Cero Orgánico Capítulo 13 — Judas #2
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Capítulo 13 — Judas #2

Tenía el teléfono en la mano. Se dio cuenta de que podía llamar, y el pulgar se le fue solo hacia el nombre que llamaba cuando pasaba una cosa rara de la agencia, el del hombre que resolvía en dos segundos lo que ella no entendía, el que sabía moverse en la caja negra, el que le apagaba las preocupaciones con la voz.

Rodrigo. El pulgar fue hacia Rodrigo. Y se detuvo en el aire, sobre la pantalla, sin pulsar, del mismo modo exacto en que se le había detenido la noche del evento camino del botón de reenviar, sin una razón que ella pudiera decir con palabras, solo una mano que no va.

El hombre del otro lado había dicho una agencia con la que tienes contrato.

La agencia era la de Rodrigo. El hombre venía de la casa de Rodrigo.

Y aunque Naia no armó la frase, aunque no llegó a pensar no puedo llamar a Rodrigo para contarle algo que viene del mundo de Rodrigo, el pulgar lo pensó por ella, sabía, en el sitio donde el cuerpo sabe antes que la cabeza, que ese número, esa mañana, no servía.

Detrás de Rodrigo no había nadie más. La lista entera era una lista de trabajo. No había a quién llamar.

—Váyase —dijo Naia, hacia la puerta, obligándose a bajar la voz para que no le temblara y temblándole igual—. Váyase o llamo a la policía.

El hombre no discutió. No dijo espera, no dijo escúchame, no hizo nada de lo que hace el que quiere quedarse.

Hubo un silencio del otro lado, un silencio que Naia sintió lleno, un silencio de alguien que sigue ahí, que no se ha movido, y después la voz otra vez, más baja, más cerca de la puerta, como si él también se hubiera inclinado hacia la madera.

—No estás loca —dijo—. Eso es lo que vine a decirte. Lo que sentís es verdad. Alguien decide por vos, decide cuánto te ve la gente, y no sos vos, y no es porque lo hagas mal. Tenés razón en sentirlo. —Una pausa—. Aunque no puedas probarlo. Aunque no me creas a mí.

Y después, los pasos. Naia los oyó alejarse por el rellano, sin prisa, un hombre que se va porque ha terminado y no porque lo echen, y oyó la puerta metálica de la escalera abrirse y cerrarse, y los pasos bajando, uno, otro, cada vez más lejos, con la misma calma con que habían llegado.

Se quedó de pie detrás de la puerta cerrada, en el recibidor, con el teléfono en una mano y el pulgar todavía suspendido sobre un nombre que no había pulsado, y el domingo entero, el barrio despertándose tarde y la luz en las cornisas, seguía ahí fuera funcionando para todo el mundo menos para ella.

La cosa sin forma de la mañana ya no era sin forma.

Tenía una cara ahora. Tenía una chaqueta normal y un acento que no era de aquí y un nombre que ella había descartado como spam.

La máquina que llevaba semanas sintiendo sin poder nombrarla acababa de mandarle a un hombre a la puerta, y el hombre le había dicho que no estaba loca, y esa era la única cosa amable que le habían dicho en toda la mañana, y venía del sitio más aterrador del mundo, y no le servía para nada, porque no tenía a quién contársela.

No abrió el correo. No abrió las métricas. Se sentó en el suelo del recibidor, con la espalda contra la puerta que acababa de proteger su casa sin protegerla de nada, y se quedó ahí, quieta, escuchando el edificio, por si volvían los pasos.

Toño Dorantes había conseguido la dirección sin esfuerzo, porque estaba en la ficha, en el sistema interno de la agencia, en el mismo campo de siempre, junto al contacto de Bruno y al número directo que Rodrigo Prats había dicho una vez que no se usara salvo autorización.

No había necesitado buscarla: conocía la cartera de memoria, y la dirección de Naia Soler la había leído tantas veces sin necesitarla que la sabía como se sabe un número de teléfono viejo.

Sabía además que era ahí donde Rodrigo Prats había ido en persona a llevarle el contrato grande, porque los movimientos de Rodrigo pasaban tarde o temprano por su escritorio del medio en forma de un gasto que cuadrar o una nota que archivar.

Todo pasaba por él. Esa era su condena y era, esa mañana, su única ventaja: que un hombre que lo veía todo y no era visto por nadie sabía cosas que los vistos no sabían que se sabían.

Había venido un domingo porque los domingos ella estaba sola.

No se lo había dicho nadie. Lo sabía como sabía todo lo de ella, no con el deseo torpe de los que le mandaban corazones sino con otra cosa más fría y más completa: los domingos su cuenta bajaba el pulso, se apagaba medio día, y él había aprendido a leer esa desaparición semanal como se lee un patrón en una hoja, y sabía, sin que ella lo hubiera dicho nunca, que el domingo era el día en que la mujer de los dos millones y pico de seguidores se quedaba sin nadie.

Sabía sus domingos mejor que la gente que la quería. Por eso vino un domingo.

Entrar al edificio había sido lo más fácil de todo.

Se quedó en la acera de enfrente un rato, con la paciencia del que lleva cuatro años siendo el primero en llegar y el último en irse, y cuando una mujer salió con un perro y la puerta quedó un segundo sin cerrarse, entró detrás, sin prisa, saludando con la cabeza, y la mujer no lo miró dos veces porque a Toño Dorantes no lo miraba dos veces nadie, y esa invisibilidad, que toda su vida había sido su herida, esa mañana fue su llave.

Subió a pie. Frente a la puerta se detuvo, tocó el timbre una sola vez y esperó.

No insistió. Insistir era de los que esperan que les abran, y él sabía que no le iba a abrir.

Solo necesitaba que ella supiera que estaba ahí.

Con eso bastaba, o eso creyó, con el dedo todavía cerca del timbre, en el segundo en que sintió una cosa que no había sentido nunca.

Toda su vida había sido el que no figuraba: el hombre del escritorio del medio, el que hacía los decks que firmaba otro, el que aplaudía los ascensos que se le daban a Marcos, el que se iba temprano los viernes porque en algún punto de la noche la conversación viraba hacia un sitio donde él no cabía.

Y ahora, por primera vez, la asimetría se había dado vuelta.

Al otro lado de esa puerta había una mujer que millones de personas miraban, que llenaba salas, que entraba en los palacetes con la crepitación de los flashes subiendo de volumen, y esa mujer no sabía nada de él.

Ni que existía. Él, en cambio, lo sabía todo de ella: su cara desde todos los ángulos, sus números, sus mesetas, sus caídas, sus domingos.

Esa era la forma exacta del poder, la única que no había tenido jamás —saberlo todo del otro mientras el otro no sabe que existes—, y la tuvo entera durante el tiempo que dura una cosa que se sostiene sola antes de complicarse.

Y se complicó.