Capítulo 18 — Specimen #2
—Meseta —repitió Naia, y la palabra, que ella ya conocía de la máquina que le hablaba como a un niño de ocho años, ahora la decía un hombre de cuarenta y tantos con un puntero láser, y sonaba distinta, sonaba con peso.
—Meseta. Ahora, la pregunta que hace todo el mundo: ¿por qué se queda plana?
Y aquí es donde la gente se equivoca, porque la respuesta intuitiva es, esta cuenta ha dejado de crecer porque ha dejado de ser buena.
Se ha acomodado, la gente se aburre. —Negó con la cabeza, despacio—.
Y a veces es eso, de verdad. Pero cuando lo ves así de recto —el punto rojo temblaba sobre la línea plana— no es eso.
Una cuenta que se apaga sola no se apaga en línea recta; se apaga con baches, con días buenos y malos, tiembla. Esto no tiembla. Esto tiene un techo.
Y los techos no los pone el que está debajo. Los pone el que está encima.
Lo dijo sin ninguna solemnidad, con la naturalidad del que expone un dato aburrido, y siguió antes de que Naia pudiera colocar la frase en el sitio donde le estaba cayendo.
—Vale. Vamos a por el por qué, que es lo interesante.
—Se levantó, con la lentitud de siempre, y por un momento pareció que iba a ir hacia la pantalla de proyección, hacia sus diapositivas, hacia la versión que daba en las salas; se detuvo a mitad de camino, se dio cuenta de que no hacía falta, y se quedó apoyado en el borde de la mesa, más cerca de ella—.
Tú piensas, como piensa todo el mundo, que Stratum quiere que sus creadores grandes crezcan cuanto más mejor.
Tiene lógica: tú generas atención, la atención es lo que ellos venden, luego cuanto más grande seas tú, más ganan ellos.
Pues no. Ahí está el error de base. A la plataforma no le interesa que tú crezcas.
Le interesa que la atención total del sistema crezca.
Y a partir de cierto punto son cosas contrarias.
—¿Contrarias por qué?
Y ahí Iván se detuvo, porque la pregunta era buena, era exactamente la pregunta que había que hacer en ese punto, y casi nadie la hacía; casi todo el mundo asentía y esperaba a que él siguiera, y él seguía hablándole a un techo.
Naia no había asentido. Naia había preguntado por qué, mirándolo, con la atención entera puesta encima, y esa atención —él no lo habría sabido explicar, pero la notó como se nota un cambio de temperatura— le hizo algo.
Le hizo bajar la voz un poco, dejar de recitar, empezar a pensar en voz alta delante de ella en lugar de para ella.
—Contrarias porque un creador, cuando es nuevo, es pura ganancia para el sistema.
Eres una cara que la gente todavía no ha visto, cada cosa que subes capta atención nueva.
Entonces te empujan. Eso que vivió esta cuenta —se corrigió sin darle importancia, señalando la hoja— al principio, esa subida que parece un cohete, esa no es tuya.
Esa te la regalan, porque llevándote a ti, nueva, a mucha gente, el sistema gana atención barata.
—Hizo una pausa—. Pero llega la madurez, y en la madurez pasan dos cosas.
Una: ya has captado a casi todo el que ibas a captar, o sea que empujarte rinde menos.
Y dos, la que nadie te cuenta: te has vuelto peligrosa para ellos.
—¿Peligrosa? —Naia casi se rió, pero no le salió la risa, porque la palabra no daba risa.
—Peligrosa. Sí. —Iván apoyó el puntero en la mesa, por una vez quieto—. Piénsalo. Una creadora grande, madura, con años, tiene un público que la quiere a ella, no a la plataforma. Puede coger a ese público y llevárselo a otra red, a un boletín, a lo que sea. Puede plantarse y pedir más dinero.
Puede, básicamente, dejar de necesitarlos a ellos tanto como ellos te necesitan a ti.
Para el sistema, un creador grande y viejo deja de ser un activo y se convierte en dos cosas: un riesgo, porque concentra poder en una persona que no controlan, y un tapón, porque ocupa un espacio de atención que podrían usar para meter a alguien nuevo, barato, sin fuerza para negociar, que vuelve a rendir atención de la buena. —La miró—. ¿Ves por dónde va?
Naia lo veía. Lo veía con una claridad fría que le empezaba en la nuca. No dijo nada. Iván siguió.
—Entonces, ¿qué hace el sistema, que optimiza cada milímetro?
No te echa: sería estúpido, se notaría, y tú todavía das dinero.
Te pone un techo. Deja de empujarte, te deja en tu meseta cobrando lo que rindes, y coge todo ese empuje que antes gastaba en ti y se lo da a las que suben.
Y tú, desde dentro, ¿qué ves? Que te estancas.
Días raros en que algo que debería volar no vuela.
Y como nadie te ha explicado esto, te dices lo que se dice todo el mundo: que el algoritmo está caprichoso, que has tenido una mala racha, que tienes que currar más.
