Cero Orgánico Capítulo 13 — Judas
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Capítulo 13 — Judas

Se despertó sin que nada la despertara, en la oscuridad que ella había diseñado, y su mano se abrió en el vacío del otro lado de la cama y encontró la sábana fría en lugar de la pantalla, porque el teléfono dormía en el salón, boca abajo sobre la consola de la entrada, y esa era la regla, la única que defendía contra el resto de su vida.

Los otros seis días la primera cosa que tocaba su mano era el cristal, antes de estar despierta, sin recordar haberlo cogido.

El domingo no. El domingo la mano encontraba la cama, y en ese gesto había un lujo que Naia se contaba a sí misma como salud: ser dueña, un día de cada siete, de la primera hora.

El lujo, este domingo, no llegó.

Llegó en su lugar una cosa sin forma que empezó a correr por dentro apenas abrió los ojos, y que no venía de fuera, la traía ella misma, subía sola desde un sitio que los otros días estaba tapado.

Porque los otros días había un reel que montar, una ventana de publicación que no se podía perder, un mensaje de Bruno, una cosa detrás de otra,

y la actividad se ponía encima de lo de abajo como un ruido fuerte tapa uno pequeño hasta que el pequeño deja de oírse.

El domingo no había ruido fuerte. Y en el silencio lo de abajo se oía, y esta mañana no era una cosa: eran varias, y corrían todas a la vez, y ninguna la dejaba coger la siguiente.

El orgánico es cero, cero, Naia, lo deciden ellos.

La voz de Rodrigo en la esquina del sofá, con la naturalidad del dato más aburrido del mundo, y ella asintiendo.

Asignado. La palabra pequeña y gris de su panel, alcance asignado noventa y cuatro por ciento, que llevaba semanas ahí y que ella había mirado medio segundo cada vez porque noventa y cuatro era un número alto, y que ahora, sin que la llamara, se abría sola: si le habían asignado un noventa y cuatro era porque había un cien, y el seis que faltaba no era suyo, lo repartía otro.

Un día miras y ya no estás, y nadie te dijo cuándo pasó.

Gabriela Nox con el vestido verde y el perfume denso, la sonrisa cayéndosele de la cara en el palacete, y Naia lo había guardado como envidia, envidia con perfume, y ahora le volvía sin perfume y sin envidia, limpio, casi técnico, como si Gabriela, sin saberlo, le hubiera descrito una máquina. La forma.

Las dos capturas guardadas en el carrete entre su cara y su comida, la curva con la meseta lisa, la línea gris,

el hueso en la radiografía. La pregunta que no había hecho.

La tarde del contrato, con el bolígrafo bueno en la mano, la pregunta que otras veces habría hecho en voz alta y que se había tragado —cómo se garantiza un alcance que no controla nadie— y el haberla callado, que ya era, aunque ella no lo supiera con esas palabras, una forma de haber dejado de creer la respuesta.

Corrían todas a la vez y ninguna tenía cara. Eso era lo peor. No era miedo a algo. Era miedo sin el algo, una angustia sin objeto, la sensación física de estar delante de una cosa grande y no poder mirarla porque no tenía bordes, porque cada vez que iba a mirarla se le deshacía en otra.

Se levantó porque quedarse quieta era peor.

Subió las persianas y entró la mañana despacio, el sol en las cornisas de enfrente, un domingo de Malasaña despertándose tarde igual que todos los domingos.

Hizo café en la cafetera de émbolo que solo usaba los domingos, y no miró la luz sin encuadrarla como otras veces, no pudo, porque la cabeza seguía corriendo.

Fue al salón, cogió el teléfono de la consola rompiendo la regla sin sopesarla, y no abrió el correo ni las métricas: abrió el carrete, bajó con el pulgar hasta las dos capturas y las miró, la curva y la línea gris, como quien se toca un sitio que duele para comprobar que sigue doliendo.

Seguía. Pensó en escribirle a Bruno, y supo lo que diría, porque lo decía siempre, no le des vueltas, mira la de treinta días, va para arriba.

Bruno no sabía nada. Bruno la veía todos los días y no veía nada, y esa mañana esa ceguera suya, que otras veces la tranquilizaba, le dio una soledad nueva: que la persona que tenía más cerca fuera exactamente la que no podía ver lo que a ella le corría por dentro.

Y entonces sonó el timbre.

No el del interfono, el de la calle, el que sonaba cuando llegaba un paquete o cuando alguien de abajo quería subir.

El otro. El timbre de la puerta, el de su piso, el que no sonaba nunca un domingo, el que casi no sonaba nunca, porque para llegar hasta él había que estar ya dentro del edificio, había que haber cruzado el portal, había que estar a tres metros de ella al otro lado de una hoja de madera.

Naia se quedó parada en mitad del salón con el teléfono en la mano y la cosa sin forma se le concentró de golpe en el pecho, y por un instante pensó, con un alivio absurdo, que sería un vecino, un paquete, cualquier cosa normal.

