Capítulo 20 — Exit Interview
Llegó a las ocho y cuarto, como cada mañana de los últimos cuatro años. La planta estaba encendida y vacía y olía al producto de limpieza que echaban de madrugada. Dejó la mochila en la silla del escritorio del medio, encendió el ordenador y abrió el correo antes de quitarse el abrigo.
Diecinueve mensajes desde las once de la noche anterior, que era la hora a la que él mandaba el último.
Doce automáticos. Cinco de creadoras con dudas sobre pagos que no eran su competencia.
Y uno con un asunto de tres palabras, Convocatoria reunión interna, firmado por una mujer cuyo nombre no le sonaba y cuya dirección terminaba en un dominio que no era el de la agencia.
Lo leyó dos veces. Pedía su presencia a las diez y media en la sala pequeña. No decía el motivo. Calculó que faltaban dos horas y ocho minutos, y en esas dos horas y ocho minutos hizo lo que hacía siempre. Contestó por orden. Escaló los pagos.
Actualizó la hoja de calendario de una campaña de Stratum que llevaba el sello de otra persona en el encabezado.
A las nueve y veinte bajó a por café y la cocina estaba vacía.
A las diez y media entró en la sala pequeña.
La sala tenía una mesa para seis y una ventana al patio interior.
Había tres personas. La mujer del dominio distinto, con una carpeta y un portátil abierto.
Un hombre de la gestoría al que había visto dos veces en cuatro años.
Y una tercera persona que no habló nunca y cuya función Toño Dorantes no llegó a entender.
Le agradecieron que hubiera venido.
La mujer leyó de la pantalla. Usó la palabra hechos.
Usó la palabra conducta. Dijo ambiente laboral y dijo de forma reiterada y dijo, dos veces, protocolo, y una vez canal interno, y Toño Dorantes reconoció el nombre porque el documento de veintiocho páginas donde el canal interno se describía lo había subido él a la intranet dos años antes, un viernes por la tarde, después de ajustarle los márgenes.
Habló de una compañera del equipo. Dijo la denunciante.
El escrito recogía episodios en distintas fechas; leyó dos en voz alta y no leyó las demás. Había una frase transcrita entre comillas sobre el color de un jersey. Había otra sobre una invitación a salir un viernes.
Había una tercera que Toño Dorantes no recordaba haber dicho y que reconoció como suya en cuanto la oyó, porque estaba dicha exactamente como él decía las cosas.
No dijo el nombre y no hacía falta. Lucía llevaba cuatro años sentada a doce metros de él.
La agencia consideraba los hechos acreditados, dijo la mujer, y procedía la extinción de la relación laboral con efecto inmediato.
Dijo extinción. El hombre de la gestoría deslizó dos folios sobre la mesa y le tendió un bolígrafo de plástico.
Uno de los folios tenía abajo un recuadro con una línea y, debajo de la línea, la palabra Recibí.
No era una conformidad, aclaró el hombre.
Era un acuse. Firmar no significaba estar de acuerdo.
Significaba solo que el documento había sido entregado.
Toño Dorantes firmó Antonio Dorantes, con el nombre completo, que era como firmaba las cosas oficiales.
¿Quería añadir algo? La mujer lo preguntó mirándolo por primera vez desde que había empezado a leer, con una atención profesional y limitada, y esperó el tiempo que estaba previsto esperar.
Toño Dorantes dijo que no.
Fuera, junto a su escritorio, había una caja de cartón que alguien había dejado sin entregársela.
Metió un cargador, una taza, un blíster de ibuprofeno, una carpeta de plástico con cosas que llevaba dos años sin abrir.
Sobró caja. Fue a apoyar el ordenador encima antes de acordarse de que el ordenador era de la agencia.
Cuando se sentó a cerrar la sesión, la sesión ya estaba cerrada. La había cerrado alguien a las diez y cuarenta y una, mientras él seguía en la sala pequeña, once minutos antes de que la reunión terminara.
La reunión había durado veintidós minutos.
En veintidós minutos nadie le preguntó por un correo mandado desde una cuenta a nombre de Antonio Dorantes.
Nadie le preguntó por un rellano un domingo por la mañana, ni por un sobre de papel entregado en la calle una noche de frío, ni por una hoja de números con una primera fila.
Nadie mencionó a Naia Soler. El escrito de la denunciante no la nombraba, la mujer de la carpeta no sabía que la agencia gestionaba su cuenta, y en el expediente que se archivó esa misma mañana en una carpeta de un servidor no figuraba, y no iba a figurar nunca, la única cosa que Toño Dorantes había hecho en cuatro años que le pareciera suya.
Devolvió la tarjeta en recepción. Cogió la caja con las dos manos, por debajo, porque el cartón era fino.
Esta vez sí lo vieron salir. Levantó la vista Patricia, y una chica del ala izquierda que no sabía su apellido, y Marcos, que estaba de pie junto a la impresora con el teléfono en la oreja y que siguió hablando.
El ascensor tardó. Y cuando la puerta del edificio se cerró detrás de él y salió a la calle de Almagro, a una mañana de finales de invierno con la ciudad entera ocupada en otra cosa, Toño Dorantes echó a andar hacia la boca del metro con la caja apoyada en la cadera, a la misma velocidad de siempre.