Chef´s Kiss 1
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Chef´s Kiss

Chef´s Kiss

Por Natalia Gudino

© inepub.com

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En el desayuno, dependiendo del día, dulce o salado, pero el café siempre lo último.

Hoy tocaba salado: tostada de aguacate. Mientras desayunaba, le gustaba ponerse al día con las noticias.

Siempre venía bien saber qué andaba pasando en el mundo.

Luego ya pasaba a cosas más triviales: alguna compra online, o revisar los platos que conformaban el menú diario que le llegaba a casa.

Al no tener tiempo ni ganas de cocinar, era la mejor solución.

Con calentarlo en el micro tenía la comida lista. Eso sí que era eficiencia.

—Buenos días, Maribel.

—Buenos días, Catalina.

—Feliz cumpleaños. —Sacó una cajita de su bolso.

—Pero niña… ¿Cómo lo sabías?

—Lo tenías en el calendario compartido de la empresa.

—El que nadie revisa —. Soltó una carcajada.

—Ese mismo.

Al llegar a su puesto, sacó el portátil y comenzó a organizarse el día y parte de la semana: reuniones, revisiones de presupuesto, informes pendientes.

Pero hoy su mente estaba un pelín dispersa.

La palabra ascenso llevaba resonando días, desde que Álvaro, su jefe y uno de los dueños de la empresa, lo había mencionado por fin unas semanas atrás.

Necesitaba, bueno, no, quería ese ascenso y llevaba un par de años trabajando en esa dirección. Se lo merecía.

Sobre las once, decidió que era un buen momento para ir a por una taza de café a la cocina de la oficina.

Al entrar, Luis, o Luis el Guapo, salía con dos tazas humeantes en las manos.

Saludó con una gran sonrisa. Ella correspondió extrañada, ya que nunca la había saludado con tanto entusiasmo.

Luis se acercó. Catalina tenía microsegundos para pensar en alguna cosa que decir.

Cualquier excusa valía para arrancar una conversación casual de lunes por la mañana.

Empezó con un sencillo hola que soltó cuando llegó hasta ella.

Luis correspondió amablemente con un tímido hola mientras pasaba de largo.

Ella se giró para ver cómo le entregaba la taza de café a Silke, la nueva adjunta de recursos humanos, de piernas largas y pelo rubio.

Era como si Claudia Schiffer y Gigi Hadid hubieran tenido una hija.

Si la mirabas de cerca, brillaba como si fuese un ángel.

Marta, su mejor amiga y parte del equipo legal, la esperaba con otra taza de café.

Esta sí era para ella. Ambas entraron en la empresa prácticamente al mismo tiempo, y desde el primer día se habían entendido a la perfección.

Eran uña y carne, aunque fueran muy distintas.

Marta era ruidosa, espontánea y tenía muy poco filtro.

Decía las cosas tal cual las pensaba, para bien o muchas veces para mal.

Pero era un coco, un genio de las leyes capaz de encontrar el más mínimo fallo en los contratos más complejos.

Era como una niña de cinco años, pero con un título cum laude.

—Toma, para que te ahogues en él —dijo Marta tendiéndole la taza.

—Joder, ¿tú crees que se ha dado cuenta?

—Sí, me he dado cuenta hasta yo. Qué pena das, hija… Con lo mona que eres y lo mal que se te da.

Miraron a los dos tortolitos. Al parecer, él tuvo que decir algo muy gracioso, porque la chica se reía mientras le tocaba el brazo a Luis.

—Pues es un buen candidato. Vive literal, a siete minutos de tu casa, está buenísimo, tiene un puestazo, y por lo que dicen, no solo está dotado para las ventas… —Marta puso su cara más sexi.

—Por Dios, Marta, que es muy temprano. Además, no me hace ni caso.

—Sí, de eso ya me di cuenta hace tiempo. Pero ahora la cosa cambia y ahora que te van a ascender lo vas a ver más.

—Bueno, todavía no me han dicho nada. No saques tan rápido el champán .

—Si no es hoy, es esta semana.

Marta mojó una de las galletitas sin marca que solían tener como catering en la cocina.

—Como yo lo de ser madre no lo llevo muy en la sangre, pero lo de ser la tía guay sí, creo que Luis puede ser una buena opción. Tienes dos años para ver si tiene alguna red flag que no sepamos antes de que te hagan jefa de proyectos.

—Veo que lo tienes todo pensado, ¿no?

—Oye, es tu plan, no el mío. Me lo has trillado tanto que me lo sé mejor que tú.

—¿Qué tal tu fin de semana? —cambió de tema.

Marta suspiró teatralmente.

—Nico me llevó a escalar.

—¿A…?

—Sí, a escalar, y se dice rocódromo. No veas trepando como una loca. Creo que descubrí músculos que no sabía que tenía.

—¿Y te gustó?

—Lo peor es que sí. Me gustó muchísimo. Creo que soy deportista ahora o Spiderman.

Catalina sonrió. Si se ponía a pensar en su fin de semana, lo más emocionante era que había bajado su marca personal de limpiar su casa en menos de una hora.

—¿Y tú?

—Puse dos lavadoras, borré el correo basura, hablé con mis padres. Ah, y compré velas.

—Wow, para, para. Tantas emociones juntas, no, que me mareo.

