Capítulo 21 — Res #2
Le salió aguda, apretada, con el aire mal repartido, y las primeras frases fueron un desastre, se le montaron unas encima de otras, dijo tengo una meseta y dijo desde cuándo lo sabes y dijo no me digas que mire la curva de treinta días, no me lo digas, y ninguna de las tres frases llegó entera.
Se oyó. Se oyó desde fuera, como se había oído tantas veces en el vídeo antes de aprobarlo, y la Naia que escuchaba a la Naia que hablaba pensó por reflejo que aquello no se podía subir, que había que repetir la toma.
Y entonces se rompió.
No fue un grito. Fue algo peor y más silencioso: fue que dejó de vigilarse.
Llevaba seis años vigilándose la cara, seis años sin cambiar de expresión mientras le decían números que la levantaban del suelo o frases que la hundían, seis años de sonrisa que llega un cuarto de segundo tarde porque hay una traducción en medio, seis años entrenada para que nada de lo que ocurriera dentro apareciera fuera; y en un despacho de Almagro, un miércoles por la mañana, con la persiana bajada, la traducción se cayó.
Le salió la voz de debajo. No la voz cálida de las vocales abiertas que se le había ido desplazando hacia un Atlántico que no era el suyo, la de las chicas, la de tu cuerpo sabe lo que necesita. La otra. La de Madrid, la seca, la que llevaba tanto tiempo sin usar que le raspó al salir.
—Tengo una meseta —dijo—. Se llama así. Meseta.
Es una palabra, existe, la usa la gente que sabe.
Mi curva sube y llega a un sitio y se queda plana como una mesa, y no se queda plana porque yo lo haga peor, se queda plana porque alguien pone un techo, y los techos no los pone el que está debajo.
—Puso los dedos sobre las hojas y las empujó dos centímetros hacia él, y le temblaban—.
Esto es mío, Rodrigo. Esta fila de arriba soy yo.
Y ese noventa y cuatro que llevo dos años mirando todas las noches en mi propio panel, en letra gris, en mi casa, ese noventa y cuatro no es una nota.
No es lo bien que lo hago. Es una cantidad que alguien me da.
Alguien me asigna. Se dice asignado, está escrito en mi pantalla, lo he leído dos mil veces y no lo he entendido nunca, y ahora ya no puedo dejar de entenderlo.
Hay un cien. Y a mí me dan noventa y cuatro.
Y ahora noventa y uno y medio. Y los dos puntos y medio que me han quitado a mí se los han dado a otra, exactamente los mismos, ni uno más, porque no hay más luz, Rodrigo, hay la que hay, y la mueven de una cara a otra sin gastar de más.
Rodrigo no dijo nada. Tenía las manos cruzadas. No apartaba los ojos de ella.
—Fui a ver a alguien —dijo Naia—. A un tío que sabe de esto de verdad.
Iván Alcázar. Se llama así. Tiene una oficina encima de una tienda de fontanería.
Le enseñé esto sin decirle que era mío. Y me lo explicó todo, todo, sin saber que hablaba de mí, y me lo explicó como se explica un caso, y cuando le dije que el caso era yo...
—se le quebró y siguió por encima de la quiebra, sin corregirla— ...
me dijo que soy el caso de manual. Que soy la fila que él pondría en una diapositiva si tuviera que explicarle a una sala lo que hace el sistema con una creadora cuando decide que ya ha crecido bastante.
Me dijo que soy una casilla en un reparto.
Me dijo que no me tratan mal, que simplemente no me tratan.
Y me dijo la frase que no he podido quitarme de encima ni un solo día desde entonces, ¿te la digo?
Me dijo: estás cayendo perfecto. Perfecto, Rodrigo.
Que no hay ni un error. Que todo lo he hecho bien y por eso funciona tan limpio.
Rodrigo no dijo nada.
Se quedó tan quieto como había estado hasta ese segundo.
Perfectamente quieto. Naia, que llevaba toda la vida leyendo caras porque de leerlas comía, buscó en la suya el movimiento —el parpadeo de más, la mandíbula, el dedo índice que hubiera podido levantarse un milímetro del dorso de la otra mano— y no encontró ninguno, y no supo si no lo había o si aquella quietud había durado una milésima más que las quietudes anteriores.
No supo qué había sido el nombre de Iván Alcázar dentro de aquel hombre.
No lo supo nunca. Él no volvió a mencionarlo, ni esa mañana ni en ningún otro momento del resto de su vida.
—Y tú lo sabías —dijo ella.
—Sí.
Lo dijo sin subir la voz. Sin adornarlo. Sin ponerle delante el ya veo que estás alterada o el vamos a hablarlo con calma. Dijo sí, y esperó.
Y a Naia el sí le hizo lo que no le había hecho ninguna de las cosas que había averiguado en todos esos días, porque esas cosas eran de una máquina, y esto era de un hombre. Se le llenaron los ojos y no lloró; se le puso la cara caliente y la voz se le fue arriba y ya no volvió a bajar.
—Dos años —dijo—. Dos años sentado en mi sofá, en mi casa.
Con un vaso de agua con gas en la mano. Diciéndome el orgánico es cero, cero, Naia, todo lo demás lo deciden ellos, como quien dice que va a llover.
