Capítulo 10 — Fides
Rodrigo Prats subió los tres pisos a pie.
El ascensor del edificio de Naia era uno de esos antiguos, de reja, que se tomaba su tiempo con una dignidad de otra época, y a él subir andando le parecía una manera de llegar despierto, con la sangre puesta, que era como le gustaba entrar a las reuniones que ya tenía ganadas antes de empezar.
Llevaba la carpeta delgada bajo el brazo, la misma clase de carpeta de siempre, de un cartón grueso color hueso, sin logo, porque los logos los ponían los que necesitaban parecer una empresa y él ya no necesitaba parecer nada.
Dentro estaba el contrato. El grande. El que había prometido para el lunes, y era lunes, y él cumplía lo que prometía porque cumplir lo que prometía era, de todas las técnicas que tenía, la más barata y la que mejor rendía: no costaba nada traer a tiempo lo que uno iba a traer de todos modos, y a cambio compraba una confianza que después servía para las veces en que lo que traía no era exactamente lo que había dicho.
En el descanso del tercer piso se detuvo un segundo antes de llamar, no por dudar —hacía décadas que no dudaba en una puerta— sino por un hábito viejo de recomponerse, de bajar los hombros, de quitarse de la cara lo que traía puesto de la reunión anterior y ponerse lo que tocaba para esta.
Era un gesto tan automático que ya no lo notaba, del mismo modo en que Naia no notaba que se le había desplazado el acento un milímetro hacia un Atlántico que no era el suyo.
Cada uno tenía sus automatismos. El oficio de los dos, aunque uno lo supiera y la otra no, era el mismo: presentarse.
Llamó al timbre con dos toques cortos, su manera, y compuso la sonrisa medio segundo antes de que ella abriera, para que ya estuviera puesta cuando la puerta cediera y no naciera delante de ella, porque una sonrisa que nace delante del otro es una sonrisa que se ve fabricar, y las suyas no se veían fabricar.
Ese era todo el secreto. Llegar con la cara ya hecha.
—¡Naia! —dijo, y entró llenando el recibidor con la voz antes que con el cuerpo, como entraba siempre.
Naia había pasado la mañana trabajando, y había hecho lo que sabía hacer, que era tapar.
Se había levantado el lunes con la alarma, y con el pinchazo de las notificaciones subiendo por el brazo hasta el sueño, y con la mano cogiendo el teléfono antes de recordar haberlo cogido, y todo eso —el reflejo, la pantalla, los números flotando en la oscuridad— había vuelto a ocupar su sitio como si el domingo no hubiera existido.
Había grabado. Había montado. Había respondido mensajes, dado like a su gente, mirado la curva de treinta días subir con la pendiente de siempre.
Bruno le había escrito temprano para recordarle que Rodrigo pasaba por la tarde con el contrato, que se lo tomara con calma, que era de las buenas, y ella había dicho vale, y perfecto, y había seguido, y durante horas la máquina de la mañana había funcionado por encima de lo otro exactamente como funcionaba siempre.
Pero lo otro seguía debajo. El domingo le había dejado dos cosas en el carrete —la curva y la línea gris, Alcance asignado: 94%, guardadas entre su cara y su comida— y le había dejado, más abajo del carrete, en un sitio del que ya no se podían sacar, unas palabras. Deciden. No eres tú.
La máquina se las había bajado a idioma de niño y en ese idioma no había manera de fingir que no se entendían.
Naia no había vuelto a abrir el correo del desconocido, ni las capturas, en todo el lunes.
No hacía falta. Ya no estaban en el teléfono nada más; estaban en ella.
Y por eso, cuando a media tarde sonó el timbre con los dos toques cortos que eran de Rodrigo, Naia sintió, antes de llegar a la puerta, una cosa pequeña en el cuerpo que no supo nombrar y que no era el calorcito de otras veces.
Era un grado de temperatura, pero al revés.
Abrió con la cara ya puesta, como él, aunque ella no supiera que la ponía.
—Rodrigo —dijo, y le dio los dos besos, y olió el perfume caro y discreto de siempre, y todo empezó como empezaba siempre.
Él se sentó en la esquina de siempre del sofá. Aceptó el agua con gas. Puso el teléfono bocabajo sobre la mesa y, al lado, la carpeta color hueso, y no la abrió todavía, porque abrir la carpeta enseguida habría sido tratar el momento como un trámite, y Rodrigo no trataba nada como un trámite,
o lo trataba de un modo que no lo parecía.
Le contó primero lo que no era el contrato.
Le contó que la marca francesa seguía encantada, que se lo habían repetido a él directamente, que en el sector estaban hablando de ella con una palabra que él no iba a decirle para que no se le subiera pero que le diría cuando firmaran esto, y le dejó el elogio a medias en el aire, colgando, como se deja un caramelo a la vista y no en la mano.
