Cero Orgánico Capítulo 12 — Ressentiment
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Capítulo 12 — Ressentiment

Toño Dorantes llegó a las ocho y cuarto, como cada mañana de los últimos cuatro años, y desde la puerta notó que la planta baja tenía montada una alegría de antemano.

Alguien había dejado sobre la mesa larga de la entrada una caja de dulces de una pastelería cara, todavía cerrada, con el lazo puesto, esperando la hora en que llega la gente y hay que celebrar algo.

Toño Dorantes dejó la mochila en la silla del escritorio del medio, en el ala derecha, encendió el ordenador, y abrió el correo antes de quitarse el abrigo, y entre los mensajes de la noche había uno de Rodrigo Prats, enviado a las siete y diez, que decía solo: Hoy lo celebramos.

Os quiero a todos a las diez en el espacio común.

Debajo, en la firma automática que Rodrigo Prats no se molestaba en quitar, el cargo, el nombre, la agencia.

Lo que se celebraba lo sabía Toño Dorantes mejor que nadie, y lo sabía de dos maneras.

Lo sabía como lo sabían los demás: que la marca grande había firmado con Naia Soler el contrato más alto de la historia de la cartera, que era una cuenta que ponía a la agencia en otro sitio, que Rodrigo Prats llevaba semanas cerrándola.

Y lo sabía de la otra manera, la que no compartía con nadie, la que no cabía en ninguna cadena de correo ni en ninguna caja de dulces con lazo: que él tenía en la mano una pieza de esa historia que no tenía nadie más.

Que una noche, desde una cuenta a nombre de Antonio Dorantes, había mandado un archivo que había puesto algo en movimiento dentro de la cuenta más grande de la agencia, y que aquello, fuera lo que fuera en lo que terminara, había arrancado con un clic suyo, en su escritorio del medio, sin que nadie se lo pidiera y sin que nadie pudiera saberlo jamás.

En la versión que Toño Dorantes se contaba a sí mismo, y que a esa hora de la mañana ya empezaba a contarse, él era el origen.

El primer eslabón. Y del primer eslabón no se iba a acordar nadie, porque nadie sabía que existía.

A las diez la planta entera se juntó en el espacio común, con los vasos de plástico y la caja de dulces abierta por fin, y Rodrigo Prats habló de pie, sin papel, con esa naturalidad de quien no necesita preparar lo que dice porque lo que dice es siempre lo mismo dicho bien. Dijo que era un día grande.

Dijo que la cuenta de Naia colocaba a la agencia donde merecía estar. Dijo que esto era trabajo de equipo,

y al decir equipo miró alrededor y su mirada se apoyó, un segundo en cada uno, en las personas en las que la mirada de Rodrigo Prats se apoyaba siempre: en Lucía, en Marcos.

Dijo que Marcos había llevado la coordinación con la marca de una manera impecable, usó esa palabra, impecable, y hubo un aplauso corto para Marcos, y Marcos hizo el gesto de quien recibe algo que le pertenece con modestia estudiada, las dos manos abiertas, no ha sido nada, ha sido el equipo.

Toño Dorantes aplaudió. Aplaudió a Marcos con las manos a la altura del pecho, ni muy arriba para no parecer servil ni muy abajo para no parecer resentido, el aplauso exacto, calibrado, el aplauso que había perfeccionado en cuatro años de aplaudir cosas que se daban a otros.

Sonrió. Puso la cara de quien se alegra de verdad, que era una cara que sabía poner porque la ponía a diario, y por dentro, mientras las palmas se juntaban una contra otra produciendo el ruido que se esperaba de ellas, fue haciendo la lista.

La coordinación impecable de Marcos con la marca la había preparado él, Toño Dorantes, en el deck de un jueves que ya nadie recordaba.

Las métricas sobre las que Marcos había construido su impecabilidad las había sacado él.

Y por debajo de todo eso, más hondo, en el sitio que no aparecía en ningún deck, estaba lo otro, lo que solo él sabía, la cosa que había arrancado con su clic.

Aplaudió más fuerte. Nadie notó que aplaudía más fuerte.

Aplaudir más fuerte no servía de nada; era solo el cuerpo buscando una salida por donde no la había.

Cuando el corrillo se deshizo y la gente volvió a los escritorios con el vaso de plástico todavía en la mano, Toño Dorantes se acercó a Lucía.

Lo hizo con la excusa preparada, una cosa del calendario de la campaña que ella no necesitaba saber y que él usó como se usa una excusa, para tener un motivo de estar cerca.

Le habló de eso un momento, y después, cuando lo del calendario se acabó y quedó el hueco en que una conversación se muere o sigue, dijo, bajando un poco la voz, que un grupo iba a salir el viernes a tomar algo para celebrar, y que si ella iba.

No era verdad que hubiera un grupo. Lo iba a haber; Toño Dorantes sabía que los viernes había siempre un grupo, y sabía también que él nunca formaba parte del todo de ese grupo,

que se iba siempre antes. Pero lo dijo como si el grupo fuera suyo, como si él lo convocara, y añadió, mirándola un segundo más de lo necesario, que estaría bien que fuera, que hacía mucho que no coincidían fuera de la oficina.

Lucía lo miró. Fue una mirada corta y completa, de las que catalogan a una persona entera en el tiempo que tarda un parpadeo, y después dijo, sin sonreír, que ella el viernes no podía.

No dio una razón. No adornó el no con la mentira amable que la gente pone alrededor de los noes para que no duelan, tengo una cosa, es que había quedado, nada.

