Cero Orgánico Capítulo 10 — Fides #2
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Capítulo 10 — Fides #2

Y debajo, subiendo sola, sin que la llamara, la palabra del domingo, la de la línea gris de su propio panel: asignado.

Si el alcance estaba asignado, si había un asignador, si el noventa y cuatro por ciento era una cantidad que alguien repartía y no un termómetro de lo bien que lo hacía ella —y eso lo había entendido el domingo con una claridad que ya no se iba—, entonces cómo iba nadie a garantizar el alcance, cómo iba Rodrigo a firmarle a una marca que algo llegaría a tanta gente, si lo que llegaba no lo decidía ni ella ni él ni la marca sino la máquina, la caja negra, ellos, los que asignaban.

La contradicción se le armó entera, sola, sin esfuerzo, en el sitio donde el domingo se le había armado la palabra.

En el capítulo anterior de su vida, hacía apenas unas semanas, en ese mismo sofá, ella le había hecho a Rodrigo esa pregunta en voz alta —¿y eso se puede garantizar?

— con la voz lisa de la duda técnica, y se había dejado tranquilizar, y la tranquilidad la había cubierto como agua tibia.

Ahora la pregunta volvió a formársele en la boca, la misma, y Naia hizo una cosa que no había hecho la otra vez.

No la hizo.

Se la tragó. La dejó dentro. Asintió a lo de las garantías como se asiente a algo que se acepta, y no preguntó cómo se garantiza lo que no se controla, y no dijo pero tú me dijiste que lo deciden ellos, y no enseñó la contradicción, la guardó, del mismo modo exacto en que el domingo había tapado los códigos de la hoja antes de subirla, dejando ver la forma y escondiendo el nombre.

Rodeó otra vez. Pero esta vez no rodeaba una hoja de un desconocido.

Rodeaba a Rodrigo. Y no supo, porque no tenía cómo saberlo, que callarle a Rodrigo una pregunta que antes le habría hecho era ya una forma de haber dejado de confiar en la respuesta.

—¿Firmo aquí? —dijo, en cambio, con la sonrisa puesta, alargando la mano hacia el bolígrafo.

A Rodrigo le llegó entero, y no supo qué era.

Le llegó como le llegaban las cosas del oficio, no por la cabeza sino por una zona más antigua, la que en treinta años había aprendido a leer una habitación en tres segundos y a saber, antes de que nadie hablara, quién estaba cómodo y quién fingía estarlo y quién iba a dar problemas y quién ya era suyo.

Esa zona, en él, no se equivocaba casi nunca, y era la razón de que cobrara lo que cobraba, y esa tarde, en el sofá de Naia, con el contrato grande abierto sobre la mesa y todo saliendo exactamente como tenía que salir, esa zona le mandó, muy por lo bajo, una señal que no supo traducir.

Algo no encajaba. No sabía qué. Todo estaba en su sitio: ella sonreía, ella asentía, ella acababa de alargar la mano hacia el bolígrafo como debía, ella había dicho lo merecemos y ¿firmo aquí?

, todas las piezas encajaban una detrás de otra en el orden previsto.

Y sin embargo faltaba una cosa, una sola, tan pequeña que Rodrigo no habría podido nombrarla ni ponerla en un correo: faltaba el calor.

La cara de Naia hacía todo lo que la cara de Naia hacía siempre, pero no se encendía. La sonrisa llegaba tarde.

La mirada, cuando él la buscaba con la suya para hacerle el gesto de siempre, el de reservarle a ella sola la atención, esa mirada aterrizaba medio palmo al lado, o aterrizaba y se iba, corría hacia el teléfono bocabajo sobre la mesa, o hacia el ventanal, o hacia dentro, hacia un sitio de ella en el que él, por primera vez en dos años, no estaba invitado.

Rodrigo no pensó nada de esto en palabras.

Rodrigo pensó, en palabras, que ella estaría cansada, que había sido una semana grande, que el evento francés dejaba resaca.

Se lo dijo, incluso, para probar: —Se te nota que vienes de un mes bestia.

—Y lo dijo mirándola, tendiéndole la explicación cómoda como quien tiende una red bajo el trapecista, para ver si ella se dejaba caer en la red, para ver si decía sí, estoy muerta, y todo volvía a su sitio.

Naia dijo sí, un poco, con una sonrisa, y se dejó caer en la red, y por un segundo pareció que la explicación cómoda había vuelto a cerrar la habitación.

Pero Rodrigo, que había tendido la red, notó también —y esto le gustó menos— la milésima de segundo en que ella miró la red antes de dejarse caer.

La calculó. Aceptó la explicación como se acepta una salida que alguien te ofrece,

no como se acepta una verdad. Y un hombre no ofrece una salida a alguien que no la está buscando.

Ahí, exactamente ahí, en esa milésima, Rodrigo sintió por primera vez en la novela de su propia vida profesional una cosa que no tenía catalogada: la posibilidad, todavía sin forma, de que una pieza de su tablero se estuviera moviendo por su cuenta.

No una pieza cualquiera. Una de las buenas.

Una de las que él daba por colocadas, por sabidas, por leídas hasta el fondo.

Y una pieza que se mueve por su cuenta no es un problema por lo que hace —Naia no había hecho nada, no había dicho nada, había firmado, iba a firmar— sino por lo que significa: que hay una variable que él no ve.

Y Rodrigo se ganaba la vida, precisamente, con que no hubiera variables que él no viera.

No le gustó. No era miedo —Rodrigo no le tenía miedo a una creadora de veintiocho años que no sabía leer un contrato— era otra cosa, más incómoda por más pequeña, la incomodidad del ingeniero que oye en la máquina un ruido de un cuarto de tono más grave que el de ayer

y no encuentra la pieza. Y como no encontraba la pieza, hizo lo que se hace con un tornillo que se nota flojo y no se sabe por qué se aflojó: apretó.

No más fuerte. Más. Volvió a su repertorio de siempre, el que nunca fallaba, pero lo insistió, lo dobló, puso más de todo.

Se inclinó hacia ella al explicarle la cláusula de exclusividad y le dijo, bajando la voz al registro de la confidencia, el registro en que decía las cosas que sonaban a que la quería bien:

—¿Sabes por qué te traigo yo esto en persona y no te lo manda la agencia por correo?

—Le apoyó dos dedos en el antebrazo, un momento, el peso justo—.

Porque a las demás se lo mandan por correo.

A ti te lo traigo yo. Esto —y dio un golpecito con el índice sobre el contrato, sobre el papel, sobre el número— es lo que creo en ti.

Los demás creen en tus números. Yo creo en ti.

Por eso vamos a estar haciendo esto mucho tiempo. Tú y yo.

Lo dijo bien. Lo dijo como lo había dicho tantas veces, en tantos sofás y tantas mesas, que ya no sabía a cuántas se lo había dicho, y funcionó como funcionaba siempre porque estaba construido para funcionar siempre, y la prueba de que funcionó fue que Naia sonrió y bajó los ojos y dijo gracias, Rodrigo, de un modo que a cualquiera le habría parecido que la frase había entrado y se había quedado a vivir.

A cualquiera. No a él. Él vio dónde entraba la frase, porque él sabía dónde entraban sus frases, había construido el sitio donde entraban, y esta vez la frase entró y no se quedó a vivir.

Rebotó. Se quedó en la superficie, educada, agradecida, sin bajar al sótano donde tenía que bajar.

Tú y yo. La miró decir gracias y supo, con la parte que no se equivocaba, que el tú y yo esta vez no había hecho su trabajo, y no supo por qué, y esa fue la primera vez.

Naia firmó.