A las doce en punto, entraron en la sala de reuniones. Catalina se sentó en su sitio de siempre, desplegó su portátil y sacó su bolígrafo, que alineó con el borde de la libreta. El resto del equipo fue llegando poco a poco, hasta que apareció Álvaro con Paloma, su socia, cerrando la puerta .

—Buenos días. —Álvaro dejó el móvil boca abajo—. Vamos rápido, que a las cuatro tengo un tren a Barcelona. Ya sabéis que llevamos meses con el restaurante de Roma.

Catalina notó cómo varias miradas se posaban sobre ella.

—Tengo dos cosas que comentaros. La primera, ya tenemos nombre: El Malatesta.

Todos asintieron. El nombre encajaba muy bien.

—Pero además, esto acaba de subir de nivel. Hemos cerrado con Alessandro Ferri.

Alguien soltó un «joder» bajito.

—Sí. Estrella Michelin. Temperamental, carísimo, insoportable… pero nos viene como anillo al dedo.

—Es un tipo peculiar. Dicen que no es fácil trabajar con él. Nos va a costar más de lo previsto, pero nos pone en otro nivel. El Malatesta ya no es solo un restaurante. Es una apuesta seria.

—¿Cuánto más?

—Merece la pena. —Paloma no reveló la cantidad.

Como si fuese el final de la clase, el ruido de sillas y cierre de portátiles inundó la sala nada más terminar la reunión. Mientras salían, algunos ya hablaban del afterwork del jueves y estaban a lunes.

—Cata, quédate un momento, por favor.

Ay, Dios. Tranquila. Muestra profesionalidad.

Catalina se quedó inmóvil. Su bolígrafo rodó hasta que lo paró.

—¿Te acuerdas de lo que hablamos hace unas semanas?

Claro que se acordaba. Dos semanas, tres días y cuatro horas atrás. El ascenso y más responsabilidad en lo que mejor se le daba.

—Quiero que me escuches antes de que digas nada. Sé que querías el ascenso a jefa de cuentas y llevas años con eso en la cabeza.

Aquellas palabras sonaban como anticipo a una gigante decepción.

—Hemos estado mirando bien tus informes de los últimos meses, no solo el de Malatesta .

Catalina asentía con la cabeza mientras su mente empezaba a revisar los posibles errores y cagadas que se le habían podido pasar.

—Paloma ha estado insistiendo en esto y yo estoy de acuerdo. —Hizo una pausa. —Hemos puesto a Gemma como jefa de cuentas.

Catalina mantuvo la compostura. Le caía muy bien Gemma y no tenía nada contra ella. Pero en cuanto saliera de esa sala, se iría a su casa a repasar dónde había fallado su plan.

—Claro, Álvaro, lo entiendo. Además, Gemma lo va a hacer muy bien.

Él se levantó. Catalina hizo lo mismo mientras recogía sus cosas.

—Nos quedamos muy impresionados con tu propuesta de Roma. Brillante, de verdad. —Hizo una pausa—. Nos has demostrado algo importante, Cata.

—¿El qué?

—Que entiendes mucho más que números. —Se puso serio—. No muchas personas pueden hacer eso y por eso queremos que vayas a Roma.

Las palabras seguían sonando, pero Catalina había dejado de procesar.

—¿A Roma?

—Hemos pensado que es un desperdicio tenerte solo mirando números. Necesitamos a alguien que pueda también estar ahí, sobre el terreno, asegurándose de que todo lo que pusiste en papel se convierta en realidad.

El estómago de Catalina dio un vuelco.

—No estoy segura de entenderte.

—El restaurante de Roma. Tú viste el potencial donde nadie lo vio. Nosotros íbamos a rechazar la propuesta y ahora es uno de los proyectos estrella. Quiero que lo lleves hasta el final.

—Pero… —La voz se le atascaba—. Yo hago análisis, viabilidad, números.

—Ya no. Vas a supervisar la ejecución estando allí y coordinándolo todo. —Álvaro la miraba fijamente—. Queremos ofrecerte el puesto de jefa de proyecto de Desarrollo y Aperturas .

Las palabras tardaron un momento en asentarse. Jefa de proyecto, no de cuentas. Un ascenso, sí. Pero diferente. Uno que no esperaba hasta dentro de dos años.

—Es mejor de lo que habíamos hablado. Vas a tener tu propio equipo.

—Pero aún no tengo mucha experiencia en coordinar equipos o tratar con proveedores.

—No te preocupes, lo vas a aprender rápido. Estarás allí julio y agosto, para supervisar la reforma. He hablado con Paloma. El contrato nuevo lo tienes la semana que viene. Y cuando vuelvas de Roma, despacho propio y secretaria. Y sí, también más marrones, pero eso ya lo sabes.

Se había vuelto a sentar y ni se había dado cuenta. Su mente iba a mil por hora. Álvaro le tendió la mano. Ella se la estrechó.

—Esta semana te pasamos todos los detalles. Tienes una habitación en uno de nuestros hoteles; también puedo arreglar para que tengas chófer para desplazarte por la ciudad.

Catalina asintió. Se levantó, recogió al fin su portátil y su libreta. Salió de la sala con el corazón latiendo fuerte. Roma. Dos meses. Lejos de su zona de confort, lejos de sus hojas de cálculo y sus análisis.