Cero Orgánico Capítulo 8 — Recambio
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Capítulo 8 — Recambio

Rodrigo Prats llegó al restaurante veinte minutos antes que ella, porque elegir la mesa era elegir media conversación y a él le gustaba elegir las dos mitades.

Pidió la del fondo, de espaldas a la pared, desde la que se veía entrar a todo el mundo y desde la que él era lo primero que veía quien entraba.

Pidió un agua con gas y no la tocó. Mientras esperaba repasó en el teléfono, con el sonido quitado, los números que ya se sabía de memoria: una cuenta todavía pequeña para lo que iba a ser, un crecimiento limpio, el nicho correcto, la audiencia mirando hacia el sur.

Los miraba como se mira una casa antes de comprarla, no por la casa sino por lo que puede hacerse con ella.

Cuando levantó la vista, ella estaba entrando.

Tenía veintidós años, veintitrés a lo sumo, y los llevaba como se lleva una cosa que todavía no se sabe cara.

La piel sin una sola historia escrita encima, lisa, de un dorado que no salía de ninguna cabina sino de ser joven en un sitio con sol.

El pelo largo y oscuro, con las puntas aclaradas por el verano o por quien le aclaraba el pelo, recogido a medias de una manera que quería parecer descuidada y casi lo conseguía.

Un vestido verde que no era el que ella habría elegido sola —se lo había dicho alguien, o lo había visto puesto en otra—, ceñido en la cintura, y unas sandalias con las que aún no caminaba del todo bien.

Se movía como se mueve quien sabe que la miran y todavía no ha aprendido a usarlo, un grado por encima de lo necesario.

Rodrigo lo registró todo en el tiempo que tardó en ponerse de pie.

La torpeza era buena. Lo pulido no se podía moldear; lo torpe sí.

Le dio dos besos y le sujetó los hombros el segundo de más que convertía el gesto en un descubrimiento y no en un trámite.

—Eres más guapa en persona —dijo, y lo dijo como si se le escapara, como si fuera algo que no decía nunca—. La cámara no te hace justicia.

Ella se rió y se le encendió la cara, y él archivó también eso: que todavía se le encendía la cara, que aún quedaba mucho por gastar.

Se sentaron. Pidió por los dos sin consultarla y después, con una sonrisa, le preguntó si le parecía bien, y a ella le pareció bien, y no notó —eran las cosas que no se notaban a los veintidós—

que la pregunta había llegado después de la decisión. Eligió el vino señalando una línea de la carta con el dedo, sin leerla en voz alta, en un gesto entre él y el camarero del que ella quedó elegantemente excluida y que la hizo sentir, sin saber por qué, que estaba en buenas manos.

La gente de fuera creía que un hombre como él despreciaba a las chicas que manejaba, y se equivocaba, y ese error le convenía.

No las despreciaba. Le caían bien. Disfrutaba la cena, disfrutaba la cara que ponían cuando les decía lo que necesitaban oír, y el afecto no estaba fingido: era el mismo afecto que se le tiene a algo que funciona.

Lo que la gente de fuera no entendía era que el afecto y el cálculo cupieran en la misma mirada sin estorbarse.

Él los tenía a los dos a la vez, y solo él sabía que estaban los dos.

Le habló del contrato como se le habla a quien se aprecia.

Que tenía capas, le dijo; que ella solo necesitaba ver la de arriba, que de las otras tres se ocuparía él para que ella pudiera concentrarse en lo único que no sabía hacer nadie más, que era ser ella misma.

Lo dijo con la paciencia de un hermano mayor.

Dejó caer la cifra casi al final, casi de pasada, como si la cifra no fuera lo importante,

y a ella le pareció enorme, y él vio en su cara que le había parecido enorme, y supo que ya estaba dentro.

Hablaba bien. Hablaba cálido, hablaba mirándola como si en toda la sala no hubiera nadie más, y mientras hablaba hacía la otra cosa, la que le pagaban tan bien por hacer sin que se le notara en la cara.

Le calculaba la cuenta que aún no existía y que existiría.

El techo al que llegaría. Las marcas que aguantaría.

Los años. Tres buenos, pensó. Cuatro si aprendía rápido.

Cinco no; las de ese nicho no daban cinco.

Maduraban, llegaban a su meseta, y entonces la plataforma hacía con ellas lo que hacía con todas las que maduraban: dejaba de empujarlas para empujar a las que subían, sin avisar, sin malicia, porque no había nadie sentado decidiendo apagar a nadie, solo un sistema enorme que repartía la luz hacia donde era nueva.

Él lo sabía porque su oficio era saberlo.

Lo había visto pasar tantas veces que ya no lo veía pasar; lo daba por hecho, como se da por hecho el clima.

Por eso estaba ahí, cenando con una de veintidós.

No porque las de arriba fueran a caer mañana, sino porque iban a caer, y cuando cayeran tenía que haber otra ya colocada,

ya firmada, ya subiendo. El único truco del oficio era tener lista a la siguiente antes de necesitarla.

Entre el segundo plato y el postre que él pidió para compartir, ella le dijo, con una sinceridad que a esa edad todavía era sincera, que tenía miedo de volverse como las otras.

Como las falsas. Que ella quería seguir siendo real.

Lo dijo con la mano en el pecho, un gesto que Rodrigo había visto hacer a tantas que ya no le decía nada, y que en ella, sin embargo, todavía decía algo, porque ella todavía no sabía que era un gesto.

Rodrigo dejó la copa. Se puso serio un grado, el justo.

—¿Sabes lo que más me gusta de ti? —dijo—. Que eres la única que no se lo cree.

Ella se rió, colorada, y dijo que sí se lo creía, un poco. Él negó con la cabeza, despacio, como se le niega a alguien una cosa que uno sabe mejor que ella.

—No. Las demás se lo creen. Por eso duran tres años y se evaporan. Tú no. Tú sabes que esto es trabajo. Por eso vamos a estar haciendo esto mucho tiempo. —Una pausa—. Tú y yo.

Funcionó como funcionaba siempre. Lo vio en la cara de ella, el sitio exacto donde la frase entraba y se quedaba a vivir.

El resto fue fácil, porque después de esa frase todo era fácil.

La acompañó a la calle. Le pidió el coche, le abrió la puerta, le sujetó un momento el brazo por encima del codo —sin doble sentido, o con uno tan suave que se podía negar— y le dijo que se preparara, que venía un año enorme, que esto no paraba,

que disfrutara la noche porque al día siguiente se empezaba de cero.

Le cerró la puerta del coche con cuidado, con la delicadeza con que se cierra la tapa de algo valioso, y se quedó en la acera mientras las luces traseras se perdían por la calle sin tránsito.

Era una buena cuenta. Iba a durar lo que duraban las buenas cuentas, ni un día más, y él lo sabía esa noche con la misma calma con que sabía que ahora mismo, en otra ciudad, en otra pantalla, había ya otra de diecinueve años subiendo hacia el sitio que esta dejaría libre. Y otra detrás de esa.

No le pesó. Nunca le pesaba.

Volvió a entrar al restaurante, donde hacía calor, y pidió, por primera vez en toda la noche, algo solo para él.