Capítulo 21 — Res
Entre la mañana de Tetuán y la mañana en que cogió el metro, Naia trabajó.
Fue lo más raro de todo y también lo más fácil, porque el cuerpo tenía el trabajo aprendido y no le hizo falta pedirle permiso a nada.
Grabó. Montó. Programó. Respondió mensajes, dio like a su gente, contestó a la marca grande unas dudas sobre los entregables del primer mes y quedó con Bruno una tarde y se rió dos veces de cosas que a Bruno le hicieron gracia.
Subió un reel de tren inferior con banda elástica a las dos y cuarto de la madrugada, hora peninsular, y a las nueve de la mañana llevaba seiscientas mil reproducciones, que era menos de lo que habría llevado un año antes y que ella miró con la calma nueva de quien mira una radiografía cuyo diagnóstico ya conoce.
La máquina de la mañana funcionó esos días.
No se enteró de nada. Ese era el descubrimiento: que la máquina podía seguir funcionando entera dentro de una mujer a la que le habían quitado el suelo, y que nadie desde fuera notaría la diferencia, y que nadie la notó.
Durmió mal. No con el insomnio que impide dormir sino con el otro, el que adelgaza el sueño hasta dejarlo transparente.
Por las noches recorría la lógica de principio a fin, y ya no había ningún tramo en que la lógica se rompiera, ninguna esquina donde ella pudiera meter la duda como se mete una cuña.
Antes había duda. Antes la duda era lo que le permitía trabajar.
Ahora tenía en su lugar una cosa lisa, cerrada, de una pieza, y contra las cosas de una pieza no se puede hacer nada más que mirarlas.
No llamó a nadie. No tenía a quién, y ya no le dolía como le había dolido; había pasado a la categoría de los datos.
Ese día se levantó, se duchó y se vistió, y solo cuando estaba en el andén, mirando el panel de los minutos, se dio cuenta de que se había puesto exactamente lo que se habría puesto para grabar.
Las mallas buenas. La sudadera fina de media cremallera.
El pelo suelto con las ondas hechas de dormir sobre él.
Se lo había puesto sin decidirlo, con la mano, con el instinto que llevaba seis años eligiendo lo que parecía no elegido, y de todas las cosas que le habían pasado en esos días, esa —comprobar que iba a la peor mañana de su vida encuadrada— fue la que le dio ganas de romper algo.
Fue en metro. No pidió coche. Iba de pie, agarrada a la barra, con el bolso cruzado y dentro del bolso el sobre, y dentro del sobre las hojas dobladas en tres por las mismas dobleces de la noche en que se las dieron en la calle.
El vagón iba lleno a esa hora. Iba lleno de gente mirando hacia abajo, todos, sin excepción, hombres y mujeres y un chico con uniforme de colegio, la cara iluminada desde abajo por una luz pequeña, deslizando el pulgar hacia arriba, hacia arriba, hacia arriba.
Naia los miró uno por uno hasta la estación Alonso Martínez y no le dio pena ninguna.
Le dio otra cosa, más difícil de sostener de pie en un vagón.
La agencia ocupaba dos plantas de un edificio de los años noventa en Almagro. Ella había estado dentro tres veces en dos años, siempre acompañada, siempre esperada, siempre para algo que se había decidido antes de que ella llegara. Empujó la puerta de cristal a las diez y veinte de la mañana.
—Buenos días —dijo la chica de recepción, y levantó la cara, y la reconoció, y tuvo que administrar en un segundo y medio la reconciliación entre el protocolo y el hecho de tener delante a una mujer a la que seguían dos millones ochocientas mil personas—. ¿Tienes... tienes cita?
—No.
—Es que Rodrigo tiene la mañana cerrada. —La chica miraba la pantalla como si en la pantalla fuera a aparecer una salida—. ¿Quieres que le diga que has venido y te llamamos?
—No —dijo Naia—. Espero.
Y no se sentó. Ese fue el único gesto que había preparado, si es que había preparado alguno: no sentarse.
Se quedó de pie junto al mostrador, con el bolso cruzado, mirando hacia la planta abierta que empezaba tres metros más allá, detrás de una mampara de cristal con el logotipo repetido en vinilo esmerilado a la altura de los ojos, para que nadie se estampara.
Al otro lado había escritorios largos de madera clara, sillas ergonómicas mal ajustadas, gente con auriculares, una impresora, y en la pared del fondo un calendario grande con los nombres de las creadoras de la agencia en columnas de colores.
Buscó el suyo sin querer buscarlo. Estaba arriba del todo, en la primera columna, en verde.
En el ala derecha, a media planta, había un escritorio con la silla metida y la superficie vacía.
No pensó nada de ese escritorio. No había nada que pensar.
La chica de recepción marcó una extensión, dijo algo tapando el auricular con la mano, colgó, volvió a marcar.
