresca todos los días. Pro: Vino italiano a precio de risa.

Pro: Perfeccionar tu italiano. Más pros: posible romance con algún romano guapísimo que se parezca a ese actor de…

¿Cómo se llama? Da igual. —Hizo una pausa—.

Contra: ¿Hay algo? Porque yo no veo nada.

—Contra, me quedo sin curro. Yo también me despediría, que les voy a hacer perder una millonada. Quiero un ascenso, pero no era este. Es una locura.

—Todas las cosas buenas lo son. Siempre dan un poco de miedo al principio. Además, va a ir todo superbién. Eres la suerte personificada.

—No. —Tajante. —Me lo curro bastante, no empieces con eso.

—Es que es verdad. Hay gente que nace con una flor en el trasero, y tú tienes un ramo.

—Creo que lo que llamáis suerte es el resultado de esforzarse y planear bien las cosas.

—Si yo eso no te lo niego, pero son dos cosas distintas. Para ti, todo lo que te has propuesto te ha salido a la primera, de forma natural. Hay mucha gente que se lo curra igual y no tiene suerte.

—Si se organizaran un poquito más, les iría mucho mejor y sería todo más fácil.

—¿Eso lo dices por mi?

—No, pero ya puestos, aplícate el cuento.

Marta avanzó unos pasos hasta la siguiente instalación. La observó con todo detalle .

—Por ejemplo, mira esto —murmuró—.  Es arte moderno y parece que no se entiende, pero seguro que tiene un significado que ahora no ves y si lo miras bien de cerca…

—…te darás cuenta de que es el extintor —le interrumpió Catalina.

—Ah. —Marta retrocedió unos pasos dándose cuenta de que efectivamente lo era.

Pues a mí esta me gusta, es interesante.

El rojo sobre el blanco, la forma cilíndrica…

Bueno, tía, además siempre puedes decir que no.

—Le quitó la copa de la mano y le dio un trago—.

Y cuando te mueras dirás que has visto Roma desde Google Maps.

Dos semanas después, Catalina cerraba las maletas y chequeaba una vez más que nada quedara encendido.

Al salir del portal no encontró el coche de sus padres, que supuestamente la esperaban en doble fila.

Cuando les contó lo del nuevo ascenso, insistieron en ser ellos quienes la llevaran al aeropuerto.

Lo que sí vio fue una pequeña autocaravana blanca que ocupaba media calle.

—¿Pero qué…?

Sus padres la esperaban delante, sonrientes.

Su padre abrió los brazos y, como si fuera un empleado de concesionario haciendo su mejor venta, señaló entusiasmado la caravana.

—¿Qué te parece?

No supo qué responder. Su madre se acercó y, mientras le daba dos besos, le susurró al oído.

—No digas nada. Ya sabes… los hombres, la jubilación y las autocaravanas.

Catalina rio por lo bajo y saludó a su padre con el mismo nivel de entusiasmo.

—Está casi nueva —insistió él—. Me la consiguió un compañero del trabajo, a mitad de precio. Ven, te la enseño.

La verdad es que la autocaravana estaba muy bien.

Al entrar, golpeaba el olor a nuevo mezclado con el ambientador que colgaba del retrovisor.

Era tan pequeña que casi podías conducir mientras preparabas un sándwich.

Muy parecido a esos pisos que vienen con el bidé en la cocina.

Los tres parecían un número de circo, ese de los payasos que se meten en un coche diminuto y van saliendo de uno en uno.

Como había un avión que tomar, no tardaron en ponerse en marcha.

—¿Qué ruta vais a hacer? —preguntó Catalina.

—Pues tenemos reservados varios campings y un par de hoteles —le dijo su madre—. Que igual dormir aquí todos los días a tu padre le da algo con la hernia. Hacemos parada en San Sebastián, luego seguimos hasta Burdeos. Y de ahí hasta Normandía iremos improvisando un poco.

Claro, Normandía. La fascinación de su padre con la Segunda Guerra Mundial venía de lejos.

Desde que ella tenía memoria, el despacho de su padre era un museo repleto de libros de historia, mapas, maquetas de aviones y recortes de periódicos sobre batallas, desembarcos y estrategias militares.

Nunca había entendido por qué terminó siendo profesor de Derecho cuando hubiera sido un magnífico historiador.

Salieron de la ciudad y recorrieron medio camino en autopista.

—Tú mucho Roma, pero a ver cuándo ayudas a tu tío —bromeó el padre—. Que lo tienes aquí al lado y no haces ni caso.

—Es un bar, papá. No tiene nada que ver con lo que yo hago.

—Ponen comida y bebida, no veo la diferencia.

—Les va bien. Además está el primo.

—He convencido a tu padre también para cruzar y visitar la casa de Jane Austen, ¿verdad, cielo? —continuó la madre.

—Claro, mi vida. Tú pídeme que yo te llevo a donde quieras ir. Con esto —refiriéndose a la caravana— nos damos la vuelta al mundo.

—Pues gira a la derecha, Willy Fog, que te pasas la salida del aeropuerto.

Aparcaron en un parking sin techo y acompañaron a Catalina hasta el control de seguridad. Frente a la entrada del control de pasaportes se despidieron como si la niña fuera a su primer día de colegio.

—Aprovecha y come rico y no esas porquerías precocinadas que comes. Diviértete y ojo con los italianos, que ya sabes la fama que tienen.

—Mamá…

—Y tráeme un imán para la colección de la nevera.

Sabía lo importante que era para su hija y lo que había luchado por esa oportunidad.

Como el buen padre que siempre había sido, se acercó y le dio un achuchón de los que hacen caer la lágrima sin decir una palabra.

Después, Catalina desapareció entre la marea de gente.

Delante de la pantalla gigante de «Salidas», encontró su vuelo: Madrid – Roma FCO, puerta B23, embarque 09:05.

Catalina miró su reloj. 8:47. Dieciocho minutos para cambiar de opinión.

Solo eran dos meses. ¿Qué podía pasar?