Cero Orgánico Capítulo 9 — Otium
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Capítulo 9 — Otium

Se despertó sin que nada la despertara, y esa fue la primera cosa del día, antes que la luz y antes que el silencio: que no hubo alarma, y no hubo el pinchazo de las notificaciones subiendo por el brazo hasta el sueño, porque los domingos el teléfono no dormía con ella.

Lo dejaba en el salón, boca abajo, sobre la consola de la entrada, apagado el sonido y apagado el aviso, y esa era la única regla que Naia defendía contra el resto de su vida con una disciplina que no le costaba porque le daba algo a cambio: la sensación, un día de cada siete, de ser dueña de la primera hora.

Los otros seis días lo primero que tocaba su mano era la pantalla, y lo hacía antes de estar despierta, sin recordar haberla cogido, con los números flotando en la oscuridad como algo vivo.

El domingo no. El domingo su mano se abría en el vacío del otro lado de la cama, encontraba la sábana fría, y volvía.

Y en ese gesto —la mano que busca la pantalla y encuentra la cama— había un lujo que ella se contaba a sí misma como salud.

Se quedó boca arriba con los ojos cerrados, escuchando.

La habitación estaba a la oscuridad que ella había diseñado, persianas bajadas, pero por las rendijas se colaba ya la calidad de la mañana, ese gris que no era gris sino la promesa del sol todavía sin encender, y desde la calle subían los sonidos de un domingo de Malasaña despertándose tarde.

No era el ruido de los otros días. Los otros días el barrio arrancaba con el camión de la basura a las siete, con las persianas metálicas de las tiendas subiendo de golpe, con los tacones rápidos de la gente que llega tarde a algo.

El domingo el barrio arrancaba con desgana, por partes, sin urgencia.

Oyó, muy abajo, el arrastre de una silla en la terraza del bar de la esquina, el que ponía las mesas fuera cuando hacía buen tiempo, y el choque suave del metal contra el metal, y una voz de hombre que le decía algo a otro que no contestaba.

Oyó, más lejos, unas campanas, no las de misa de primera hora sino las de media mañana, espaciadas, sin prisa, como si el propio campanario supiera que era domingo.

Oyó un perro. Oyó el silencio entre los sonidos, que los otros días no existía, que los otros días estaba lleno.

Cuando por fin subió las persianas, la mañana entró despacio.

El sol daba ya en las cornisas de enfrente, en los balcones de hierro con sus macetas, en la ropa que alguien había tendido de una ventana a otra y que colgaba quieta en el aire sin viento, y más abajo la calle estaba casi vacía, un chico en bici que iba a ninguna parte, una mujer mayor con el carro de la compra aunque los domingos no había mercado, dos turistas parados en mitad de la acera mirando un mapa en el móvil, perdidos y sin prisa por dejar de estarlo.

La luz del domingo era la misma luz de todos los domingos y sin embargo Naia la miraba como si fuera una cosa que le hubieran dejado usar y tuviera que devolver.

La miró sin encuadrarla. Ese fue el segundo lujo del día: mirar la luz sin calcular desde qué ángulo entraba en un plano, mirarla solo porque estaba ahí y era bonita, sin que la cabeza hiciera lo que la cabeza hacía sola los otros seis días, que era convertir cada cosa buena en un fondo.

Hizo café. Se lo hizo despacio, en la cafetera de émbolo que solo usaba los domingos porque tardaba y ensuciaba y no salía en ningún vídeo, y mientras el agua se calentaba se quedó de pie en la cocina con los pies descalzos en el suelo frío y las manos cruzadas dentro de las mangas del jersey, mirando por el ventanal la cúpula de aquel edificio cuyo nombre nunca había aprendido.

Se comió una tostada de pie, sin fotografiarla.

Ese era el gesto más raro de todos, el que si alguien lo hubiera visto no habría entendido: que la mujer que fotografiaba cada desayuno de la semana, que montaba el bol de barro con la imperfección justa y movía los arándanos dos centímetros para que la luz entrara bien, el domingo comía una tostada torcida sobre una servilleta de papel y no la miraba con el otro ojo, el ojo que no come sino encuadra.

El domingo apagaba ese ojo. O creía apagarlo.

Y era en ese apagarlo, en la ausencia del gesto que llenaba los otros días, donde el domingo empezaba a mostrar su verdadera textura, que no era la del descanso sino la del hueco: porque cuando uno apaga la cosa que hace todo el rato, lo que queda no es paz, es el tamaño exacto de la cosa apagada.

La mañana se estiró. Naia no supo bien qué hacer con ella. Regó las plantas, que era una de las pocas tareas domésticas que hacía ella misma porque le gustaba el peso de la regadera y el sonido del agua entrando en la tierra seca. Ordenó un cajón que no necesitaba orden.

