Capítulo 18 — Specimen
La oficina de Iván Alcázar estaba en una tercera planta sin ascensor de una calle de Tetuán que no salía en ninguna guía, encima de una tienda de recambios de fontanería, y Naia lo supo antes de llamar al telefonillo porque la dirección que Bruno le había pasado no tenía el aspecto de las direcciones a las que ella iba.
Bruno se lo había presentado como un hallazgo suyo, con el orgullo del que encuentra algo bueno donde nadie mira, un fenómeno, había dicho, uno que sabe de esto de verdad, no un gurú de los de LinkedIn, y le había dado la cita ya cerrada, un martes por la mañana.
Naia no tuvo ningún motivo para preguntarse de dónde había salido el nombre.
Subió los tres pisos a pie, con el sobre de papel en el bolso —el que llevaba semanas viviendo en un cajón y que esa mañana, por primera vez, había sacado—, y pensó que un sitio así, sin recepción, sin logo, sin nada que impresionar, era buena señal, que la gente que de verdad sabía no necesitaba parecerlo.
Le abrió él mismo. Cuarenta y tantos años, de estatura media, con esa clase de cuerpo que ha ido ganando peso sin dramatismo, redondeándose despacio en las oficinas; la cara redonda, la barba de tres días recortada con una precisión que no cuadraba con el resto, el pelo oscuro clareando en la coronilla, unas gafas de pasta fina, una camisa oxford azul remangada hasta el codo y unos tenis blancos de los que se compran por comodidad y no por marca.
Le tendió la mano con una lentitud de oso, un movimiento sin ninguna prisa, y dijo su nombre completo, Iván Alcázar, como si el apellido fuera necesario, y después se apartó para dejarla pasar con un gesto que rozó una silla y la desplazó y él la volvió a colocar en su sitio sin dejar de hablar.
Al abrir, algo le pasó por la cara, un reconocimiento inmediato que no llegó a gesto grande porque él no lo dejó llegar, pero que Naia —que llevaba toda la vida leyendo en las caras ajenas el instante exacto en que alguien la coloca— vio entero.
La reconocía. No como se reconoce a una desconocida que resulta guapa, sino como se reconoce a alguien cuya cara se ha visto muchas veces sin haberla buscado: la creadora que su hija tenía todo el día en la pantalla, la del ejercicio,
la de los desayunos, esa. La colocó en dos décimas de segundo, y en esas dos décimas la miró como se mira a una persona y no a un cuerpo.
Vio el pelo castaño con las mechas caramelo suelto sobre los hombros, ondulado, todavía con la forma un poco deshecha de quien no se ha peinado para nadie esa mañana.
Vio unas mallas negras de deporte y una sudadera fina de media cremallera, la ropa de trabajo de su oficio, lo ajustado marcándole la figura menuda sin que ella pareciera haberlo pensado, porque hacía años que no pensaba la ropa, la ropa era una herramienta más.
Vio la cara sin apenas maquillaje, solo lo de diario, una base ligera que no llegaba a tapar el cansancio instalado debajo de los ojos, un cansancio que en otra habría afeado y que en ella se leía como seriedad, como el gesto de alguien que no ha venido a que la miren sino a algo.
Era guapa, de una manera tranquila y real, con los rasgos finos y los labios llenos y los ojos claros que su hija describía en casa como injustos; pero eso fue lo último que Iván registró y lo primero que apartó, porque lo que tenía delante no era una cara bonita, era una persona a la que reconocía y que, por algún motivo que él todavía no sabía, había subido tres pisos a pie para sentarse con él.
—Perdona el desorden. Esto es un sitio de trabajo, no un escaparate. —Lo dijo sin pedir perdón de verdad, con una tranquilidad de quien ha decidido hace tiempo que el orden visible es una cosa que se les vende a los clientes y el trabajo es otra.
El desorden era real. Tres pantallas encendidas sobre una mesa larga, con gráficas abiertas en todas, líneas de colores, una ventana de código que Naia no supo leer; cables por el suelo con las bridas sueltas; vasos de café en distintos estadios de abandono, uno con el poso ya seco; una planta en una esquina que llevaba camino de morirse desde hacía semanas sin que nadie le diera ni agua ni el permiso de morirse del todo; contra la pared, una pantalla de proyección enrollable, montada y sin recoger; y sobre la mesa, junto al teclado, un puntero láser rojo de los de conferencia, que Iván cogió al sentarse con la naturalidad con que otros cogen un bolígrafo y que ya no soltó en toda la mañana, aunque no hubiera nada que señalar.
Aquello fue lo primero que a Naia le hizo gracia sin que supiera del todo por qué: el puntero.
Un hombre en una habitación sin público, con una sola persona enfrente, sosteniendo un puntero láser como si en cualquier momento fuera a proyectarse una diapositiva en la pared.
Lo hacía girar entre los dedos mientras hablaba, y en algún momento, sin darse cuenta, encendió el punto rojo y lo pasó por la mesa, por un vaso, por el borde de una pantalla, como un gato que persigue algo que no está.
