Capítulo 9 — Otium #3
Se quedó muy quieta con el teléfono en la mano. La mañana larga se había acabado de golpe, y no supo en qué momento. El café estaba frío otra vez.
Leyó la respuesta una segunda vez, más despacio, y la segunda vez fue peor, porque la segunda vez ya no le hablaba a un patio inventado, le hablaba a ella.
Bajó por la conversación buscando algo más, no supo qué, una vuelta de tuerca, una salida, una parte donde la máquina dijera pero y a continuación algo que devolviera las cosas a su sitio. No la había. La máquina había dicho lo que sabía, que era poco y era genérico y era suficiente.
Naia estuvo a punto de escribir otra pregunta.
Vio el cursor parpadeando en el cuadro de texto, y en la cabeza tuvo, por un segundo, las palabras de la pregunta que quería hacer, la que no era de un niño de ocho años, la que empezaba por y cómo sé si a mí —y no la escribió.
La borró antes de escribirla. Porque escribir esa pregunta era dar el contexto que había tapado, era poner el nombre debajo de la forma, y algo en ella, el mismo instinto que le había tapado los códigos, la detuvo. No preguntó. Cerró Gemini.
Y entonces hizo una cosa que no había hecho nunca un domingo.
Abrió la aplicación de métricas. La de trabajo.
La que Bruno había instalado el invierno pasado, la gris y verde sin bordes duros, la que cruzaba el rendimiento con la proyección, la que un domingo no se toca porque el domingo es el domingo y ella lo defendía con disciplina.
La abrió. Rompió su propia regla sin sopesarla, con el pulgar, como se rompe algo pequeño que uno ni nota que rompe, y la aplicación cargó con su curva de siempre subiendo con la pendiente de siempre, todo bien, todo arriba, la curva de treinta días que Rodrigo le había mandado mirar, mírala, va para arriba,
estás volando. La miró. Iba para arriba.
Y por primera vez, mirándola, no sintió el asentamiento en el pecho, la confirmación cálida de estar en el sitio correcto.
Sintió otra cosa, al revés, porque ahora tenía las palabras, y las palabras cambiaban lo que veía sin cambiar la curva.
La subida podía ser una meseta que aún no había llegado.
Lo liso que viniera podía no ser de ella.
Bajó por el panel, por los indicadores de siempre, los que leía como quien lee el horóscopo de alguien en quien confía, y en una esquina, en la letra gris pequeña que había empezado a aparecer semanas atrás sin que ella activara nada, estaba la línea.
La había visto muchas veces. La había mirado medio segundo cada vez y la había dejado pasar porque el número era alto y los números altos eran buenos. Decía: Alcance asignado: 94%.
Naia se detuvo en la palabra. Asignado. Antes no sabía qué quería decir asignado, y no le había importado no saberlo, porque noventa y cuatro era un número alto.
Ahora, con lo que la máquina le acababa de bajar a idioma de niño flotándole todavía en la cabeza —quien decide cuánta gente te ve no eres tú—, la palabra se abrió sola.
Asignado quería decir que alguien asigna.
Si estaba asignado, había un asignador. Y si le habían asignado un noventa y cuatro, era porque había un cien, y el seis que faltaba era el seis que no le habían dado, y todo aquello, el noventa y cuatro y el cien y el seis, no era suyo.
Era una cantidad que alguien repartía. No un termómetro de lo bien que lo hacía ella.
Un reparto. La palabra había estado ahí, en su propia pantalla, en su propia lengua, semanas, y ella la había leído medio segundo cada vez sin que le dijera nada, y ahora le decía todo lo que le podía decir sin decirle quién.
Hizo la captura. El pulso en los dos botones, el destello blanco, la imagen cayendo dentro del carrete, al lado de la otra, la de la curva.
Ahora eran dos. Dos formas guardadas entre su cara y su comida, en el sitio donde vivían sus fotos, su cuerpo, su vida.
No reenvió ninguna. No preguntó a nadie.
No cerró la aplicación de métricas de golpe como cerraba las cosas que la incomodaban.
La dejó abierta, la línea gris pequeña flotando en la pantalla, Alcance asignado: 94%, y se quedó mirándola, sentada en el sofá con las piernas dobladas debajo del cuerpo, en su piso, un domingo, con la luz ya alta entrando de lado por el ventanal y cayendo sobre el suelo donde no había trípode ni montaje
ni nada, solo una mujer con un teléfono y una palabra que ya no podía dejar de entender.
Mañana volvía el trabajo. Mañana volvía el contrato de la marca grande, y los reels, y las ventanas de publicación, y la voz de Bruno, y todo eso volvería a colocarse encima de esto como se había colocado siempre, tapándolo, dándole con qué no sentirlo.
Naia lo sabía. Contaba con ello, casi. Pero por primera vez supo también, sin decírselo con esas palabras, que lo que el trabajo iba a tapar a partir de mañana ya no era nada.
Era algo. Había algo debajo ahora, con nombre, esperando, y el trabajo no lo iba a quitar.
Solo lo iba a cubrir. Y una cosa cubierta sigue estando.
No apagó el teléfono.