Naia sonrió. La sonrisa llegó. Pero llegó un poco tarde —un cuarto de segundo, nada, lo que tarda una traducción— y Rodrigo, que llevaba treinta años midiendo el tiempo que tardan las sonrisas de las personas a las que trae buenas noticias, lo registró sin registrarlo, lo puso en algún sitio donde iría a buscarlo más tarde sin saber todavía que lo había guardado.
Abrió la carpeta. Ahí estaba el grande. Lo contó como contaba las buenas noticias, dejando caer el número casi al final, casi de pasada, como si el número no fuera lo importante, y el número era más alto que nada que ella hubiera firmado, y él levantó la vista al soltarlo para verle la cara al recibirlo, porque la cara recibiendo el número era su parte favorita,
la confirmación física de que el trabajo estaba hecho.
Naia recibió el número. En el sitio del asentamiento, en el pecho, algo se movió, la vieja cosa cálida de ir para arriba.
Pero se movió menos. Como una campana que suena en una habitación que alguien ha empezado a llenar de agua: el sonido está, pero llega amortiguado, y tarda, y no es del todo el sonido.
—Se lo merece la reina —dijo él, y era una frase de Bruno, y él lo sabía, y la usaba a propósito porque a veces bajar al registro de Bruno era una manera de recordarle que él estaba por encima de Bruno, que él podía permitirse hablar como el empleado porque nadie lo iba a confundir con el empleado.
—Lo merecemos —dijo Naia.
Lo dijo bien. Dijo la frase correcta, la del plural, la que los incluía a los dos, la que hacía tres años había aprendido que era más inteligente que el singular.
Pero la dijo de memoria. La dijo como se dice una contraseña que uno ha tecleado tantas veces que ya no lee, y Rodrigo, que era la persona en el mundo que mejor conocía esa frase porque prácticamente se la había enseñado él, oyó por primera vez la diferencia entre decirla y solo decirla, y la diferencia era mínima, y le llegó igual.
Naia escuchaba y no escuchaba. Rodrigo pasaba las hojas —las fases de la campaña, los entregables, la exclusividad de nicho para dos años, las cláusulas que él había peleado y las que había conseguido quitarles—, y ella asentía, y hacía las caras de escuchar, que se le daban tan bien que ni ella sabía dónde terminaba la cara de escuchar y empezaba a escuchar.
Pero una parte de ella se había ido a otro sitio, y era un sitio nuevo, un sitio en el que no había estado nunca en presencia de Rodrigo, y en ese sitio Naia estaba haciendo, sin decidir hacerla, una cosa muy sencilla y muy pequeña: buscaba a quién preguntarle.
No a Rodrigo. A alguien. A cualquiera que supiera de esto y no fuera de esto, alguien a quien poder enseñarle la curva del carrete y la palabra asignado y decirle mira, no entiendo, dime tú qué es esto, dime si estoy loca.
La máquina se lo había explicado el domingo como a un niño, y explicárselo como a un niño había sido suficiente para el qué
y para nada más, y ahora que tenía el qué le hacía falta una persona, y cuando fue a buscar a esa persona no había ninguna.
Pasó la lista mentalmente mientras Rodrigo hablaba de impresiones garantizadas, y la lista era una lista de trabajo.
Bruno, que diría no le des vueltas, mira la de treinta días, va para arriba.
Una editora. Un fotógrafo. Una nutricionista de una colaboración.
Gente con la que compartía la parte pública de su vida, que era casi toda su vida, y con la que no compartía esto.
No había un nombre. Buscó y buscó, deprisa, por debajo de la cara que asentía, y el hueco donde tendría que haber estado el nombre estaba vacío, y ese vacío —no la curva, no la palabra, sino el no tener a quién enseñárselas— fue lo que le apretó el pecho de verdad, una angustia limpia, sin objeto, la de estar en una habitación llena de gente que la quería mucho y no tener a nadie a quien poder decirle una sola cosa cierta.
—Lo único —dijo Rodrigo, y ella volvió a la superficie a tiempo de coger el hilo—, es que estos van a querer garantías de alcance. Ya te lo dije en su día. Son de números, muy de números.
Compromisos de impresiones, de retención en los primeros segundos, ese tipo de cosas. —Pasó una hoja—. Nada que no podamos darles. Tú estás volando. Pero te lo digo para que no te asustes cuando veas el contrato lleno de cifras.
Y ahí, en Naia, sin que se moviera un músculo de la cara que escuchaba, las cosas se tocaron. Garantías de alcance. Podemos dárselas.