Capítulo 18 — Specimen #3
—Y hay una capa más —dijo él, más suave, casi con pena de seguir, como si volviera del rodeo por el lado ancho, por el que no comprometía a nadie en concreto—.
Porque tú me preguntas por los creadores, por wellness.
Pero esto no va solo de vosotros. Toda esa gente que os ve, los millones del otro lado, esos que tú llamas tu comunidad…
para el sistema son exactamente lo mismo que tú. Recurso.
Nadie los trata como clientes, como gente a la que se respeta y se le da lo que pide.
Se les trata como una fuente de atención que se extrae, gota a gota, optimizando para que suelten cuanto más mejor y se den cuenta cuanto menos mejor.
Tú crees que eres la que produce y ellos los que consumen.
No. Vosotros sois el cebo y ellos son la mina, y el que extrae es el mismo, y no sois ninguno de los dos.
Esa es la parte que no le gusta oír a nadie, y por eso normalmente no la digo, porque no me pagan para deprimir a la gente.
Me pagan para tranquilizarla. —Se detuvo, como si se hubiera oído a sí mismo, y añadió, más bajo, con la misma automatización con que había rodeado la primera fila un momento antes—: Perdona.
Me he ido. Para una serie de divulgación esto es demasiado. Te va a quedar muy oscuro.
Y ahí Naia hizo la cosa.
No la decidió. O la decidió del modo en que se decide dar un paso cuando el suelo ya ha cedido, que no es un paso sino una caída hacia delante.
Llevaba toda la mañana escuchando a ese hombre con una atención que no era estrategia, que se le había ido de las manos, y había notado, del modo en que ella notaba esas cosas porque llevaba toda la vida leyendo la atención ajena para vivir de ella, que Iván no estaba acostumbrado a que lo escucharan así, que hablaba de espaldas a un techo desde hacía tanto que ser mirado de frente lo había ido ablandando frase a frase, haciéndolo bajar la voz, dejar el guion, decir cosas que confesaba no decir.
Y algo en ella, harta de recortar, harta de tapar el nombre y enseñar solo la forma, harta de rodear en vez de entregar, se rindió a la simetría: él le estaba dando la verdad entera, y ella le estaba dando media.
—No es para una serie —dijo.
Iván levantó la vista. El puntero se quedó quieto.
—No hay ninguna serie. —Naia oyó su propia voz salir sin el barniz, sin la entonación cálida que se le había desplazado hacia un Atlántico que no era el suyo, sin nada, la voz de debajo de todas las voces—.
La cuenta es mía. La de la primera fila.
WL-MXA-01, wellness, México y Argentina.
Esa soy yo. La meseta es la mía. Los bajones son míos.
La que sube ahí abajo, la que viene detrás, es la que viene detrás de mí.
—Empujó la hoja dos centímetros hacia él, como se entrega una radiografía—.
No tengo ninguna fuente que proteger. Me lo mandó un desconocido.
No entiendo nada de esto. Solo necesito que alguien que sepa me diga si me estoy volviendo loca.
Fue el acto más desnudo de toda su vida, y lo hizo en una oficina de Tetuán encima de una tienda de recambios de fontanería, delante de un hombre al que había conocido esa mañana, y en el momento de hacerlo no sintió alivio ni valentía, sintió el vértigo puro de haber dejado de esconderse por primera vez desde los veintidós años, desde el vídeo del temblor, desde antes.
Iván no dijo nada durante un tiempo que a Naia se le hizo largo.
Dejó el puntero sobre la mesa, con cuidado, como si de pronto le estorbara.
Se quitó las gafas, se pellizcó el puente de la nariz, se las volvió a poner.
Y Naia vio pasarle por la cara, en orden, primero algo que se cerraba, como cuando encajan de golpe dos piezas que uno tenía sobre la mesa por separado sin saber que iban juntas; después el ajuste incómodo de haber estado explicándole en tercera persona, con la frialdad del caso ajeno, la desgracia de la mujer que tenía delante; y por último, subiendo por debajo de todo, una cosa que Naia no supo nombrar y que era la más importante: un cansancio antiguo que se le encendía en los ojos, la fatiga de un hombre que llevaba años haciendo exactamente lo de esa mañana, sentarse delante de creadoras inquietas y explicarles la máquina justo hasta el punto en que dejaran de estar inquietas, ni un milímetro más, contratado por agencias que le pagaban para parecer transparente sin serlo, para dar el noventa por ciento de la verdad y guardarse el diez que dolía.
No sabía lo importante de Rodrigo. No sabía que había una sucesora ya elegida, ni que la mujer que tenía enfrente era una pieza de un tablero que otro movía.
Sabía solo lo justo, lo que le habían dicho, y lo que le habían dicho no tenía nombre.
Un par de días antes, Rodrigo —que ya lo había contratado otras veces, que le pagaba bien y a tiempo, con el que Iván tenía esa relación tibia de proveedor útil que no pregunta— le había escrito para avisarle de que le mandaba a una creadora, una cuenta de la agencia, sin más, con la fórmula de siempre, la que Iván se sabía de memoria porque era palabra por palabra la misma con que lo contrataban todas las agencias: dale contexto, tranquilízala, explícale por encima cómo funciona la cosa, pero no le entregues el paquete completo.
Una cuenta de la agencia. Así, sin nombre.
A Rodrigo ni siquiera le había parecido necesario decirle de quién se trataba —y eso, aunque Iván no podía saberlo, y esto Naia menos todavía, era lo que ocurría del otro lado de la mesa: la prueba más limpia de lo que la mujer sentada enfrente era para el hombre que había organizado la cita, no una persona con nombre sino una casilla, una entre muchas, intercambiable hasta en la instrucción que la mandaba a esa oficina—.
Iván no había atado los dos cabos, la cuenta anónima que le anunciaba Rodrigo y la creadora que su hija tenía todo el día en la pantalla, hasta que le abrió la puerta esa mañana y la reconoció por su cuenta; y ni siquiera entonces del todo, porque una cosa era reconocerle la cara y otra entender, como acababa de entender ahora, con las dos piezas por fin encajadas, que la cuenta que le habían encargado tranquilizar y el caso de manual que él mismo acababa de explicar sin nombrarlo eran la misma mujer.
Las instrucciones, aunque genéricas en la fórmula, se las habían dado para esta cita, para esta persona, y él las había aceptado como aceptaba todas, sin pensarlas, porque cumplirlas a medias era su oficio y hasta esa mañana nunca le habían pesado; nunca, porque ninguna de aquellas creadoras lo había mirado como esta, con la cara abierta, habiéndole entregado su propio nombre, pidiéndole no que la tranquilizara sino que le dijera la verdad.
Y algo se le rompió. No un gran gesto; Iván no era un hombre de grandes gestos.
Se le rompió por dentro la costura fina que separaba lo que sabía de lo que le pagaban por decir, y cuando volvió a hablar habló más despacio que en toda la mañana, sin puntero, con las dos manos quietas sobre la mesa.