Se sentó en el sofá con el café ya frío y las piernas dobladas debajo del cuerpo y se quedó mirando el salón, el salón donde grababa,

que a esa hora y sin trípode y sin luz montada era solo una habitación, un sitio donde vivía una persona.

La esquina del sofá donde el jueves anterior se había sentado Rodrigo seguía siendo la esquina del sofá.

La mesa donde había dejado la carpeta delgada seguía siendo la mesa.

Todo estaba en su sitio y todo estaba quieto y era domingo y no había nada que hacer, y ese no había nada que hacer, que ella había pasado años deseando sin saber que lo deseaba, ahora que lo tenía se le quedaba grande, como una habitación con demasiado eco.

Pensó, sin querer pensarlo, que podía llamar a alguien.

Y el pensamiento se quedó ahí, sin destinatario, porque cuando fue a buscar a quién llamar encontró que su lista de contactos era una lista de trabajo.

Bruno, que los domingos no existía por orden suya.

Rodrigo, que no era una persona a la que se llama un domingo por la mañana porque sí.

La agencia. Las marcas. Una editora de una revista.

Un fotógrafo. Una nutricionista de una colaboración.

Gente con la que compartía la parte de su vida que era pública, que era casi toda su vida, y con la que no compartía esto, un domingo vacío, un café frío, las piernas dobladas debajo del cuerpo.

Hubo un nombre, más abajo en la memoria que en el teléfono, un hombre con el que había estado casi dos años y que se había ido —no de golpe, tampoco, sino por desgaste, como se van estas cosas— cansado de una cosa que él había intentado decir de muchas maneras y que al final había dicho de la única que ella oyó, que fue marchándose: que no se puede querer a alguien que tiene siempre a otros millones de personas en la habitación.

Él lo había dicho más suave, alguna noche, mirándola mientras ella miraba el teléfono.

Ella no lo había entendido entonces. Ahora, un domingo, en el eco de la habitación, lo entendía un poco mejor y ya no servía de nada entenderlo.

No lo llamó. No había a quién llamar que no fuera trabajo, y el trabajo estaba apagado hasta mañana, y mañana entre otras cosas volvía el contrato de la marca grande, el que Rodrigo le había prometido para el lunes, y esa era la forma que tenía su semana de empezar: no con una persona, con un contrato.

No se dijo estoy sola. No tenía esa frase disponible, o la tenía guardada donde guardaba las cosas que no se miran. Se dijo, en la medida en que se dijo algo, qué domingo más largo, y se levantó a por otro café que tampoco quería, solo para tener algo entre las manos.

Y fue en algún punto de esa mañana larga, en la franja en que el descanso se había vuelto hueco y el hueco empezaba a picar, cuando la cosa que llevaba dentro desde hacía días —desde el jueves, desde antes del jueves, desde la noche del evento y la hoja abierta sobre el pecho— subió a la superficie sin que nada la llamara.

Los otros seis días no le daba tiempo. Los otros seis días había un reel que montar, unos mensajes que contestar, una llamada de Bruno, una ventana de publicación que no quería perder, y la cosa se quedaba abajo, tapada por la actividad como se tapa un ruido de fondo con otro ruido más fuerte.

Pero el domingo no había ruido fuerte. Y en el silencio, la cosa se oía.

Era la palabra. Deciden. Lo deciden ellos.

Rodrigo la había dicho en esa misma esquina del sofá, con la naturalidad del dato más aburrido del mundo, el orgánico es cero, cero, Naia, todo lo demás lo deciden ellos, con su sistema, y nadie de fuera sabe cómo.

Y la palabra se había quedado, suelta, sin entender, al lado de la forma que ella tenía guardada en el carrete desde la mañana en que la recortó del correo de aquel desconocido, la meseta lisa, las caídas grises, el hueso en la radiografía.

La palabra y la forma llevaban días juntas ahí abajo, y el domingo, sin trabajo que las tapara, se hicieron notar.

Naia no quiso hacer nada con ellas. Quiso taparlas otra vez, y no tenía con qué.

Y entonces se le ocurrió una cosa, de la manera en que a la gente se le ocurren las cosas un domingo aburrido: se le ocurrió que había visto, en las redes, a gente subir capturas de cosas que no entendía y pedirle a una inteligencia artificial que se lo explicara fácil, con esa fórmula que se había vuelto un chiste y una costumbre a la vez, explícamelo como si tuviera ocho años.

Lo había visto mil veces sin registrarlo.

Un contrato que no se entiende, un análisis de sangre, un correo de Hacienda, una gráfica de la bolsa: la gente lo fotografiaba, se lo enseñaba a la máquina, y la máquina se lo bajaba a un idioma de niño.

Era lo que haría cualquiera. Era lo que hacía la gente que no sabía, para dejar de no saber sin tener que preguntarle a nadie, sin quedar delante de nadie como la que no sabe.