Capítulo 10 — Fides #3
Firmó con el bolígrafo bueno de Rodrigo, que él le tendió con el gesto de quien presta algo que quiere que le devuelvan, y puso su nombre en las tres cruces que él le fue señalando con el dedo sin leer en voz alta lo que había encima de cada cruz, y ella tampoco lo leyó, porque leerlo habría sido una desconfianza y ella no tenía todavía la desconfianza en palabras, solo la tenía en el cuerpo, en la mano que firmaba sin leer y que otras veces había firmado sin leer con una ligereza que hoy no tenía.
Firmó la exclusividad de nicho para dos años.
Firmó los compromisos de impresiones. Firmó las garantías de alcance —firmó, con su propio nombre, la promesa de que algo suyo llegaría a tanta gente— sin decir la cosa que sabía, que era que lo que iba a llegar y a cuánta gente no lo decidía ella, lo decidía algo, lo decidían ellos, y que ella acababa de garantizarle a una marca, con su firma, una cifra que no estaba en su mano, que nunca había estado en su mano, que estaba en la mano que le dibujaba en silencio la meseta lisa de su propia curva. Firmó eso. Sonrió al firmarlo.
Hizo todo lo que se esperaba de ella, hasta el final, sin una grieta visible.
Y por dentro, mientras la mano firmaba, le volvió la idea.
No la llamó; vino sola, como venían ahora las cosas, subiendo desde el mismo sótano donde estaban la palabra y la forma.
La idea de que todo esto —el número alto, la marca grande, la exclusividad, la curva que subía, el sitio donde estaba parada y que había construido paso a paso sin saltarse nada— podía desmoronarse.
No lo había pensado nunca así, en tiempo presente, con peso.
Lo había pensado como se piensan las desgracias de los otros, en tercera persona, la curva mal gestionada de Gabriela Nox, el vestido verde, el final de una carrera que no se parecía a la suya porque la suya iba para arriba.
Ahora lo pensaba en primera. Con el vocabulario del domingo, la idea del derrumbe ya no era un miedo abstracto de esos que se espantan con un vistazo a la curva de treinta días; era una cosa concreta, con mecanismo, con forma, con una palabra: si alguien asignaba el alcance, alguien podía dejar de asignárselo, y ella no lo vería venir, porque no había una carta, no había un aviso, se lo había dicho Gabriela en el palacete con la sonrisa cayéndosele de la cara —un día miras y ya no estás, y nadie te dijo cuándo pasó— y Naia lo había clasificado en su momento como envidia con perfume denso, y ahora, firmando el contrato más grande de su vida, la frase de Gabriela le volvía sin perfume y sin envidia, limpia, cierta, técnica, como si Gabriela, sin saberlo, le hubiera descrito una máquina.
Terminó de firmar. Le devolvió el bolígrafo bueno. Dijo algo ligero, se rió de algo, hizo la Naia que se esperaba, y Rodrigo recogió el contrato firmado y lo guardó en la carpeta color hueso con el cuidado de quien guarda una cosa que ya es suya, y todo, por fuera, había ido perfecto.
Se levantó para irse cerca de las siete, con la luz ya muy dorada y muy baja entrando de lado por el ventanal, cayendo sobre la esquina del sofá donde él había estado.
Ejecutó la despedida como la ejecutaba siempre: los dos besos, la chaqueta cara al brazo, la mano que le sujetó a Naia el brazo por encima del codo el momento justo, ni poco ni demasiado, y la frase de cierre, la que dejaba a la persona con la sensación de haber sido vista y de tener trabajo por delante, disfrútalo, te lo has ganado,
pero esto no para, mañana empezamos de cero. Lo dijo. Ella lo recibió. Y él abrió la puerta.
Y entonces hizo una cosa que no hacía.
Con la mano ya en la puerta, con medio cuerpo ya fuera, con la despedida ya cerrada y sin nada que quedara por decir, Rodrigo se detuvo. Se giró apenas.
Y le preguntó, en un tono distinto del de toda la tarde, un tono sin carpeta detrás, sin número detrás, sin nada que vender:
—¿Estás bien?
Naia lo miró. Era una pregunta que Rodrigo no hacía nunca, porque Rodrigo nunca había necesitado hacerla: él siempre sabía la respuesta antes que la persona, esa era su ventaja, esa era toda su ventaja, saber cómo estaba el otro mejor que el otro.
Preguntarlo era admitir, por una vez, que no lo sabía.
Y lo preguntó igual, contra su propio oficio, porque la zona que no se equivocaba le estaba dando un ruido de un cuarto de tono más grave y no encontraba la pieza y necesitaba, aunque fuera una vez, oírla a ella decir dónde estaba.
—Sí —dijo Naia—. Cansada. Ha sido un mes bestia.
Le devolvió la red que él mismo había tendido una hora antes. Se la devolvió intacta, con una sonrisa.
Y Rodrigo la cogió, y dijo claro, descansa, y le guiñó un ojo, y cerró la puerta con la delicadeza con que se cierra la tapa de algo valioso.
Bajó los tres pisos a pie. En el portal se detuvo un momento, en la penumbra, antes de salir a la calle.
Sacó el teléfono. Y en lugar de mirar los mensajes, en lugar de abrir el calendario para ver quién venía después —porque siempre venía alguien después, y él siempre lo abría, y hacia esa siguiente cita se iba sin que le pesara la anterior—, Rodrigo hizo lo que no hacía nunca con las cuentas que daba por sabidas, lo que no había necesitado hacer con Naia en dos años porque a Naia la llevaba en la cabeza sin mirar: abrió el perfil de ella.
Su cuenta, la pública, la de todos. Y se puso a bajar, despacio, por sus últimas publicaciones, una a una, mirándolas con la cara pegada a la pantalla en la penumbra del portal, buscando en el contenido la cosa que había sentido en la habitación, el cuarto de tono, la pieza floja, buscándola donde uno busca las cosas de una persona cuando ya no se fía de leérselas en la cara.
No estaba en el contenido. El contenido era perfecto.
Y que no estuviera en el contenido, que la única forma de encontrarla fuera esa, mirar, seguir mirando, no le apagó el ruido: se lo subió.
Se quedó en el portal, con el pulgar bajando, mucho después de la hora en que cualquier otro día ya estaría en el coche, camino de la siguiente.