Capítulo 21 — Res #4
—Eso es exactamente lo que llamo cuidarte, sí.
—Ni un temblor—. Y ahora escúchame, que esto es lo útil y es lo que has venido a buscar aunque hayas venido a gritar.
Te quedan doce o dieciocho meses arriba.
Puede que veinticuatro, tienes la marca grande firmada y esa gente paga por lo que fuiste y tarda en enterarse.
Aprovéchalos. Aprovéchalos en serio. Cobra todo lo que puedas cobrar, no dejes un euro encima de la mesa, no te pongas digna ahora que es carísimo.
Y en paralelo, hazte pequeña a propósito.
Un nicho más chico. Doce mujeres en un estudio de Conde Duque, lo que sea que hagas los martes por la noche y que no me cuentas.
Naia no cambió la cara. Lo hizo sin proponérselo, por costumbre, y notó lo fácil que le seguía saliendo.
—Diez mil personas que te paguen directamente valen más que dos millones ochocientas mil que no te pagan nada —siguió él—.
Vas a ganar mucho menos y vas a durar veinte años.
Mucha gente firmaría esa vida. La mayoría de las que se sientan ahí ni siquiera llegan a que se lo ofrezcan.
—Se recostó—. Así es este negocio. No lo he inventado yo.
Estaba aquí antes que yo y va a seguir cuando yo me retire.
Yo lo único que he hecho es no engañarme.
—Me has engañado a mí.
—Te he vendido tranquilidad. Es lo que me pagas.
—Y entonces, por primera vez en toda la mañana, algo en Rodrigo se movió, y lo que se movió no fue emoción: fue cansancio, o algo con la forma exacta del cansancio, un hombre que mira su reloj de pulsera y se pasa la palma por la cara—.
Llevo veintitantas cuentas. Ocho nichos.
Diez, según cómo los cuentes. Belleza, viajes, maternidad, dos de comida, la de los coches, vosotras.
Y todas, todas, en algún momento, entráis por esa puerta con la misma cara que tienes tú ahora y me decís exactamente lo mismo.
Con las mismas palabras, Naia. Me habéis descubierto la meseta, me habéis descubierto el reparto, me habéis descubierto que hay otra detrás.
Las que se lo curran vienen con papeles, como tú.
—Miró el montón cuadrado—. Y ninguna, ni una sola en treinta años, se ha parado a pensar ni medio segundo en lo que es este trabajo.
Lo que es levantarse todos los días a sostener a doce personas que están cayéndose y que necesitan no saber que se están cayendo.
Que os iría muchísimo peor sin mí. Eso también es verdad y no me lo va a agradecer nadie.
Naia lo miró. Y lo que sintió no fue rabia, porque la rabia se le había gastado entera contra una superficie que no la había devuelto.
Fue algo mucho más frío y más nuevo: la certeza de que aquel hombre no le estaba mintiendo en nada, ni siquiera ahora, ni siquiera en lo del cansancio; y que no le había mentido casi nunca; y que se podía construir una celda entera con las cuatro paredes hechas de verdad, y que ella había vivido dentro dos años, y que la luz era muy buena.
—Vale —dijo.
Y estiró la mano y cogió las hojas.
Rodrigo no las retuvo. No dijo déjalas, ya las miro yo, ni dijo espera. Vio cómo ella las recogía de encima de la mesa, cómo las doblaba en tres por las mismas dobleces de siempre, cómo las metía en el sobre y el sobre en el bolso y cerraba el bolso.
—Naia.
Estaba con la mano en el picaporte. Se paró. No se giró del todo.
—Sube algo esta noche —dijo Rodrigo—. En la ventana buena. Es mejor que no haya hueco.
Naia abrió la puerta.
Cruzó la planta abierta y esta vez no levantó la vista nadie.
Estaban con los auriculares puestos, hablando por teléfono, tecleando, y la impresora escupía hojas, y en la pared del fondo su nombre seguía en la primera columna del calendario, en verde.
Pasó al lado del escritorio del medio del ala derecha, el de la silla metida y la superficie vacía, y no lo miró.
La chica de recepción le dijo hasta luego con una sonrisa profesional y Naia le contestó hasta luego, con la voz normal, con la voz de trabajar, que le volvió a la boca por sí sola en cuanto puso un pie fuera del despacho, sin que tuviera que llamarla.
Empujó la puerta de cristal y salió a la calle de Almagro.
Hacía una mañana como cualquier otra, ni fría ni nada, con esa luz de Madrid a media altura que no perdona ni favorece.
Un hombre descargaba cajas de una furgoneta en doble fila. Dos mujeres discutían amablemente delante de un portal sobre a quién le tocaba subir. Al final de la calle, un semáforo cambió y un grupo de gente cruzó.
Naia se ajustó la correa del bolso en el hombro. Comprobó que el bolso estaba cerrado. Y echó a andar.
No lloró. No se le llenaron los ojos ni se le puso la cara de nada.
Caminaba erguida, con el paso largo, con las piernas fuertes que se había hecho ella misma en seis años de hacer exactamente lo que había que hacer, y sabía —esa era la única cosa que llevaba, y la llevaba entera, sin una grieta, sin una duda, con una lucidez que le duraría el resto de su vida— sabía exactamente lo que le había pasado, y quién se lo había hecho, y cómo, y por qué, y desde cuándo, y que no había en el mundo una sola cosa que ella pudiera hacer con eso.
Iba a subir algo esa noche. Lo sabía también.
Aceleró un poco al llegar a la esquina, un poco más de lo necesario, como quien llega tarde a algo, y giró hacia la boca del metro y se metió entre la gente que bajaba hacia el centro a esa hora, hombres y mujeres con el abrigo abierto y los auriculares puestos y el teléfono en la mano y la cara inclinada hacia abajo, hacia la pantalla, todos, y a los treinta metros, entre toda aquella gente que miraba hacia abajo, ya no había manera de distinguirla.