Dijo el viernes no puedo y se quedó mirándolo medio segundo más, y en ese medio segundo le dijo, sin decirlo, todo lo demás: que no era el viernes, que era él, que había entendido perfectamente lo que había debajo de la excusa del calendario y del grupo que no existía, y que la respuesta a eso, a lo que había debajo, iba a ser la misma el viernes siguiente y el otro.

Después se dio la vuelta y volvió a su escritorio con el vaso de plástico, y Toño Dorantes se quedó de pie con la frase preparada para el caso de que ella dijera que sí, una frase que ya no servía, disolviéndosele en la boca.

Sabía cómo lo llamaban cuando no estaba delante.

El barbero. El que le hacía la barba a todo el mundo, el que adulaba hacia arriba con una constancia que a los de al lado les daba risa o les daba asco.

Lo había oído una vez, de pasada, y no había dado ninguna señal de haberlo oído, porque no dar señales era lo único que sabía hacer con lo que le dolía.

Se fue el último, como siempre. Pero antes de apagar el monitor, ya con la planta vacía y a oscuras salvo su lámpara, hizo una cosa que no tenía prevista, una cosa que le salió del mismo sitio del que le había salido aplaudir más fuerte.

Abrió el canal aparte. El de Hernaldo Díez.

No tenía nada que preguntar, no había instrucción pendiente, no había archivo nuevo, no había un movimiento que consultar, y sin embargo escribió.

Escribió más de lo que solía escribir por ese canal, donde los mensajes que había cruzado con Hernaldo Díez eran siempre secos, funcionales, de pocas palabras.

Escribió que en la agencia estaban celebrando el contrato de la cuenta grande.

Que lo celebraban como un triunfo de ellos.

Que nadie sabía, y aquí Toño Dorantes se detuvo, y borró, y volvió a escribir, que nadie sabía lo que él sabía.

Lo dejó ahí, con la frase colgando, y en la frase colgando había una pregunta que no era una pregunta, que era otra cosa, que era un hombre pidiendo que alguien, aunque fuera al otro lado del mundo, aunque fuera el único que conocía su parte en esto, le dijera que su parte existía.

Hernaldo Díez tardó en responder, como tardaba siempre, no por estar ocupado sino por ser de los que contestan cuando tienen algo que decir y no por estar disponibles.

Cuando respondió, respondió una línea. Decía: Lo importante es que el material esté donde tiene que estar.

¿Lo está? Nada más. Ni una palabra sobre lo demás, sobre el contrato, sobre la celebración, sobre el nadie sabía lo que él sabía.

Ni un roce de calor. Hernaldo Díez había leído el mensaje entero, la parte de la queja y la parte de la súplica disfrazada de dato, y de todo aquello había recogido lo único que le servía, la única pieza operativa, y había devuelto la pregunta que le correspondía hacer a una herramienta: si la herramienta seguía en su sitio, si seguía sirviendo.

Para Hernaldo Díez, Toño Dorantes no era un hombre que esa tarde había tenido un mal día.

Era un canal. Y a un canal se le pregunta si transmite.

Toño Dorantes miró la respuesta un rato largo. Contestó: Sí. Está donde tiene que estar. Y cerró el canal.

Y en ese momento, con el canal cerrado y la planta a oscuras y el ruido del aplauso todavía en las manos, Toño Dorantes entendió una cosa con una claridad que no había tenido nunca,

ni siquiera la noche en que mandó el archivo. Aquella noche lo había mandado por conveniencia. Se lo había dicho a sí mismo con esas palabras: conveniencia.

Era conveniente que Naia Soler tuviera la información, era conveniente tener un hilo que llegara hasta él, una palanca, una manera de existir en la cadena de algo que importaba.

No había habido en aquello ni rabia ni deseo de hacer daño; había habido cálculo, un cálculo frío de hombre que espera.

El correo había salido y no había pasado nada.

Naia Soler lo había abierto o no lo había abierto, lo había entendido o no, y el mundo había seguido igual, y la agencia había firmado el contrato más grande de su historia y había abierto una caja de dulces con lazo para celebrarlo sin él.

Ahora era otra cosa. Ahora Toño Dorantes no pensaba en la conveniencia.

Un correo anónimo con un archivo adjunto era demasiado poco, demasiado limpio, demasiado parecido a él mismo: una cosa que se manda desde las sombras y de la que nadie se acuerda.

Lo que quería ahora, y lo pensó así, sin rodearlo, en el escritorio del medio, con la cara todavía guardando el molde de la sonrisa que había puesto a las diez, era que ella lo viera.

Que algo llegara a Naia Soler con la fuerza suficiente para no poder cerrarse y olvidarse como se cierra y se olvida un correo raro entre mil.

No sabía todavía qué. No tenía el método, no tenía el plan, no tenía la forma.

Tenía la dirección, que era lo único que hacía falta para empezar: hacia ella.

No hacia Marcos, que no valía el esfuerzo.

No hacia Rodrigo Prats, que era demasiado grande y estaba demasiado cerca.

Hacia Naia Soler, que no le había hecho nada, que ni siquiera sabía que él existía, y que por eso mismo, por no saber que existía, era el sitio exacto donde un hombre que llevaba cuatro años sin existir podía por fin, haciendo daño, empezar a existir para alguien.

Apagó el monitor. Recogió la mochila. Bajó en el ascensor solo, y salió a la calle de Madrid a la hora en que la ciudad cambia de turno, a la misma velocidad de siempre.

Nadie lo vio salir.