Le ofreció café. Naia dijo que no, gracias, y él se sirvió uno de una cafetera de goteo, en una taza que decía algo de un congreso de analítica digital de un año que ya había pasado, y se sentó frente a ella con las tres pantallas de costado.
No dijo nada de lo que había reconocido en la puerta.
No le pidió una foto, no le dijo mi hija te sigue, no soltó ninguna de las cosas que soltaba la gente.
Se limitó a tratarla como lo que había decidido que iba a ser esa mañana, una consulta profesional y no una creadora famosa en su oficina, y Naia se lo agradeció sin decírselo.
—Bueno —dijo Iván, y dejó el puntero sobre la mesa, y volvió a cogerlo—. Me dice tu chico que quieres entender cómo funciona esto por dentro. Para una serie, ¿no? Divulgación.
—Eso es.
—Vale. —Se frotó las manos, o hizo el gesto, y de pronto pareció otra persona, más despierto, como si le hubieran dado cuerda—.
Te aviso de una cosa antes de empezar, para que no te lleves una decepción. Esto lo explico mucho. Lo explico en agencias, en marcas, en paneles llenos de gente que ha pagado por estar ahí.
Y te vas a dar cuenta enseguida de una cosa rara, y es que la mayoría de la gente que paga por que se lo explique, en realidad no quiere que se lo explique.
Quiere que le confirme lo que ya cree. —Sonrió, un poco de lado—.
Así que si en algún momento te aburro, me lo dices y me salto la parte técnica y te doy los cuatro titulares y tan amigos.
Lo dijo con un humor seco, sin esperar la risa, con el tono de quien ha soltado esa misma frase en tantas salas que ya la usa como quien enciende y apaga una luz para comprobar que la sala está viva.
Naia no se rió, pero se inclinó un poco hacia delante, y ese movimiento mínimo, el de una persona que se acerca en vez de recostarse, Iván lo registró sin comentarlo.
—No me vas a aburrir —dijo ella—. Empieza por lo técnico.
Iván la miró medio segundo de más. En su experiencia, la frase empieza por lo técnico la decía la gente justo antes de mirar el teléfono, y él tenía preparado, para ese momento, un chiste sobre las mesetas que despertaba a los ejecutivos que empezaban a irse. Se lo guardó, por si acaso.
—Vale —dijo—. Enséñame lo que traes. Se explica mucho mejor sobre un caso que en abstracto.
Y ahí llegó el momento que Naia había preparado sin ensayarlo, el que era ya un reflejo tan viejo en ella como el de encuadrar un desayuno: mostrar la forma y esconder el nombre.
Sacó el sobre del bolso. Sacó las hojas del sobre.
Y las puso sobre la mesa girándolas hacia él, pero antes, con un gesto que ni ella advirtió como una precaución porque lo hacía siempre, con todo, deslizó el pulgar sobre la esquina donde iba el código de la primera fila, WL-MXA-01, tapándolo un instante, como quien tapa una cara en una foto que va a enseñar.
No hacía falta. El código estaba impreso, no se borraba con el pulgar.
Pero la mano lo hizo igual, por costumbre, por el mismo instinto que llevaba años decidiendo qué parte de ella entraba en el plano.
—Es material de investigación para la serie —dijo, con la voz lisa de la duda técnica, la voz que no tiene dueño—. Me lo pasó una fuente. Es un análisis de cuentas de un nicho, wellness, fitness, todo eso, en Stratum. No sé leerlo bien.
Quería que alguien que sepa me dijera qué se está viendo aquí. Si es normal o no es normal.
Iván se caló las gafas, que ya llevaba puestas, un gesto puramente maquinal, y acercó las hojas.
Y Naia vio el momento exacto en que el hombre desapareció y quedó solo el ojo, como cuando Mateo, el fotógrafo de México, cogía la cámara y dejaba de ser un tipo que hablaba mucho para ser una máquina de calcular la luz.
Iván recorrió la primera hoja con el puntero apagado, usándolo de regla, y no dijo nada durante un rato largo, en el que la oficina fue solo el zumbido de las tres pantallas y el goteo de la cafetera.
—Uf —dijo por fin, y se recargó—. Vale. Esto está bien hecho. Esto no lo ha montado un community manager. —La miró por encima de las gafas—. ¿De dónde has dicho que salió?
—Una fuente. No puedo decir más.
—Ya. —No insistió. La gente que se dedicaba a esto respetaba a las fuentes del mismo modo en que respetaba a los sistemas: como cosas que funcionan según reglas propias que no conviene forzar—. Bueno, da igual de dónde salga, porque lo que dice lo dice solo. ¿Ves esto? —Encendió el puntero.
El punto rojo cayó sobre la primera fila, sobre la línea de números que subía y se aplanaba, y Naia sintió, sin poder evitarlo, el estómago, porque esa era su fila, aunque él no lo supiera—.
Esto de aquí es una cuenta que crece, crece, crece, y de repente…
—el punto rojo se detuvo en el sitio donde la curva se ponía lisa— se queda plana. Y no baja. Se queda.
Semana tras semana, casi el mismo número. A eso, en el gremio, lo llamamos una meseta.