Y mientras marcaba por segunda vez, Naia levantó la vista y vio, al fondo de la planta abierta, de pie junto a la mesa de alguien, con una carpeta bajo el brazo y la cabeza girada hacia el cristal, a Rodrigo Prats.
La estaba mirando. Llevaba mirándola —Naia lo supo por la quietud, no por el gesto— algo más de lo que se mira una cosa que uno acaba de ver.
No hizo nada durante dos segundos. Después se inclinó apenas hacia una mujer con auriculares que estaba sentada a su lado y le dijo tres palabras, y la mujer con auriculares se levantó y cruzó la planta abierta hacia recepción, sonriendo desde antes de llegar.
—Naia. Qué alegría. Rodrigo te recibe ahora mismo. Pasa, anda.
Y Naia pasó, y mientras pasaba entendió la primera cosa de la mañana, y la entendió con una limpieza que le hizo daño: que había venido sin avisar, que había cruzado media ciudad de pie en un vagón para irrumpir, para llegar sin que él lo supiera, para ser por una vez la que aparece; y que él la había visto antes de que ella lo viera, y que había sido él quien había decidido que pasara.
Ni siquiera esto lo había hecho ella. Ni siquiera esto.
Cruzó la planta abierta detrás de la mujer con auriculares.
La gente levantó la vista de las pantallas.
Una chica joven se llevó la mano a la boca y le dio con el codo a la de al lado.
Un chico se quitó un auricular. Nadie dijo nada.
Todos volvieron a sus pantallas medio segundo después con esa velocidad exacta de la oficina, la de quien ha visto algo que no le corresponde y decide, sin pensarlo, guardarlo para el café.
El despacho de Rodrigo estaba al fondo, a la derecha.
Tenía una pared de cristal hacia la planta abierta, con una persiana veneciana que Naia, en las tres veces que había estado allí, nunca había visto bajada, porque —eso se le ocurrió ahora, en la puerta, y era una ocurrencia de varios días y no de ese segundo— un hombre que no esconde nada no baja la persiana.
Él ya estaba dentro. Había dejado la carpeta sobre la mesa y venía hacia ella con los brazos un poco abiertos y la cara puesta.
—¡Naia! —dijo—. Qué susto me has dado. ¿Ha pasado algo?
Se inclinó para darle los dos besos.
Naia no se movió. No retrocedió ni le puso la mano en el pecho ni hizo nada de lo que se hace en las películas.
Simplemente no puso la cara. Se quedó donde estaba, con los pies plantados y el bolso cruzado, y el gesto de Rodrigo llegó hasta la mitad de su recorrido y allí se encontró con nada, con una mujer que lo miraba, y se retiró él solo, sin brusquedad, como se retira una ola.
Rodrigo se enderezó. Fue a la puerta y la cerró. La cerró él, con cuidado, con el picaporte sujeto para que el pestillo no chascara, y volvió a su lado de la mesa y se quedó de pie detrás del sillón, con las manos apoyadas en el respaldo.
—Cuéntame —dijo.
Naia abrió el bolso. Le temblaban las manos y las vio temblar y no le importó, y esa fue la primera cosa que le pasó en seis años.
Sacó el sobre. Sacó las hojas del sobre y las desdobló, y las hojas hicieron el ruido seco que hace el papel que ha estado mucho tiempo doblado del mismo modo, y las tiró sobre la mesa.
No fue un gesto elegante. Las tiró desde demasiado lejos y demasiado alto, y las hojas se abrieron en el aire y cayeron mal, desparramadas, y una se deslizó por la madera pulida hasta el borde y se cayó al suelo del otro lado.
Rodrigo la miró caer. Después se agachó, la recogió, la puso encima de las otras y, con dos dedos, ordenó el montón contra el canto de la mesa hasta que los bordes quedaron alineados.
Lo hizo sin leer una sola cifra. Lo hizo como quien recoge algo que se ha caído en su casa.
Y entonces —esto fue lo que Naia no olvidaría, más que ninguna palabra de las que vinieron después— rodeó la mesa, fue hasta la pared de cristal, cogió la varilla de la persiana veneciana y la giró despacio hasta que las láminas se cerraron y la planta abierta desapareció, y la gente de la planta abierta desapareció, y el despacho se quedó con la luz del patio interior y nada más.
Volvió. Se sentó. Con la mano abierta le indicó la silla de enfrente.
Naia se quedó de pie.
Y no supo —ni entonces, de pie, con las hojas de su vida cuadradas sobre la mesa, ni después, ni nunca— si Rodrigo había bajado la persiana para protegerla a ella de la mirada de treinta personas o para protegerse él, o para nada, porque era lo que se hace cuando alguien va a levantar la voz en una oficina.
Buscó en su cara la respuesta y en su cara no había ninguna respuesta.
Había un hombre de cincuenta y algo, con el pelo gris cortado caro, sentado con las manos cruzadas sobre una mesa, esperando.
Empezó a hablar y le salió la voz mal.