Una sola vez, corta, sin insistencia, y esa falta de insistencia fue lo primero que le dio miedo de verdad, porque los vecinos insisten y los repartidores insisten, y el que llama una vez y espera es el que sabe que le van a abrir, o el que no tiene ninguna prisa.

Fue hasta la puerta sin hacer ruido, descalza, y se acercó a la mirilla, y miró.

Había un hombre. Un hombre que ella no conocía.

No lo había visto nunca, ni en la agencia, ni en un evento, ni en ninguna parte, y lo supo con la misma certeza inmediata con que se reconoce lo contrario.

Cuarenta y tantos años, ni alto ni bajo, chaqueta normal, pelo normal, una cara que no tenía nada, ninguna seña, la clase de cara que uno ve en el metro todos los días y no recuerda.

Estaba quieto, con las manos por delante, y miraba —Naia lo sintió aunque el ojo de pez de la mirilla lo deformara— exactamente hacia el punto de la puerta donde estaba su ojo, como si supiera que ella ya estaba ahí, al otro lado, mirándolo.

—Naia —dijo el hombre.

No lo dijo alto. Lo dijo hacia la puerta, en un tono normal, como se le habla a alguien que uno sabe que está delante, y la voz no era de aquí, tenía una suavidad de otro sitio, americana, que Naia no supo colocar en ningún mapa.

El nombre —su nombre, dicho por esa voz que no conocía, a un palmo de ella, un domingo, en su casa— le entró en el cuerpo antes que en la cabeza, y el cuerpo lo entendió como una mano que se cierra.

—No te asustes —dijo él—. No vengo a hacerte nada. Solo quiero hablar un momento.

Y el no te asustes hizo lo contrario de lo que decía, porque no te asustes es lo que dice el que sabe que tiene delante a alguien asustado, y Naia se dio cuenta, con una claridad fría, de que ese hombre la estaba viendo tener miedo a través de la puerta, de que su miedo era para él tan visible como si la hoja de madera no existiera.

No abrió. No dijo nada. Se quedó pegada a la mirilla con el corazón golpeándole en sitios donde no lo tenía localizado, el cuello, las muñecas, y la cabeza, que llevaba toda la mañana corriendo sin dirección, se le quedó en blanco, limpia de todo salvo del hombre quieto al otro lado.

—Te escribí —dijo él—. Hace unas semanas. Un correo, con un archivo. ¿Te acordás? —La palabra, acordás, con esa vocal abierta que no era de aquí—. Una hoja de números. Tu cuenta estaba ahí, en la primera fila. WL-MXA-01. Wellness, México y Argentina. Esa sos vos.

Y ahí, dentro de Naia, algo hizo clic con un ruido físico.

WL-MXA-01. El código. No lo había vuelto a mirar desde hacía días y sin embargo lo tenía entero, en el carrete, en el cuerpo, y oírlo en voz alta, en la boca de un hombre que estaba a unos metros de ella, cerró de golpe una distancia que había estado abierta sin que ella supiera.

El correo no era un correo. El remitente no era un nombre.

Antonio Dorantes —el nombre le volvió ahora, el que no le había dicho nada, el que había descartado como spam— era este.

Era un hombre. Un hombre con chaqueta normal y cara de nadie que había puesto su código en una hoja y su nombre en un correo y que ahora estaba de pie en el rellano un domingo, y la hoja de números que ella había recortado sin entender tenía, desde este segundo, un cuerpo que respiraba al otro lado de su puerta.

—¿Qué quiere? —dijo Naia, y le salió la voz rara, aguda, y se odió por eso, por haber dejado ver en la voz lo que él ya veía.

—Que sepas que existo —dijo él.

Lo dijo sin drama, casi con dulzura, y fue la frase más rara y más aterradora que le habían dicho nunca, porque no pedía dinero, ni una foto, ni nada de lo que pide la gente: pedía una cosa que ella no sabía dar y que no entendía.

—Llevo tiempo mirando tu cuenta —siguió el hombre, en el mismo tono—. Sé cómo empezaste, sé cómo cambiaste, sé cuándo subís y cuándo no. Sé más de vos que la gente que tenés al lado. —Una pausa—. Sé cómo son tus domingos. Por eso vine hoy.

Por eso vine hoy. Naia dio un paso hacia atrás, separándose de la mirilla, como si el ojo del hombre pudiera entrar por ella, y el suelo frío bajo los pies descalzos fue de repente lo único sólido en toda la casa.

Los domingos. Este hombre sabía que los domingos ella estaba sola, que apagaba el teléfono, que no había nadie, y había elegido el único hueco de la semana en que ella no tenía defensas, no porque lo hubiera adivinado sino porque la había estudiado, y la certeza de eso —de haber sido mirada, medida, aprendida por un desconocido por mucho tiempo sin saberlo— le revolvió el estómago de un modo físico, real, la náusea limpia de descubrir que la habitación en la que una se desnuda tiene una pared que no era pared.