Y en la misma tarde, en la misma tarde, Rodrigo, poniéndote esa cara de que a alguien lo pueden bajar a propósito, no me empieces tú también con esas, tengo clientes que se vuelven majaras, no hay nadie sentado decidiendo joderte a ti.
—Se rió una vez, un ruido feo—. Y no lo hay.
Tenías razón. No hay nadie sentado. Ese es el truco, ¿verdad?
Que no haga falta que nadie se siente. Me lo dijiste todo y no me dijiste nada, y las dos cosas eran verdad a la vez, y yo te di las gracias.
Te di las gracias, Rodrigo. Me tranquilizaste y te di las gracias y a la semana siguiente firmé garantías de alcance, con mi nombre, con tu bolígrafo bueno, garanticé a una marca una cifra que tú sabías perfectamente que no estaba en mi mano ni en la tuya.
—Estaba en mi mano lo suficiente —dijo Rodrigo.
—¿Qué?
—Que las garantías se cumplieron. Nunca has incumplido un contrato conmigo. —Descruzó las manos y volvió a cruzarlas al revés—. Sigue.
—Me dijiste tú y yo.
Y ahí se le rompió del todo, y fue esa frase y no ninguna de las otras, y ella misma se sorprendió de que fuera esa, porque las otras eran las importantes, las otras eran la máquina y el dinero y su vida entera; y sin embargo lo que la partió fue una frase de dos pronombres dicha en un restaurante de Chamberí una noche en que ella se sintió, por primera vez desde los dieciocho años, vista.
—Me dijiste que las demás se lo creen y por eso duran tres años y se evaporan.
Me dijiste que yo no, que yo sabía que esto era trabajo, que por eso íbamos a estar haciendo esto mucho tiempo, tú y yo.
Y me lo dijiste mirándome como si acabaras de darte cuenta.
Y me lo creí. Me lo creí igual que se lo cree cualquiera, y me sentí especial, y me sentí lista, y me sentí menos sola que en toda mi puta vida.
—Se pasó el dorso de la mano por la boca—.
Yo pensaba que había construido una cosa.
¿Lo entiendes? Yo pensaba que si me levantaba a las seis y cuarenta y grababa y me cuidaba y contestaba a la gente y no me saltaba nada, ni un día, ni uno, la cosa iba a ser mía.
Yo creía que aquello era horizontal. Que yo hacía algo y llegaba a la gente y la gente respondía y eso volvía a mí.
Orgánico. Es la palabra que usáis vosotros, no yo. Y era mentira desde el primer día.
No desde ahora, no desde la meseta: desde el primer día.
Aquella subida del principio que yo creí que era porque lo estaba haciendo bien, esa tampoco era mía.
Esa me la regalaron porque era barata. Me estuvisteis empujando mientras servía y me estáis apagando ahora que estorbo, y en medio me dejasteis creer que las dos cosas las hacía yo.
—¿A cuántas les has dicho tú y yo? —dijo, y no supo de dónde le había salido, y en el segundo en que lo preguntó supo que no debía haberlo preguntado porque él iba a contestar.
—A todas —dijo Rodrigo.
Naia se apoyó con las dos manos en el borde de la mesa. Miró las hojas cuadradas.
Y desde ahí, con la cabeza baja, siguió, y ya no le hablaba del todo a él.
—Y lo peor no soy yo —dijo—. Eso es lo que no te esperabas, ¿verdad?
Que viniera a decirte esto. Yo tengo un piso en Malasaña y un contrato de dos años y me voy a caer con red de protección.
Lo peor son ellos. Hay una chica en Guadalajara que me escribió que había dejado la terapia porque mis vídeos le hacían más que la terapia.
Se lo agradecí. Le mandé un audio de treinta segundos que grabé entre toma y toma y le dije que la quería mucho y que la terapia era importante, y me sentí buena persona,
y pasé al siguiente mensaje, y no me dejó marca.
Hay ochenta mujeres que no cupieron en una sala de Polanco y se conectaron a una transmisión.
Hay una que vino desde Monterrey en avión para estar una hora conmigo.
Yo creía que eran mi comunidad. ¿Sabes lo que son?
Son una mina. Se les extrae. Gota a gota, todo el rato, optimizando para que suelten cuanto más mejor y se enteren cuanto menos mejor.
Y yo no soy la que produce y ellos los que consumen.
Yo soy el cebo. Yo soy la cara bonita que ponéis en el anzuelo para que la gente abra la aplicación, y ellos son de donde sale el dinero,
y el que extrae no somos ninguno de los dos.
Les vendo sobres de colores pastel que se llaman Claridad y Calma y Enfoque.
Sustitutos de comida. A mujeres. —Levantó la cabeza—.
Yo estuve tres años enferma, Rodrigo. Empecé a subir vídeos contando eso.
Empecé con eso. Y ahora peso una cucharada de mantequilla de almendra delante de una cámara con una báscula que no necesito, porque el gesto de pesar comunica intención.
Se quedó callada. La respiración le sonaba en el despacho. Fuera, del otro lado de la persiana, alguien se rió de algo y el sonido llegó amortiguado y siguió su camino.
—Yo he hecho todo lo que me dijisteis —dijo, más bajo—. Todo. Paso por paso. Sin saltarme nada.