Te echas la culpa. Buscas dentro. Y dentro no está, porque no lo has hecho tú.
—Se encogió de hombros—. No hay una mala racha.
Hay una decisión. Solo que no la ha tomado nadie con tu nombre delante.
La ha tomado un sistema que reparte luz y que ha calculado que tú, en este punto de tu curva, rindes más apagada a medias que encendida del todo.
La cafetera terminó de gotear con un suspiro largo. Iván no lo oyó. Naia sí, porque estaba registrando todo, cada sonido, del modo en que se registra el mundo cuando alguien está diciendo algo que no se puede dejar de oír.
—Y ahora viene la parte más fría —dijo Iván, y por primera vez algo en su voz cambió, se puso más plano, casi a disgusto, como quien llega a lo que preferiría saltarse—. Porque a lo mejor piensas: vale, me han puesto un techo, pero al menos me mantienen. Y no. Porque el sistema no para.
Detrás de ti hay otra subiendo, a la que le están dando ahora mismo el empuje que antes te daban a ti.
Y cuando esa otra llega a tu tamaño, tú ya sobras del todo, porque ya tienen quien ocupe tu sitio dando atención más barata.
Ahí la meseta se convierte en caída. Tampoco te echan entonces, no hay carta: te van quitando luz, poquito, semana a semana, y se la van dando a la que viene.
—Cogió el puntero, encendió el punto rojo, lo posó sobre una de las filas de abajo, una que subía—.
¿Ves esta? Está haciendo ahora lo que hizo la primera hace tres años, subiendo con el cohete regalado.
Y el día que llegue arriba, la primera —el punto rojo saltó de vuelta a la fila de Naia— ya no estará.
Se habrán intercambiado el sitio. Y fíjate en una cosa, y perdona que la llame preciosa, es deformación mía: la cantidad de luz total es más o menos la misma.
A una le quitan exactamente lo que a la otra le dan.
Es un reparto. Un sistema que mueve una cantidad fija de atención de una cara a otra, sin gastar de más, sin sentir nada, porque no hay nada que sienta.
—Pero eso —dijo Naia, y le costó, porque la boca estaba seca— eso es hacerlo a propósito.
—No. —Iván levantó la mano, el puntero apuntando al techo sin querer—.
Y esto es lo más difícil de aceptar, porque la gente quiere un malo.
No hay nadie sentado decidiendo joderte a ti.
No hay una reunión donde alguien dice vamos a apagar a esta.
Es peor: es un sistema con un solo objetivo, retener la máxima atención posible de toda la gente el máximo tiempo posible, y que ha aprendido solo, optimizando, que la mejor manera de conseguirlo es una plantilla en rotación permanente.
Estrellas que suben, techo cuando maduran, recambio cuando estorban. No es maldad.
Es matemática. Nadie te odia. Y eso —la miró, y el humor seco había desaparecido del todo de su cara— eso es mucho peor que si alguien te odiara, porque a alguien que te odia le puedes importar. A esto no le importas. No es que te trate mal. Es que no te trata. Eres una casilla en un reparto.
Hubo un silencio. Iván lo dejó estar, porque había aprendido, en años de salas, que después de esa frase había que dejar un silencio, que la gente lo necesitaba, aunque la gente casi nunca lo usara para lo que Naia lo estaba usando, que era para poner su propia vida debajo de cada palabra.
Después volvió a mirar la hoja. La primera fila, la línea que subía y se aplanaba, la meseta más limpia del documento.
Y por un momento pareció que iba a decir algo más, algo concreto: bajó el puntero hacia esa fila, la señaló, abrió la boca.
Naia lo vio abrir la boca. Pero lo que salió no fue lo que iba a salir.
Iván hizo un gesto pequeño con la mano libre, el de espantar una mosca que no está, y dijo:
—Bueno, del caso concreto ya… mejor no entramos, que además es lo más aburrido y cada cuenta es un mundo.
—Lo dijo deprisa, sin mirarla, con la fluidez automática de una frase que había usado mil veces para salir de mil sitios, la fórmula de siempre para dejar un tema sin que pareciera que lo dejaba—.
Con la foto general tienes de sobra para lo tuyo.
Y siguió con la foto general, y encendió otra vez el puntero, y lo movió por el aire hacia ningún sitio.
Pero Naia, que llevaba toda la mañana leyéndolo, y que llevaba toda la vida leyendo a la gente porque de leerla comía, registró el salto.
Registró que había una cosa concreta ahí, en esa primera fila, que el hombre acababa de rodear, y que la había rodeado con demasiada soltura, con la soltura del que no improvisa una evasiva sino que repite una que ya trae puesta, gastada, lista para usar.
No supo qué era lo que se saltaba. Supo que se saltaba algo.
Y lo archivó, como archivaba todo, en el mismo sitio donde llevaba semanas guardando formas y palabras sin entenderlas, a la espera.