Cero Orgánico Capítulo 9 — Otium #2
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Capítulo 9 — Otium #2

Cogió el teléfono. Abrió Gemini, que era la aplicación que tenía sin haberla buscado, la que venía con todo lo demás de Google, la que estaba ahí como está ahí el amigo que sabe de ordenadores, el que no te juzga por preguntar.

Fue al carrete. Bajó por las fotos con el pulgar, entre su cara y su comida, entre un selfie y el bol de barro con los tejados al fondo,

hasta que encontró la captura donde la había dejado. La curva de números diminutos. La abrió a pantalla completa. La miró.

Y antes de subirla, antes de escribir nada, hizo algo que no razonó.

Con el pulgar, en la herramienta de la propia foto, la de recortar y marcar que usaba a diario para sus imágenes, tapó cosas.

Tapó los códigos de la izquierda, la columna de letras y números donde estaba el suyo, WL algo, que no significaba nada para ella y que aun así tapó.

Tapó el encabezado, las palabras pequeñas de arriba que nombraban cada columna.

Dejó solo la forma. La línea que sube, la meseta lisa, la caída gris.

Lo hizo deprisa, sin pensarlo, con el mismo gesto exacto con que llevaba años decidiendo qué parte de una foto suya entraba en el plano y qué parte quedaba fuera, qué mostraba de sí misma y qué no,

dónde recortaba la cocina para que se viera el desorden justo y no el caos, qué ángulo de su cuerpo daba y cuál se guardaba.

El instinto de editora de su propia imagen, el que la había hecho grande, se activó solo, sin permiso, aplicado ahora a esto, a una hoja de números que no era una foto suya y que ella trató, sin darse cuenta, como si lo fuera: mostrando la forma, escondiendo el nombre.

No lo hizo por lógica. No pensó si comparto el código me identifico. No pensó nada. La mano tapó lo que había que tapar porque la mano sabía tapar, y ella subió a la conversación una curva desnuda, sin códigos, sin encabezados, una forma sin dueño.

Escribió: explícame como si tuviera ocho años qué significa esta gráfica.

No dijo es mía. No dijo es de una red social.

No dijo Stratum. No dijo alcance. No dio contexto, del mismo modo en que no daba contexto de sí misma, por el mismo reflejo, dejando que la cosa pareciera surgir sola, sin origen. Pulsó enviar.

La respuesta llegó enseguida, ordenada, amable, en el tono paciente de quien le habla a un niño de verdad.

G: Imagina un patio de colegio lleno de niños, y todos quieren enseñar su dibujo al mismo tiempo.

Como no da tiempo a que todos vean el dibujo de todos, hay una profesora que decide a quién se le enseña cada dibujo y durante cuánto tiempo.

Pero la profesora no es una persona: es una especie de máquina que reparte la atención de los niños.

Al principio, cuando llegas nueva, la máquina enseña mucho tus dibujos, para ver si gustan.

Si gustan, los enseña todavía más, y por eso al principio subes muy rápido, como en esta gráfica.

Pero llega un momento —¿ves la parte que se queda plana?

— en que la máquina decide que ya ha enseñado mucho tus dibujos.

Aunque tú los sigas haciendo igual de bien, deja de enseñárselos a niños nuevos.

A eso los mayores lo llamamos una meseta: subes, subes, y de repente te quedas parado en el mismo sitio, no porque lo hagas peor, sino porque la máquina ha decidido repartir la atención hacia otros dibujos.

Y a veces, en ciertas épocas —¿ves esos bajones en la gráfica?

—, la máquina reparte todavía menos, porque tiene otras cosas que prefiere enseñar en ese momento.

Nada de esto significa que hayas hecho algo mal.

Significa una cosa importante: quien decide cuánta gente ve tus dibujos no eres tú.

Naia leyó la respuesta una vez, deprisa, como leía todo. Y no aprendió nada.

Hay que ser exactos en esto: la máquina no le dijo nada que ella no supiera ya de un modo tonto, práctico, gastado por el oficio.

Que el alcance subía y luego se quedaba plano lo sabía; lo llamaba tener una meseta sin darle importancia.

Que había épocas peores lo sabía; lo llamaba el algoritmo está raro esta semana.

Que la plataforma decidía lo que llegaba lo sabía desde el jueves, se lo había dicho Rodrigo en el sofá, lo deciden ellos.

No había ahí un dato nuevo. La respuesta era, como el disparador de un niño de ocho años exige, una clase de tecnología para principiantes, correcta y genérica, que no sabía de quién era la curva ni de qué plataforma ni de nada, que le hablaba a un patio de colegio inventado.

Y sin embargo.

Sin embargo, mientras leía la explicación del patio y la profesora que no era una persona, Naia empezó, sin poder evitarlo, a hacer una cosa que no decidió hacer: empezó a poner su propia curva debajo de las palabras.

Donde la máquina decía la parte que se queda plana, ella veía la meseta de su propia hoja, la de verdad, la que tenía guardada, la lisa, la que semana tras semana no se movía como si hubiera chocado contra algo.

Donde la máquina decía estos bajones de la gráfica, ella veía las semanas grises, las de la caída, y veía también, sin la hoja delante, los días reales, los suyos, los días en que un reel que tenía que volar no volaba y ella no sabía por qué y se decía que el algoritmo era caprichoso y que mañana sería mejor.

Donde la máquina decía quien decide cuánta gente ve tus dibujos no eres tú, ella oía la voz de Rodrigo, en su salón, cariñosa, tranquilizadora, todo lo demás lo deciden ellos, y las dos frases, la del niño y la del hombre del sofá, la genérica y la que iba dirigida a ella, se tocaron y fueron la misma.

No fue un dato lo que llegó. Fue un permiso. La máquina no le había dicho nada nuevo; le había dado las palabras para lo que ya sabía sin palabras. Meseta. La máquina decide. No eres tú.

La sensación que llevaba días teniendo, la del cuerpo, la del hueso en la radiografía, la desazón sin objeto que la luz de la mañana no había disuelto y que la tranquilidad de Rodrigo había tapado sin quitar, esa sensación tenía ahora, por primera vez, una forma en la lengua. Podía nombrarla. No entera.

No sabía quién decidía, ni con qué sistema, ni por qué su curva y no otra, ni por qué a mí, no tenía ninguna de esas piezas y no las tuvo esa mañana.

Pero el qué lo tenía. El qué era esto: que lo que ella creía suyo, la curva que subía, el alcance, lo que construía con su trabajo sin saltarse nada, no lo decidía ella.

Lo decidía algo. La máquina lo acababa de decir en el idioma de un niño de ocho años, y en ese idioma, precisamente en ese, en el más simple de todos, no había manera de fingir que no se entendía.